En esta página nuestro equipo plantea diferentes temas, ya sea en forma de BÚSQUEDAS, de COMENTARIOS que no forman parte específica del TEMARIO o de RESPUESTAS a las OPINIONES de los participantes. ABRAHÁN LEÓN y la Teoría del pueblo-clase Sobre I.FINKELSTEIN y N. SILBERMAN LA SECTA JUDEO CRISTIANA LAS MASACRES DE CHMIELNICKI LA CONVERSIÓN DE CONSTANTINO EDWARD H. FLANNERY y la Diáspora JACQUES ATTALI, el dinero y los judíos ABRAHAN LEÓN, una discusión abierta EL ANTISEMITISMO ANTIGUO I. FINKELSTEIN, el Éxodo y la Biblia HABIRU/abiru, respuesta ABRAHÁN LEÓN y la Teoría del pueblo-clase El artículo aparecido recientemente en este Foro sobre Jacques Attali y Abrahán León me proporciona la oportunidad de retomar contacto con ustedes. Una ocasión de ocuparnos, en las palabras del Profesor Emilio Burucúa, del “infortunado Abrahán León”, que, “se merecía un homenaje y la vuelta a la vida histórica por su base de sustentación racional, empírica y argumental. La Teoría del pueblo-clase de A. León ha sido generalmente interpretada con un criterio limitado, en cuanto se pretendería que implicaría que los judíos era un pueblo exclusivamente de comerciantes (eventualmente prestamistas); una manera de quitarle la validez y el alcance que la Teoría tiene. Pensadores de gran valor, como Victor A. Tcherikover (Corpus Papirorum Judaicarum ) y Bernhard Blumenkranz (Juifs e Chretiens dans le Monde Occidental; 430-1096 ) han documentado y analizado con seriedad, el tipo de actividades que los judíos desempeñaron, el primero, en Egipto (en la época ptolemaica) y el segundo en Europa Occidental en el Primer Milenio d.C. Tanto el uno como el otro son terminantes y claros en cuanto a sus conclusiones. Dice Tcherikover: “desde un punto de vista económico no había diferencia entre judíos y los otros pueblos entre los cuales vivían, no había una rama particular que fuera monopolio de los judíos” (el subrayado es nuestro). Y agrega: “no se trata de negar completamente el rol del comercio en la vida judía en el período helenístico; nuestra intención es simplemente llamar la atención sobre el punto de vista unilateral que ha prevalecido y continúa prevaleciendo entre estudiosos del tema”. Las conclusiones de B. Blumenkranz, referentes al período que estudió son las mismas. Trataremos de responder a estas afirmaciones, en el limitado espacio de este Foro. Nos referiremos fundamentalmente a las argumentaciones que surgen de Tcherikover. Compartimos la afirmación de Tcherikover en cuanto a que los judíos cubrían en Egipto (y en la Diáspora) el más variado abanico de actividades. No se trata de oponer esas afirmaciones con las que sostienen que la Teoría del Pueblo-clase pretende que los judíos eran exclusivamente comerciantes, financistas o dedicados a actividades conexas; ni que una rama particular de la economía fuera de su monopolio, ni aún que la gran mayoría (o simplemente la mayoría) se dedicara a esas actividades. Pero creemos que, precisamente lo que Tcherikover hace, es negar el rol del comercio en la vida judía en el período helenístico, minimizándolo, sacando a los judíos del contexto del mundo donde se desarrollaron, ignorando su rol en la Trama del Mundo Antiguo y Helenístico en particular, las posiciones que ocupaban, olvidando los acontecimientos y las situaciones en la época en que vivieron, esquematizando la cuestión al punto de no contribuir al esclarecimiento de las mismas. Residentes en las grandes ciudades, “era natural”, dice Tcherikover, “que los judíos se dedicaran al comercio y a las finanzas”. En medio de esa atmósfera de bienestar, favorecidos por el gran empuje que la actividad mercantil tuvo durante el helenismo, si era natural que los judíos ocuparan posiciones en el comercio y las finanzas, resulta “natural” también, que los judíos ocuparan posiciones en la administración y que algunas de esas posiciones fueran importantes. Favorecieron el comercio, fueron favorecidos por el comercio, tuvieron posiciones importantes en la administración y situaciones de privilegio en otros campos (además del privilegio que les otorgaba el politeuma). En ese sentido, las afirmaciones de Menahem Stern (Historia del Pueblo Judío; período del Segundo Templo) y de Filón de Alejandría (Contre Flaccus) no dejan de ser confirmatorias. En efecto, M. Stern señala que, en la Alejandría (helenística y romana), además de la actividad comercial, los judíos tenían otras actividades: bancarias, financieras (de prestamistas entre otras) y administrativas, correlativas y paralelas. Que “había también importantes capitalistas, mercaderes y navieros judíos que ocupaban un lugar sobresaliente en la vida económica de Egipto y del Mediterráneo en general”. De la misma manera, cuando Filón se refiere a los movimientos populares de Alejandría, hace especial mención a la paralización de los negocios y a la crisis general, por la pérdida de capitales de los financieros, dada la importante participación que tenían en las ramas de las finanzas y del comercio. Alejandría era el gran centro de distribución del Mediterráneo, la gran puerta de entrada a Europa y allí se concentraban los comerciantes mayoristas, los grandes empresarios navieros, entre los cuales los judíos ocupaban un lugar importante. Allí operaba Tobías (del clan del mismo nombre) que mantuvo estrechas relaciones con Apolonio, el ministro de hacienda de Ptolomeo II Filadelfo, también socio en los negocios de Zenón, ligado con los judíos en los intercambios comerciales de Judea con Egipto, en el comercio de esclavos, en la exportación del aceite y del vino, en la exportación de especias a través del puerto de Gaza. También estuvo José (el hijo de Tobías) con sus grandes éxitos comerciales en Alejandría, siendo además principal recaudador de impuestos de los colonos de Siria. Y aun Hircano, hijo del anterior, asociado a los seléucidas; que participó en los tumultuosos conflictos que terminaron con el abandono de Judea por los lágidas. También el Clan de los Onías que, a cambio del apoyo a la formación del pequeño Estado de Leontópolis por parte de Ptolomeo VI Filometor y su mujer Cleopatra II (181-145 a.C), sostuvo a la pareja real en la guerra dinástica contra Ptolomeo VIII Evergetes II, y luego a éste y a Cleopatra III, en la guerra contra Ptolomeo IX Lathyron. Hay, además otros nombres judíos que sobresalieron en otras actividades como las de alabarcas y las de banqueros. Esa situación ayuda a entender acontecimientos que se desencadenaron en la etapa siguiente, como los del conflicto de Alejandría; que podríamos calificar como el primer “pogrom” de la Historia. Que los judíos hayan tenido un rol importante en la actividad comercial y financiera no significa, que hubieran sido en su mayoría comerciantes y financistas (o administradores de alta jerarquía); constituían, con toda seguridad, una minoría entre los judíos. Tampoco fueron la mayoría entre los comerciantes y financistas. Su rol como tales fue destacado y tuvieron una participación notoria en la política y en la economía de la sociedad helenística (y en el Mundo Antiguo). Nos referiremos también, aún más brevemente, a B. Blumenkranz. En su destacado y valioso trabajo, B. Blumenkranz trata de desarticular informaciones en el sentido de que, no por que, en casos puntuales, se afirmara que algunos judíos eran comerciantes, ello implicaría que realmente lo fueran. Lo que resulta más sorprendente (lo dice el propio Blumenkranz) es que se haya encontrado necesario inventar judíos comerciantes, cuando “no resultaba difícil encontrar judíos que auténticamente lo fueran” (sic). También utiliza el argumento de que: “es evidente, lógico y normal que las informaciones sobre los judíos de la época se refieran más frecuentemente a los que tenían actividades comerciales, a actividades de mayor peso, importancia y trascendencia que a la de un jornalero”. Digamos que esa argumentación complemente, precisamente, nuestra tesis; casi agregaríamos -como si se tratara de un teorema- que era lo que queríamos demostrar. En cuanto a que en el remanido tema del supuesto exclusivismo en el comercio por parte de los judíos, lo que se trata, lo reiteramos, es que en las distintas etapas históricas, los judíos desarrollaron actividades, esas y otras, conectadas o relacionadas (prestamistas, recaudadores de impuestos, administradores de bienes), que les configuraron un rol en las sociedades respectivas. Como colofón B. Blumenkranz agrega: “Si tantos documentos nos hablan de comerciantes judíos es que el comerciante, en esa época, es un actor importante en la historia”. Demás está decir que el empeño que algunos historiadores ponen para negar, o cuanto menos minimizar la relación de los judíos con el comercio, no tiene mucho asidero. Dejando de lado las mezquindades del regateo (tanto del lado del vendedor como del comprador), una actitud mucho más acentuada en Oriente, (una rémora en una economía donde el precio de la oferta y de la demanda, no reina de manera absoluta), el comercio, por su relación con los números y la abstracción, en relación con otras actividades (las manuales, o las artísticas) tiene una valoración que no deja de ser estimable. En ese sentido, también las religión, incuestionablemente presente a la hora de explicar la persistencia de la entidad judía, por su contenido étnico, moral y como argamasa cohesionante, no ha sido ajena al desarrollo de la capacidad de permanente cuestionamiento al que los estudios talmúdicos han dado lugar. No se trata de enumerar la cantidad de pensadores que el judaísmo ha proporcionado a la humanidad, tan exigua en relación con el total de judíos, como puede serlo la de los prohombres españoles, franceses o alemanes, en relación con el conjunto de sus respectivos pueblos. Nos referiremos solamente a: Moses Maimónides, filósofo, estudioso del Talmud, de familia de ricos comerciantes. Baruj Spinoza, de rica familia de comerciantes, estudioso de la Biblia (odiosamente excomulgado por sus pares). Karl Marx, hijo de Hirshel Ha Levi y de Henrietta Pressburg Hirshel, una familia de rabíes y comerciantes de Trevers. Sigmund Shlomo Freud, hijo de un religioso, comerciante de lanas de Moravia. Albert Einstein y sus ancestros patrocinantes de sinagogas en Suiza. Como para que digamos: a la hora de reflexionar,... sería bueno hacerlo. Eduardo Naveda Licenciado en Historia en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba Sobre I.FINKELSTEIN y N. SILBERMAN A propósito de la "Opinión" de Jorge B. Sigal referente al artículo sobre Jacques Attali, queríamos hacer un comentario. Estamos de acuerdo con la importancia de Isaías Finkelstein y Neil A.Silberman y su libro "The Bible Enearthed". En nuestro trabajo, "LOS JUDÍOS, en la Trama de los Imperios Antiguos" nos referimos a ellos en numerosas oportunidades, en particular en cuanto a situaciones espacio-temporales que coinciden con las que ellos han tratado: comienzos de la formación de la Etnia hasta la primera mitad del primer Milenio (Josías y la Reforma Deuteronómica). Nuestro artículo sobre J.Attali, es una réplica a su libro, y sobre todo a sus enfoques casi tendenciosos; su propósito, el del artículo, era fundamentalmente periodístico, relativo a nuestras diferencias con J. Attali, y las referencias a F. y S. no tenían un lugar en el mismo. Los aportes de Finkelstein y Silberman, han sido para nosotros de gran valor en cuanto retoman, en líneas generales, las investigaciones arqueológicas más modernas y ponen en cuestión los enfoques tradicionalistas. Eso no significa que compartamos todas sus posturas; nos referimos a las que aparentemente les son propias. Una de ellas, que los judíos, eran cananeos que en un momento de crisis "subieron" a las Zonas Altas; y la otra que los hebreo-israelitas no hubieran estado en Egipto. Los dos temas, el de la Formación de la Etnia y el de la Estadía en Egipto, los hemos tratado con relativa extensión en el libro. Hay también otro enfoque de F.y S. que no compartimos: para nosotros la Biblia no es una saga (como el Anillo de los Nibelungos), ni un cuento que el Rey Josías inventó, o que hizo desarrollar a sus escribas para sus fines políticos. Si su valor testimonial es escaso y a veces anacrónico y contradictorio y no compartimos su contenido religioso,la Biblia tiene un valor documental, en cuanto a situaciones generales y aún concretas muy importante que permite entender algunos aspectos de la historia judeo-israelita. En cuanto a su valor ético, que indudablemente lo tiene, no entra dentro de los propósitos del libro. LA SECTA JUDEO CRISTIANA En la página OPINIONES,con el título JUDAISMO Y CRISTIANISMO, hemos publicado la carta que, Jaime I.Steinschraber, nos ha hecho llegar con algunos de sus puntos de vista sobre cuestiones relacionadas con el judaísmo. Sintetizándolos, de la manera más fiel que nos es posible, queremos acompañar algunas reflexiones que algunos de ellos nos sugieren Dice J.I.S.: “El Cristianismo es un producto de un cisma en el Pueblo de Israel. “El Cristianismo como un ente separado fue creado por Pablo de Tarso y no por Jesús de Nazareth. “Pablo en su famoso viaje a Damasco se dio cuenta que el Pueblo de Israel tenia el mensaje y que no lo distribuía. “Pablo entendió que el mundo era griego y a los griegos él apelo con sus epístolas. “La Cuestión Judía es un problema de los Cristianos por el fracaso del esfuerzo Cristiano de liquidar la otra rama del “cisma, al Pueblo de Israel” La secta judeocristiana. Con la intención de aclarar conceptos, pensamos que decir que el Cristianismo es producto de un cisma en el Pueblo de Israel es una idea por de pronto equivocada. “Cisma”, significa ruptura. Lo del cristianismo no fue tal, fue un desprendimiento de la Religión Mosaica y no del Pueblo de Israel. El Cristianismo fue inicialmente una secta (sin que el término implique una apreciación peyorativa), una de las muchas sectas que en la articulación del comienzo de la Era Común (E.C.) proliferaron en Palestina. El Cristianismo tampoco fue una de tantas. Si subsistió, si se desarrolló, si llegó a ser una de las grandes religiones monoteístas, no lo fue, por ejemplo, gracias a Constantino, aunque si, en alguna medida, la participación de Pablo (Saulo de Tarso), como veremos, tuvo una incidencia particular. Que Jesús de Nazareth haya existido, o no, que lo que se dice que predicó lo haya sido en palabras por él pronunciadas o puestas en su boca por los Libros Evangélicas o las Epístolas Apostólicas; que sus seguidores lo hayan visto como el Mesías, o no, que sus discípulos le hubieran inducido a creerlo, que lo hubiera aceptado o no, todo ello, no entra en los temas que nos interesa abordar El Cristianismo se desarrolló en base a las ideas y principios en las circunstancias enunciadas alrededor de la figura de Jesús. Los ex-post-factos, corren el riesgo de ubicarnos en posiciones derogativas, minusvaloradoras, despectivas y hasta soberbias que no aclaran ni el fenómeno, ni su relación con el judaísmo. Las prédicas de Jesús encontraron un ámbito que indudablemente le favoreció. Un mundo romano que se acercaba al pináculo de la expansión (Trajano 117) y preanunciaba el inicio de la decadencia; donde la esperanza mesiánica estaba viva y permanente, colmado de agitadores y de “mesías” que aparecían periódicamente. Con un pueblo donde los humildes y pobres estaban ávidos de una salida de buenaventura que la presencia “divina” les proponía; donde la esperanza ansiosa y general de la llegada del Mesías se enfrentaba con el firme rechazo de los saduceos, la desconfianza de los fariseos cuyas preocupaciones, contradictoriamente, no se centraban sobre su presunta llegada, sino en la observancia de la Ley Las dos sectas principales correspondían a dos categorías sociales bien definidas: los saduceos pertenecían a las grandes familias aristocráticas sacerdotales, mientras que los fariseos formaban parte de un sector intermedio, a una suerte de clase media. Los saduceos se aferraban a la letra del texto escrito de la Torah y eran enemigos de toda innovación ritual o doctrinal. Los fariseos, tenían en cambio una actitud más amplia, menos conservadora; para ellos no toda la vida individual y colectiva y las situaciones posibles habían sido previstas; dejaban en manos de los rabinos y de los doctores, las interpretaciones y la elaboración de nuevas normas; un enriquecimiento que dio lugar a que se plasmara una nueva tradición oral que acabaría por ser consignada por escrito en la Mishná y en el Talmud. En una medida bastante amplia, las funciones sacerdotales y rabínicas se desenvolvían en las dos instituciones religiosas, el Templo y la sinagoga. Y no porque unos u otros los rechazaran, sino porque cada lugar constituía el ámbito más natural, mas acorde con la liturgia, la plegaria y el estudio. Fue así como, la sinagoga se difundió cada vez más ampliamente en Palestina y en la Diáspora y como el fariseísmo incrementó su influencia. Los primeros prosélitos de la secta de Jesús de Nazareth, fueron judíos. Algunos estudiosos afirman, que entre ellos, hubo fariseos. Sobre la magnitud que pudo haber tenido su aporte, hay quienes sostienen que debió ser mínimo por cuanto el fariseísmo era una secta rigorista apartada del “vulgo” y en consecuencia alejada de las bases populares que fueron las que inicialmente nutrieron al cristianismo. Por nuestra parte no tenemos elementos para evaluar su importancia. Por un lado, el propio nombre de “fariseos”, que según la etimología más aceptada significa “separados” (hebreo perushim) podría haber hecho alusión a los orígenes del movimiento o a una efectiva actitud de desprecio y de orgullo por las masas ignorantes y pecadoras, por parte de los doctores, que con las innumerables prescripciones de pureza ritual de que se rodeaban, los mantenían “separados”, organizados en pequeñas células o cofradías. Por otro lado, según Marcel Simón, la organización celular, las haburath no fue todo el fariseísmo, además, en el mismo Evangelio de Mateo (XXIII, 15), las palabras puestas en boca de Jesús, aún criticando a los fariseos muestran su espíritu misionero (y popular) cuando les dice que “recorren mar y tierra para hacer un prosélito”; también F. Josefo atestigua que “si los saduceos sólo persuaden a los ricos, sin conseguir arrastrar al pueblo tras ellos, la masa se hacía aliada de los fariseos” (Ant., 13,10,6). El hecho es que, en el medio religioso abundaban las disputas sectoriales donde sobresalía más la preocupación por los ritos que por la especulación teológica pura; donde los piadosos se encerraban en una práctica escrupulosa de la Ley y se aislaban del exterior con barreras rituales; donde, a pesar de su menor rigorismo, los fariseos no lo eran menos en el plano de los ritos, en la minuciosidad en la observancia y en la crítica a la tibieza. En medio de esa situación, estaba la masa del pueblo, y esa masa representaba entre medio y un millón de habitantes en Palestina, mientras que el conjunto de las sectas sólo representaba una muy pequeña minoría . F. Josefo da la cifra de seis mil para los fariseos; de cuatro mil para los esenios y no indica la de los saduceos, pero declara que eran poco numerosos. Es decir que la inmensa mayoría de los judíos, aunque se sentían involucrados con la religión mosaica estaban lejos de identificarse con el seguimiento y las exigencias de los rigoristas. Más aún, es muy probable que la insistencia de los fariseos, preocupados por el cumplimiento de la observancia (de los que fueron los 613 mandamientos talmúdicos) aislando al pueblo elegido de los gentiles impuros, hiciera que esos sectores populares, conjuntamente con los impíos,“las gentes del país”,(amé ha-áretz), se sintieran atraídos por la naciente creencia menos exigente prometedora de la llegada del Reino del Hijo del Hombre. Dentro de esa masa indiferenciada nacieron los primeros judeo-cristianos. El camino de la expansión fue inicialmente largo y contradictorio. No resulta para nada fácil reconstruirlo, dada la escasa documentación existente. A poco de iniciarse aparecen antagonismos muy pronunciados, sino de personas, por cuestiones de doctrina. Lo que resulta interesante es que por muy violentos que a veces fueran, no llegaron a romper la unidad fundamental del cristianismo primitivo. Esta situación se va a reiterar a lo largo de los casi dos mil años de existencia. Soportando una cantidad de discusiones doctrinarias, haciendo frente a centenares de herejías, sufriendo decenas de cismas que dieron lugar a casi tantas Iglesias, algunas de importancia no menor, el cristianismo –el catolicismo- tuvo una asombrosa flexibilidad gracias a la cual pudo adaptarse siempre a nuevas situaciones y salir airoso de sus crisis. En sus primeros pasos dirigidos, como decíamos, casi exclusivamente a los judíos, los discípulos no tuvieron ni el sentimiento, ni la voluntad de salir del judaísmo; encontraron el apoyo de las “columnas” apostólicas (Santiago el Mayor, Juan, el Evangelista y Cephas, Pedro) que se aferraban firmemente a la observancia de la Ley (La Torah) y no querían alejarse del tronco judío. Cuando la comunidad comenzó a ampliarse, alcanzó al grupo de los griegos, en el que surge, como jefe, la figura de Esteban que va a dar una nueva dirección al cristianismo naciente. Aparecerán las primeras diferencias rituales con el judaísmo (amen de la que va a ser la oposición fundamental en cuanto a la aceptación de la figura de Jesús). Esteban se opone a la unicidad del santuario y a la centralidad del culto en Jerusalén. El único santuario legítimo, sostenía, debía tomar el modelo del antiguo tabernáculo que Yahveh había diseñado a los hebreos nómades, (Éxodo XXV), al margen de los santuarios construidos. Una idea retomada del profeta Nathan que recibe el mensaje de Yahveh: “ Tu no has de edificar casa donde yo more”(II Samuel VII,5). Al enfrentar el culto centralizado de Jerusalén. Esteban creaba las condiciones favorables para difundir y universalizar la nueva creencia. Esteban es acusado de haber blasfemado contra el Templo; juzgado por el Sanedrín, es condenado a la lapidación. Fue la primera de las persecuciones contra los cristianos. Y uno de los primeros pasos, entre los sucesivos que siguieron, hacia separación del cristianismo Fuera de Jerusalén las primeras misiones estarán a cargo, entre otros, de Pedro, en Siria y de Pablo en Damasco y Antioquia. Pablo fue una figura mayor entre los Apóstoles: sus reformas van a contribuir aún más al desarrollo del cristianismo. No hay discrepancias entre los historiadores y estudiosos: ni Jesús ni los primeros apóstoles pensaron, o creyeron en dar origen a una nueva creencia, ni aún, como decíamos más arriba, lo intentaron. Tampoco Pablo. Pablo llevó adelante la misión entre los gentiles (griegos y orientales). Encontró una dificultad mayor: la aceptación de la idea judeo-cristiana implicaba la de las observancias judías, en particular la de la circuncisión; los nuevos prosélitos se negaban a someterse al rito. Pablo tuvo conciencia de que la universalización de la religión proclamada por los grandes profetas podía prosperar si el planteo de la salvación no debía implicar la aceptación de la Ley mosaica, sino, solamente la adhesión a la fe activa en Cristo. Se negó a imponer a los paganos la carga de las observancias judías, en particular, la de la circuncisión. Los incidentes se sucedieron. Los propios judeo cristianos (de Antioquia), resisten a Pablo y se oponen a aceptar a los paganos a quienes Pablo, al convertirlos, les había dispensado de la circuncisión. El conflicto es planteado ante el Consejo de Apóstoles y Ancianos, la asamblea de Jerusalén. Pablo defiende su evangelio, sus doctrinas (y sus éxitos). Pedro duda. Santiago intermedia. La cuestión era delicada… y difícil de resolver, y Los Hechos de los Apóstoles se encargan de dejar una "definida" nebulosa...de incertidumbre. Hubo concesiones por parte de la “ortodoxia judaizante”, como la de no continuar con la prohibición de comer con los nuevos conversos, antiguos paganos, lo que hubiera implicado la imposibilidad de la comida fraternal de la eucaristía. Quedó además igualmente clara, la obligación de las observancias del sacrificios de animales conforme a las leyes mosaicas y la de las prohibiciones de matrimonio entre parientes de acuerdo a la Ley judía, así como otras prescripciones resumidas en “abstención de cosas sacrificadas a ídolos y de sangre y de ahogado y de fornicación"(Hechos XV,29 y XXI, 25). En cuanto al controvertido tema de la circuncisión, las imprecisiones en Los Hechos aparecen en el versículo (XV, 2) anterior al citado, en el que se especifica de no imponer (a los gentiles) “ninguna cosa más que estas cosas necesarias”;con lo que su obligatoriedad dependía de que fuera considerada necesaria o no. Ello podría hacer suponer que, la circuncisión, al no estar incluida en la lista de las prescripciones enumeradas en el versículo anterior no era obligatoria, aunque bien podría serlo, pese a no estar mencionada. Un verdadero ejercicio de habilidad dialéctica. De todas maneras, el "acuerdo" conformó a Pablo, en cuanto a que sin detenerse en discursivas continuó con su misión. La contradicción era evidente: Pablo continuó “con el evangelio de la incircuncisión, como Pedro con el de la circuncisión y les “dieron diestra” a él y a Bernabé para que fuesen “a los gentiles y Santiago, Pedro y Juan a los de la circuncisión (Gal VII,2-). El enfrentamiento no iba a tardar: tuvo lugar en Antioquia, en donde “Pablo le resistió a Pedro en la cara, porque era de condenar” (Gal II, 11) y le reprochó: “¿porqué, siendo judío vives como los gentiles, y constriñes a los gentiles a judaizar?” (Gal II, 11) No importa que cuando en su retorno final a Jerusalén, contra todas la realidad en cuanto a que había hecho proselitismo ignorando la ley judaica, los jefes de la secta afirmaran que “no hay nada de lo que fueron informados a cerca de ti (se referían a Pablo) si no que tú también andas guardando la ley”. (Hechos XXI, 2) Desde la ortodoxia judía, Pablo había infringido la Ley; y también desde el judeocristianismo, que Pedro, seguía predicando.Pablo fue acusado, y confusamente se defendió, aceptando los ritos judaicos de la purificación, proclamándose fariseo, admitiendo que predicaba una nueva religión, “creyendo en todas las cosas que en la Ley están escritas”. Los jefes del judeocristianismo jerusolinitano, no lo apoyaron, ni lo defendieron: lo ignoraron. Evitó de ser juzgado –y condenado-, invocando que en su condición de romano debía ser juzgado por el emperador. Su misión apostólica en Oriente, había prácticamente terminado. Según Eusebio, entre el 62 y el 64 fue condenado por los tribunales romanos “por desobedecer los decretos del emperador diciendo que hay otro rey, Jesús”. Según Tertuliano, fue decapitado, según Orígenes,fue martirizado bajo Nerón El paulismo había dejado huellas en un mundo en donde el cristianismo no dejaba de afirmarse. Y Pablo fue un pilar importante. Cuando en el 66 estalla la rebelión judía, la comunidad judeo cristiana no participó de la misma, veía en la destrucción de Jerusalén, del Templo el anuncio de la Perusia, el del Segundo Advenimiento. Los judeocristianos huyeron a Pella en Transjodania; los grandes apóstoles habían muerto. La destrucción del Templo, contra el que Esteban se había levantado, había significado también la desaparición en Oriente del otro sustento sobre el que se apoyaba la fórmula del judeo cristianismo. Separados de las grandes corrientes misioneras que se habían ido desprendiendo del judaísmo, los judeocristianos quedaron rebajados a la categoría de una oscura secta de herejes los ebionitas o nazarenos. El cristianismo hacia el 70, estaba solidamente instalado en Oriente. En Roma, la comunidad que no fue fundada ni por Pedro ni por Pablo, había llegado a constituir un centro de preocupación, si no durante Claudio, por lo menos durante Nerón que en el 64, los acusa del incendio por él provocado. Su expansión iba a cotinuar. LAS MASACRES DE CHMIELNICKI Una manera de empezar a entender la Historia El avance del mercantilismo en Europa Occidental y Central, con el incremento de la producción de bienes de cambio, determinaron el desplazamiento de los judíos estrechamente vinculados con las economías productoras de bienes de uso; economías, recordémoslo una vez más, en donde el comercio, era ajeno (extranjero) a la producción misma. La coexistencia de economías feudales con economías mercantiles en Europa Oriental, determinó que, a pesar de la existencia de organizaciones corporativas, los judíos no pudieran instalarse y que, libres de compromisos y de trabas corporativas pudieran prosperar en las actividades comerciales. A veces (como en Poznan) despertaban quejas por su excesiva actividad como intermediarios. Estas “acusaciones”, no eran muy ajenas a la realidad, no solo por las conexiones que efectivamente mantenían con elementos de otras comunidades judías, sino porque además, se beneficiaban por sus conexiones comerciales en gran escala con sus hermanos del Imperio Otomano, de Prusia, Bohemia y Moravia y de Europa del Oeste. En las viejas ciudades reales como Cracovia y en Varsovia los judíos no tardaron en figurar entre los comerciantes de ropas de “dyes” y productos de lujo, y en la mayoría de los productos que cubrían las necesidades de la nobleza. El dinamismo y espíritu de emprendimiento de los judíos se manifestó cuando, después de la segunda mitad del siglo XVI, la Union de Lublín en 1569 consagró la unión efectiva del Gran Ducado de Lituania y del Reino Polonia y la victoria sobre los Teutones al Oeste y sobre los moscovitas y los otomanos al Este y Sudeste. Los territorios conquistados incluían Bielorrusia, (con sus tierras arables y sus bosques vírgenes) y Ucrania (con su estepa fértil y salvaje); llegaban al Mar Negro y al Caspio donde desembocaban los caudalosos ríos Dnieper, Dniester, y Volga que abrían el transporte y el comercio con los países vecinos y las rutas de comunicación del Cercano Oriente, del Mediterráneo y de los confines más extremos de la tierra conocida. Pero la sola mención de “dinamismo y espíritu de emprendimiento”, separados del contexto social y económico nos llevaría a una visión equivocada, que en nada nos ayudaría a entender la situación de los judíos en Polonia-Lituania y las increíbles masacres contra los judíos en las que los cosacos y los campesinos ucranianos fueron activos protagonistas menos de un siglo más tarde. En posesión de esos extensísimos territorios, ubérrimos e inexplotados, la nobleza, polaco-lituana, como elemento dominante, se encontraba ante la inmensa tarea de su colonización. ¿Cuál fue el mecanismo? La nobleza era demasiado indolente y afecta a la molicie, al ocio, a las celebraciones y al lujo, para poder llevar adelante tal empresa mediante su participación activa. Una empresa que requería además importantes cantidades de dinero. Los grandes señores , encontraron en el arrendamiento (la “arenda”), el mejor sistema para alcanzar ese logro y, en esa tarea, los judíos se convirtieron en activos y valorados “partners". Eran emprendedores y su actividad comercial los había colocado favorablemente en la disponibilidad de liquidez monetaria. El sistema de “arenda”, significaba que los nobles (los terratenientes), mediante un préstamo por anticipado, acordaban a los arrendatarios, por un determinado período, la renta de las tierras. Las extensiones eran entregadas con todo lo que formaba parte de las mismas, para que los arrendatarios manejaran la explotación en la forma que más les conviniera. Los contratos (de tres o cinco años), eran en principio renovables y el eventual incumplimiento de los mismos, estaba asegurado por la propia existencia de los bienes. Los predios alcanzaban a veces centenares de hectáreas, que incluían pueblos, molinos, lagos y ríos. Los arrendatarios tenían derecho a la explotación de los campos, por intermedio de los siervos-campesinos o de quienes ellos establecieran, a comerciar los productos e incluso, a explotar los molinos, a fabricar cerveza, y destilar bebidas alcohólicas y a rentar las tabernas. ¿Cómo fueron las relaciones que se establecieron entre los tres grupos sociales que intervenían en esta forma de explotación ? De acuerdo a la Enciclopedia Judaica: “los intereses de los judíos y los magnates polacos coincidían y se complementaban en los aspectos principales de la economía y de la actividad social de la nobleza” (un detalle que no es menor). Por otra parte, “los judíos de la arenda estaban en contacto con la vida campesina creando vínculos con los aldeano”. De acuerdo a ello podríamos pensar que judíos y ucranianos vivían en las mejores y más idílicas relaciones y que ninguna forma de explotación y de diferencias existía. Más aún, la Enciclopedia.Judaica refiere que en 1602, un consejo de dirigentes de la comunidad judía de Volhynia intervino para convencer a los arrendatarios judíos para que se estableciera el descanso sabático; justo y merecido premio a la labor de los campesinos durante los otros días de la semana. Si las relaciones entre los judíos arrendatarios y los campesinos ucranianos fueron idílicas, o no; si existió una situación de explotación entre los señores feudales, nobles, aristócratas palaciegos, dueños de la tierra y los campesinos, una relación en donde la cara “visible” de la relación era el arrendatario judío, la Enciclopedia Judaica no hace referencia. Lo que podemos decir es que la “historia” refiere a que en 1648, tuvo lugar la revuelta del bárbaro cosaco Bogdán Chmielnicki, empujado por las horda de tártaros de Crimea arrastrando, los aldeanos de Ucrania (Dubnow) y que esa revuelta dio lugar a las más horrendas masacres de judíos. Una situación conocida por los historiadores como las masacres (los pogroms) de Bogdan Chmielnicki. El odio de los cosacos y de los campesinos ucranianos contra los judíos, no fue consecuencia de una situación aleatoria. LA CONVERSIÓN DE CONSTANTINO En otra de las cartas que Jaime I. Steinschraber, nos envía desde Nueva York, se refiere al caso de Constantino que: “…realmente creó la Iglesia Cristiana, con su convocado Concilio de Nicea. Caso contrario los seguidores de Jesús de Nazareth, hubieran terminado como muchos otros movimientos dentro del Judaísmo que quedaron solo en los libros de historia.” Nos parece ilustrativo hacer algunas consideraciones relativas a estas reflexiones; pensamos que nos pueden ayudar a ubicar a Constantino…y a la Iglesia, en su verdadero contexto El Cristianismo hasta Constantino. De acuerdo a lo señalado en otro apartado, hacia el año 70 de la Era Actual, el cristianismo estaba solidamente instalado en Oriente. La expansión iba a continuar. El crecimiento de la Iglesia en el ámbito del Imperio durante los tres primeros siglos siguió en grandes líneas las vías principales del Imperio. No es fortuito que las rutas y asentamientos iniciales hayan sido las de los judíos en la Dispersión. En Asia Menor, donde los judíos conformaban colectividades importantes, se constituyeron las primeras grandes comunidades cristianas: las Siete Iglesias: Éfeso, Esmirna, Laodicea, Filadelfia, Sardis, Pérgamo, Tiatira, además de las de Antioquia de Siria, Chipre y Rodas. La actitud general del gobierno romano en relación con las creencias no paganas era de tolerancia; sólo exigía a sus fieles algún gesto de veneración hacia los dioses y hacia el emperador. Los judíos se habían negado a tributar cualquier tipo de reverencia que pudiera implicar la aceptación de otro dios que no fuera el propio. Un privilegio que las autoridades romanas les habían acordado. En sus comienzos el cristianismo, había adoptado la misma actitud de los judíos, y las autoridades romanas, que los consideraban como una secta judía, les acordaron el mismo tratamiento. Con su desarrollo, el cristianismo mantuvo y hasta aumento su intransigencia. En parte por su creencia de la inminente llegada del Reino de Dios: el ardor de su fe los llevaba a suponer que la aceptación del estado romano los condenaría a tormentos eternos en el anunciado reino por venir. Tertuliano llegó a aconsejar a los cristianos que se negaran al servicio militar. Los cristianos empezaron a ser tratados de insolentes, idólatras y “hez del pueblo”. Comenzaron las persecuciones; en el 64, Nerón ordenó la quema de cristianos, como causantes del incendio de Roma que él había provocado;. continuaron bajo Domiciano (81-96), Trajano (98-117), Marco Aurelio (165); luego de un casi desaparición durante Cómodo, reanudaron con Septimio Severo (202), al extremo de hacer del bautismo un delito; Decio (249-251) provocó un acosamiento general, con centenares de cristianos decapitados, quemados, arrojados a las fieras, atados a un poste o amontonados en las mazmorras. Durante esos dos siglos hubo, evidentemente mártires, que luego devinieron santos, como Pedro y Pablo en el 64 durante Nerón; luego Simeón de Jerusalén, Ignacio obispo de Antioquia, Policarpo de Esmirna, Potino de Lión, Cipriano de Cartago y el papa Sixto II. El desarrollo de la Iglesia se traducía no solamente en el aumento del número de fieles, sino también en su estructuración. Había retomado la del Imperio Romano, adoptando a Roma como capital, con sus obispos (el de Roma, devenido Papa) y una organización piramidal. Hubo otro cambio fundamental: había dejado de ser la Iglesia de los Pobres y de los Desheredados de los de las prédicas de Cristo. Había ganado prosélitos entre los sectores ricos, levantado costosas catedrales. Ya no era más válida la parábola según la cual era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el mundo de los cielos; la separación ya no se establecía entre pobres y ricos, sino entre pobres y pobres de espíritu. En 261, hubo un primer paso de acercamiento a los cristianos: Galiano decretó el primer edicto de tolerancia, reconociendo al cristianismo como religión autorizada. Durante los cuarenta años siguientes la iglesia siguió fortaleciéndose. Luego llegó el período de Diocleciano( 284-305) y el último intento de restauración de los dioses paganos con una creencia unificada bajo un gran imperio absolutista. En febrero de 303 se decretó la destrucción de todas las iglesias cristianas, la quema de los libros religiosos, la disolución de las congregaciones cristianas, la confiscación de sus bienes y hasta la pena de muerte para los que participaran en una reunión religiosa. Fueron ocho años de persecuciones, martirios y muertes. Pero los cristianos eran ahora numerosos y con capacidad de reacción. Estallaron movimientos de represalia (en Siria, en Nicomedia, el palacio de Diocleciano fue incendiado. Galerio, en 311, comprendió el fracaso de esa política. Promulgó el Segundo Edicto de Tolerancia, que retomaba los términos del Primero. Era la más grande victoria de la Iglesia. Constantino llegaría después. La elección de Constantino En su intento de mejor defender la unidad del Impero, sometido a la presión de los godos (visigodos y ostrogodos), sajones, francos y burgundios, Diocleciano había preestablecido en 286 una división del Imperio: el de Oriente y el de Occidente. Con ello pensaba evitar las posibles y frecuentes guerras de sucesión; cada Augusto debía designar a un “Cesar” como ayudante y sucesor. Estos césares (y sucesores), en principio, no serían elegidos entre los hijos de los augustos. El sistema registró un rotundo fracaso. Las pretensiones sucesorias y los enfrentamientos y ambiciones personales, dieron lugar a una serie de disputas que determinaron que entre 307 y 310 hubiera seis emperadores: Galerio, Maximino Daza, Majencio, Licinio, Constantino y Maximiano. Constantino era hijo ilegítimo de Constancio, Augusto de Occidente y de su concubina Helena, moza de taberna oriunda de Bitinia, en Asia Menor. Habiendo recibido una educación muy elemental, desde edad temprana demostró un gran valor militar en las guerras contra Egipto y Persia. Reclamado por Constancio en las guerras en Bretaña y Britania, con su energía y firmeza ganó el apoyo del ejército galo. A la muerte de su padre en 307 en York fue proclamado Cesar y Augusto de Occidente por las mismas tropas. El cargo correspondía a Maximino Daza, que había sido nombrado Cesar por Constancio. Poco después los seis emperadores estaban maniobrando y luchando para quedarse con el poder. Entre triunfos en batallas, muertes naturales y suicidios inducidos, Constantino fue eliminando sus rivales. Su enfrentamiento con Majencio fue un hito fundamental. Corría el año 312. Majencio desplegaba la bandera del paganismo y del culto persa de los adoradores de Mitra. Pero el cristianismo se había fortalecido: la cuarta parte de la población del Imperio de Oriente era ahora cristiana, mientras que la del de Occidente alcanzaría aproximadamente a un 5 por ciento del total. Constantino decidió jugar su destino al lado de los cristianos que eran numerosos en su ejército. No se tiene conocimiento de cómo, en su conversión al cristianismo, pudo participar su madre, cristiana, devenida después Santa Helena; lo que sí tenemos es la versión de Eusebio, (260-243) obispo de Cesarea, autor de su biografía (supuestamente autorizada). En la misma narra que Constantino le manifestó que la tarde anterior al enfrentamiento con Majencio vio en el cielo una cruz flamígera con las palabras griegas, en tuotoi nika, “vence con este signo”, que la tradición ha transmitido bajo la forma latina in hoc signo vince. Esa es la única versión conocida sobre las circunstancias de la elección de Constantino. Con la posterior muerte de Maximino, en 313 quedaron Constantino y Licino, respectivamente, como Augustos únicos de Occidente y de Oriente Luego, en 313, vino el Edicto de Milán, Tercer Edicto de Tolerancia. En 323 Constantino al mando de un ejército integrado prácticamente de cristianos vence a Licencio defensor del paganismo. Ejecutado Licinio, Constantino había logrado la unificación del cetro, proclama la libertad de cultos e invita a sus súbditos a abrazar la nueva fe. El cristianismo que ya se había impuesto en el Imperio de Oriente y triunfaba en Occidente, había devenido un instrumento de poder. La adopción del Cristianismo como religión oficial, no significó que no tuviera que seguir hacer frente a diferencias con la aparición de herejías y cismas. Con anterioridad a Constantino, herejías, como las de lo gnósticos, el marcionismo, el montanismo, el monaquismo habían podido ser superadas con éxito. Durante Constantino estalló la crisis del donatismo y del arrianismo. Constantino, que había visto en el cristianismo una fuerza unificadora, puso en evidencia su energía y decisión para conseguir en el concilio de Arles de 314 que los donatistas cismáticos retornaran al seno de la iglesia. Pero donde las características del accionar de Constantino fueron más evidentes es en el conflicto que se abrió con el arrianismo. Sin profundizar las diferencias teológicas que el arrianismo planteó -la cuestión sobre la “semejanza” (homoiousia) del Hijo y del Padre, (Cristo habría sido engendrado por el Padre),sostenida por el arrianismo, en oposición a la “consustancialidad (homoousia) del cristianismo “oficial”, la “desviación” arriana dio lugar a una fuerte corriente que, va a incorporar a una parte importante de los pueblos bárbaros (visigodos, ostrogodos, vándalos, burgundios y lombardos): las prédicas del obispo Orfila en la región germana. Para elucidar las diferencias y resolver el problema, Constantino convocó, en 325, al primer concilio ecuménico (universal) de Nicea. La carta dirigida a los dos más importantes defensores de ambas posturas: el obispo Alejandro de Alejandría y el sacerdote egipcio Arrio, es sintomática. En ella sostenía que “el tema parece ser completamente futil”, “una cuestión en sí enteramente carente de importancia”; eso sí, encarecía a los contrincantes de “guardar las ideas para sí, y de no ventilar las cuestiones en público” con el propósito de “inducir a los hombres a unirse sobre el tema de la Divinidad para facilitar la conducción de los negocios públicos”. El concilio fue presidido por Constantino; según Eusebio, Constantino “escuchó pacientemente los debates, moderando la violencia de las partes contendientes. El concilio, finalmente, con la aprobación del emperador, anatematizó la doctrina arriana que se pensaba podría abrir las puertas a la destrucción de la unidad y socavar la autoridad de la Iglesia. Primaron las preocupaciones políticas sobre las inquietudes religiosas. Esa era la doctrina del piadoso Constantino. No fue la última vez, ni la primera que la Iglesia tendría tales actitudes. En los comienzos del cristianismo, en la Asamblea de Jerusalén de de Apóstoles y Ancianos mientras estos daban a entender a Pablo de Tarso que podía contar con su apoyo para que seguir con sus prédicas, mirando (de costado) a Pedro lo instaban a continuar con las suyas dentro de las leyes mosaicas tradicionales. Con contradicciones y sinuosidades, avances y retrocesos el cristianismo siguió su camino. . Constancio II (337-361), sucesor de Constantino retomó el arrianismo, Juliano (361-363) se inclinó hacia los cultos no cristianos (de allí el apodo de “Apóstata”); recién en 380 bajo Teodosio por el edicto de Tesalonia se prohíbe el arrianismo, se adopta la doctrina de Atanasio y en 391 el cristianismo se convierte en religión oficial prohibiéndose todos los cultos paganos. EDWARD H. FLANNERY y la Diáspora Edward H. Flannery (E.F.), en The Anguish of the Jews (Twenty three centurias of Antisemitism), en el primer Capítulo, se refiere a los comienzos de la Diáspora, sobre ese tema, nos ocuparemos en el presente artículoDice E. Flannery: “La dispersión de los judíos comenzó tempranamente en el siglo IX a. C; nutrida por una serie de deportaciones y emigraciones, creció al punto de que mucho antes del comienzo de la Era Común, Babilonia, Egipto y finalmente Roma se convirtieron en importantes centros judíos. De ahí, la Diáspora se desplegó en un abanico que circundó el Mediterráneo alcanzando regiones tan distantes como Persia, Armenia, Arabia, Abisinia en el Este; y España y Gran Bretaña en el Oeste”. “La Diáspora en el primer siglo de la era cristiana, agrega E. Flannery, alcanzó cuantitativamente una importancia considerable; los judíos constituían el octavo del total de la población del Imperio Romano, de los cuales, sobre un total de cinco millones, cuatro se encontraban fuera del ámbito de Palestina.” Compartimos en primer lugar, la afirmación de E. F., en cuanto sitúa el comienzo de la Diáspora en el siglo IX a.C. Es una posición contraria a la de la mayoría de los historiadores tradicionalistas, para quienes empezó prácticamente con la Destrucción del Primer Templo (587/6 a.C) y culminó con la del Segundo Templo en 70 d. C. ¿Pero cuáles fueron los mecanismos de la Diáspora? Nos referiremos primero al tema de las deportaciones, que según E. F., constituye una de las “nutrientes”de la Diáspora (las emigraciones serían la otra). El siglo IX a.C., corresponde en el Reino de Israel a la dinastía ómrida (884-842) y parcialmente a la de Jehú (842-747), y en el de Judá, a los reinados particularmente de Josefat y de Joram (870-843). Es el período de la alianza de Omri con Etbaal, rey de Tiro, alianza fortalecida por la concertación del matrimonio de sus hijos respectivos, Ahab y Jezabel. En el período de dos siglos posteriores a Salomón (hasta la caída de Samaria), en el que tanto Israel como Judá estuvieron envueltos y sometidos a guerras, ocupaciones y pagos de tributos (por egipcios, arameos y entre ellos mismos), los documentos no registran la existencia de deportaciones. En los períodos posteriores la situación fue la siguiente: La destrucción del Reino de Israel por Sargón II, en 722 a. C, dio lugar, sí, a deportaciones que originaron el mito de las Diez Tribus Perdidas. Digamos en primer lugar, que el tejido mismo del mito es contrario al fenómeno de la dispersión, en cuanto a que, si las tribus se perdieron, se perdieron como elementos étnicos judeo-israelitas (independientemente de la existencia de algunos núcleos que auto consideran ser sus descendientes). Además, de todas maneras, la incidencia que esas deportaciones puede haber tenido en la dispersión, es prácticamente nula; primero, porque la política de ocupación que los asirios aplicaban en sus guerras, consistía en deportar a las clases dirigentes (para quebrar la posibilidad de resistencia), con lo que la gente que quedaba in situ era mucho más numerosa que la deportada. Una situación confirmada, por los Anales de Sargón, que dan cifras de deportados de lejos muy inferiores a la población que se ha estimado existía en la región. Además los historiadores que han encarado seriamente el tema, sólo han podido relevar en la región de Gozan y en Media, donde los deportados habrían sido llevados, algunos nombres aislados que podrían corresponder a alguno de sus descendientes; amén de la posibilidad de que algunos elementos aislados podrían haberse establecido en Babilonia y que luego se hubieran integrado con los deportados por Nabucodonosor. En relación con el Exilio de Babilonia, los deportados fueron una minoría, y una minoría de esa minoría decidió volver. El sector que eligió el no retorno, constituyó la base de una comunidad floreciente en Babilonia, con sectores poderosos (muy probablemente minoritarios) cuya impronta no pudo no marcar una posición destacada de la comunidad judía, en el conjunto de la sociedad babilónica: la Banca de los Egibi, por ejemplo, fundada probablemente por un israelita, una de los primeros bancos que se conocen, o la Banca de Muraba, de la cual se han rescatado listas que atestiguan la existencia de numerosas familias judías prósperas ligadas a ese emprendimiento. En conclusión, el Exilio de Babilonia no fue un hecho intrascendente en el fenómeno de la Diáspora. Sin embargo, comparativamente, dada la gran masa que constituyeron la mayoría que no fue al Exilio, unidos a los que retornaron de Babilonia, y a los descendientes de los integrantes del destruido Reino de Israel, estamos, hasta ahora, todavía muy lejos de poder decir que las deportaciones conformaron una parte importante de la Diáspora. Hubo otros movimientos menores, relatados en la Biblia (II Reyes. XXV-26; Jeremías XLIII.7) que, en realidad, no corresponden a deportaciones sino a desplazamientos de sectores refugiados que huían de los caldeos; una situación que podemos incluir mas bien entre los que conformaron la corriente emigratoria dispersiva, a la que nos referiremos más adelante. La referencia por parte de Eusebio de Cesarea a deportaciones a orillas del Mar Caspio en la región de Hircano, en la época de Darío I (525-486 a. C y de Artajerjes (465-424 a. C), no han sido confirmadas por documentos. Durante la época helenística, según F. Josefo, cuando la fundación de Alejandría, y en relación con la ocupación de Cirene, contingentes de judíos habrían sido llevados a esos emplazamientos (por Alejandro y por Ptolomeo I) para consolidar el dominio macedonio-helenístico. Una versión discutida, sobre la que se apoyan algunos historiadores para reafirmar la idea de las deportaciones. El hecho es que los desplazamientos de los judíos en la época y en el ámbito de los imperios helenísticos, en Egipto en particular, fueron importantes, e innegable e indiscriminadamente aceptados; pero esos desplazamientos, se inscriben dentro de la corriente expansiva de la dispersión. Esas transferencias poblacionales, comunes y voluntarias eran favorecidas por las autoridades helenas (seléucidas y lágidas) que, en minoría en las regiones que ocupaban, los requerían para el mejor control de la población nativa, buscándolos como guardianes y como administradores, dado “su grado de confiabilidad”, “su conocida lealtad”, su celo y obediencia (Carta de Aristeas, la llamada Carta de Antioco, los archivos de Zenón, las Antigüedades de F. Josefo). Quedaría la ocupación romana de Palestina como el período que habría dado lugar a las otras deportaciones. La Destrucción del Segundo Templo en el 70 EC fue, por supuesto un hecho relevante: los vencedores tomaron prisioneros y los enviaron a Roma como esclavos y como trofeos para el desfile triunfal de Tito. Esas deportaciones no fueron las únicas. Hubo otras anteriores subsecuentes a tomas o revueltas: como cuando Pompeyo en el 62 a. C ocupó Judea; o cuando en el 53 a. C el cuestor Casio Largino hizo 30.000 prisioneros o, posteriormente, en el 37 a. C. cuando el general romano Sosio, con el apoyo de Herodes, reprimió un levantamiento. Nos preguntamos ante esos hechos puntuales (imaginarse, por ejemplo el espectacular desfile de prisioneros en Roma) ¿qué aportes cuantitativo pueden haber tenido con relación a los 5.000.000 de judíos diseminados en el ámbito del Imperio Romano y los 1.500.000 en el Imperio Parto? Una pregunta que, sin dar una respuesta específica, E. F se plantea en alguna media, cuando señala la considerable discordancia, en el primer siglo del cristianismo, entre las cifras de la dispersión, y el millón de judíos en Palestina. En nuestro libro, En la Trama de los Imperios Antiguos nos hemos referido a otras causas, y a determinadas situaciones que tratan de explicar la Diáspora: la posibilidad de que los judíos pudieran ser más prolíficos en la periferia de Judea que en la propia Judea; las circunstancias de que si hubo deportados, pocos habrían permanecido en situación de esclavos; la eventual proliferación de conversiones por la superioridad moral o la atracción que la religión hubiera podido ejercer. En cuanto a la existencia de otras causas que hubieran contribuido a la Dispersión, E. F. menciona las emigraciones que desde el siglo IX, habrían alimentado la Diáspora. Sobre el particular no aporta mayores elementos. Cuando se refiere a los contextos económicos, se limita a mencionar la diversidad de actividades de los judíos de la Diáspora, sin precisar si alguna de ellas hubiera podido ser favorecedora de la Dispersión. En ese sentido especifica: “Contrariamente a una difundida opinión, los judíos de la Diáspora no ocupaban una posición especial en la estructura económica del Mundo Antiguo. Su distribución entre las diferentes áreas de la economía refleja claramente la validez de ese modelo. Proviniendo de una nación agrícola, frecuentemente como esclavos o como colonizadores, en un muy amplio número –probablemente, la mayoría- se dedicaban a la agricultura”. Con estas afirmaciones, pareciera que E. F. ha comenzado a navegar por las conocidas aguas del tradicionalismo. Sin embargo, como veremos, la nave en la que se ha embarcado, no tardará en hacer agua, en “abrir rumbos”, en abrirnos, valga el juego de palabras, nuevos rumbos. Efectivamente: “unos pocos –continúa E. F.- especialmente aquellos que emigraron voluntariamente y se establecieron en las ciudades, se relacionaron con el comercio. Abrazaron toda clase de artesanías e industrias y hasta llegaron a monopolizar algunas, como las del vidrio, el tejido y el teñido; y, en tiempos posteriores, entraron en otras actividades, o profesiones, algunas relacionadas con las ciencias, o como las de recaudadores de impuestos, o soldados.” Ahora bien, hemos visto, a través del análisis que hemos hecho, que las deportaciones no fueron la principal causa de la dispersión, resultaría pues que la gran masa de la diáspora provendría de emigraciones voluntarias, que precisamente, E. F. señala como comprometida con el comercio. Más aún, E. F. lo puntualiza, esos sectores, en número no despreciable, se establecieron en ciudades grandes y menores (550 ciudades en 33 países, en el ámbito del Imperio Romano); un dato, que releva de J. Juster en Les Juifs dans l’Empire Roman. E. Flannery nos aporta además otros elementos que confirman esas situaciones. En la época helenística, retomando lo de “la invitación a los judíos a poblar Alejandría”, E.F recalca sobre su activa participación en el comercio, el posible monopolio en el manejo de los cereales, su importancia en la navegación en el Nilo, y también sobre su versatilidad como recaudadores de impuestos. Como colofón, agrega: “unos pocos devinieron muy ricos y su éxito no les granjeó, precisamente, la simpatía de los envidiosos griegos, sirios y egipcios”. A partir de esas afirmaciones E. F. va hacer pie para explicar el antisemitismo y el nacimiento del conflicto de Alejandría (34 a.C.). Una explicación que, por nuestro lado, en el marco de un proceso más complejo hemos analizado en otra parte,. Así, por caminos iniciales aparentemente divergentes, aunque siguiendo los senderos que el propio Edgard Flannery nos ha proporcionado, hemos llegado a conclusiones bastante interesantes, que van a corroborar nuestras ideas. Nos referiremos en primer lugar a la permanente y reiterada afirmación tradicionalista, que E, F. sinuosamente retoma, en cuanto a que ignora la importancia y sobretodo, las implicancias que el comercio y actividades conexas o relacionadas, (bancarias, financieras, marítimas o administrativas), han tenido a lo largo de la historia del Pueblo Judío. Ello no significa que todos los judíos fueran comerciantes, ni, por supuesto, que los no judíos no lo fueran, ni aún que una mayoría (de judíos) lo fuera. Solamente que, esas actividades configuraron situaciones relevantes en cuanto al rol que los judíos protagonizaron a lo largo de la Historia: el Conflicto de Alejandría, el “primer pogrom de la Historia”, sería, por ejemplo, uno de ellos. Es con esas limitaciones y extensiones, que hay que entender la "Teoría del pueblo-clase" de Abrahán León, que, en nuestros trabajos, frecuentemente nos ha servido como herramienta. A partir del análisis anterior, y con estos elementos, podemos ahora explicar las emigraciones que, a partir del siglo IX, dieron origen de la Diáspora. El siglo IX a. C., decíamos, correspondió en el Reino de Israel al período de la alianza de Omri con Etbaal, rey de Tiro, es el de la “conexión” fenicia, que convirtió a Israel en el eslabón en tierra del comercio marítimo fenicio. Potenciado por su producción propia de granos, especies, vino y aceite, ese período fue para Israel un momento de desarrollo y expansión. Situado en el “corredor cananeo” (en el nudo de las rutas comerciales que atravesaban el país desde tiempos remotos), Israel, aprovechó su posición geopolítica, para desarrollar el comercio internacional. Ese desarrollo no se limitó a la época de los ómridas, siguió, con oscilaciones, durante la dinastía de Jehú, con Joás y sobretodo con Jeroboán II. La importancia de ese período ha sido confirmada por los descubrimientos arqueológicos, (la puesta a la luz de ciudades como Samaria, Megiddo, Hazor; Jezreel, Dan y Gezer) que en un momento fueron atribuidos a la época y a la dinastía davídico-salomónica, pero que finalmente fueron asociados a los ómridas y a sus sucesores. Descubrimientos que mostraron la existencia de un régimen altamente desarrollado. Situada en el nudo geográfico de Oriente y Occidente, de Asia y África, en el ir y venir de las caravanas comerciales, Israel entró en una onda de expansión y de desarrollo que abrió las puertas de la emigración. En cuanto al Reino de Judá, con un territorio más pequeño, ecológicamente menos favorecido, con una población más escasa y esparcida, consolidado por el matrimonio de Joram de Judá, con Atalía de Israel, bajo la dependencia de Israel, aprovechó esa coyuntura para iniciar su despegue. Convertido, más tarde, en heredero de Israel, a partir de su caída, Judá continuó con su desarrollo, afirmando su vocación por el dominio geográfico (Transjordania y Edom, el control del Camino Real y el de las rutas comerciales con el Sur). Pero sus posibilidades de expansión territorial estuvieron acotadas por el encierro en el que lo confinaron el Imperio Neo Asirio y el Reino Egipcio de las Dinastía Tardías. La continuación y consolidación de la Diáspora, fue entonces la única salida posible para la expansión demográfica y el desarrollo económico. Un camino que continúo luego, bajo formas y con estímulos diferentes, en el ámbito de la otra gran expansión, la del Helenismo. JACQUES ATTALI, el dinero y los judíos por Enrique J. Dunayevich El título con el que Jacques Attalí, ex asesor de Francois Mitterand, ha publicado su reciente libro, Los Judíos, el Mundo y el Dinero, lo menos que podemos decir, es que sugiere connotaciones por demás “espinosas” Lo delicado de la cuestión no ha escapado al propio J. Attali que señala que la relación de los judíos con el dinero es una cuestión que "ha desencadenado tantas polémicas, acarreado tantas matanzas, que se ha convertido en una especie de tabú... al que no se puede mencionar bajo pretexto alguno... sobre el que nadie se atreve a escribir... a riesgo de ser fuente de malentendidos”. Prevenidos sobre el particular, cabría preguntarse de qué manera J. Attalí encara el tema, cuales son sus fuentes y en qué medida se acerca (o se aleja) de la posición tradicionalista, para la cual los judíos en Palestina y en la Diáspora estuvieron siempre ligados a la tierra, (a través de la agricultura o de otros trabajos rurales), y que sólo en tiempos más cercanos, cuando se les prohibió tener tierras, se habrían dedicado a actividades mercantiles y al “comercio del dinero” (1) La respuesta no tardará en llegar “El mejor hilo conductor para emprender este viaje cronológico y la primera de las guías es…..la propia Biblia”, escribe J. Attali. Con es apoyo, inicia su relato remontando a los lejanos tiempos de Abrahán (siglo XXI-XX a.C.). Sintetiza una serie de situaciones a partir del padre de Abrahán (rico criador de ganado), continúan con Abrahán “rico en rebaños, plata y oro” y con Sara, su mujer, “a quien llega a hacer pasar por su hermana (para poder así recibir regalos de quienes quisieran desposarla), con Isaac y Jacob (“y su necesidad de enriquecerse”), con la compra del mayorazgo de Jacob a Essau, donde “todo se monetiza, hasta por un plato de lentejas”. Después de este comienzo, podríamos seguir adelante con las enumeraciones y los comentarios J Attalí se encarga de “desencantarnos”: nos llevarían igualmente a acontecimientos “trágicos, gloriosos o miserables de poder y de dinero” (el subrayado es nuestro). En vano buscaríamos en el texto alguna explicación para tales situaciones. No podríamos si no pensar que la conexión de los judíos con el dinero, es ancestral, casi genética y que gustosamente, no podemos menos que pensarlo está tratando “de echar más leña al fuego del antisemitismo”. No se trata, de cuestionar la validez de las citaciones o narraciones de la Biblia. Tampoco nos vamos a poner del lado de las escuelas tradicionalistas que responden a las innegables conexiones de los judíos con el comercio, con la negación absoluta de esa relación pregonando la “eterna” vinculación de los judíos con la agricultura. En nuestro trabajo, “LOS JUDÍOS, en la Trama de los Imperios Antiguos”, nos hemos ocupado del tema. La relación de los israelitas con el comercio, no nace en coyunturas bíblico-ancestrales, ni por supuesto, por cuestiones genéticas; se da en virtud de cuestiones geográficas e históricas, remontando a la probable época de su formación como etnia (siglos XII y XI a.C.). Cuando los israelitas se instalaron en la franja occidental de la Media Luna Fértil, encontraron que en la región se efectuaba, desde tiempos muy lejanos, un importante intercambio de productos entre los dos más antiguos centros de civilización de Cercano Oriente: Egipto y Asiria. El país estaba ocupado por los cananeos y los fenicios, que habían devenido comerciantes de tierra los primeros, y marítimos los segundos. Dominadores de los cananeos, los judeo-israelitas asimilaron pronto la actividad comercial de sus predecesores. Una actividad que Israel desarrolló potenciada por la alianza con Etbaal, rey de Tiro, (la”conexión fenicia”), con la que devinieron el eslabón de tierra. Una actividad que, a partir de fines del siglo VIII a.C., Judá, heredero de Israel, retomó en calidad de vasallo del Neo Imperio Asirio. . También en relación con la formación de la etnia judeo-israelita, J. Attalí da algunos pasos equivocados. En su intento de apartarse de nuevo de algunas afirmaciones tradicionalistas, se refiere a los apirus (habirus), como uno de los grupos constitutivos de la etnia judeo-israelita. Compartimos esa posibilidad. Pero los habiru no eran mercaderes caravaneros, criadores de asnos (una vez más “comerciantes” en el origen), como J. Attalí pretende, tampoco, hasta lo que se sabe, descendientes de Noé, pertenecían a la tribu de Eber (Heber). No eran mercaderes, sino grupos marginales surgidos con la Crisis del Bronce Tardío, frecuentemente considerados como desarraigados y antisociales. Por eso los grupos de “excluidos” que rodearon a David, que la Biblia menciona pueden estar relacionados, en nuestra opinión, con la existencia de esos grupos marginales. A partir de estas aclaraciones, podemos seguir, rápidamente el camino de los judeo-israelitas que J. Attalí, nos propone, cuando se aparta de los esquemas tradicionalistas. Para J: Attali, (y en eso también compartimos sus afirmaciones) las destrucciones del Primer Templo o del Segundo, no fueron las causas fundamentales de la Diáspora. La dispersión comenzó mucho ante.. En tiempos de Ahab de Judá (872-852 a.C.) “gran cantidad de hebreos deja la región para ir a países como Babilonia, Egipto, Creta o Chipre”. J. Attali cita a Isaías (752 a.C.) en apoyo. Con la llegada del helenismo la dispersión incrementó. Antes de la caída de Jerusalén más de las tres cuartas partes de los judíos no habitaban ya Palestina. Si el comercio (como consecuencia de situaciones histórico-geográficas) fue tan determinante en la mecánica de la Diáspora, ahora sí podemos pensar que es lógico que aparezca en los textos religiosos (como tal, o expresado a través del dinero): W. Sombart, transcribe fragmentos del Talmud y de otros libros religiosos judíos que reflejan el espíritu comercial alrededor del cual se movían las comunidades judías de la Diáspora. Jacques Attalí se explaya mucho extensamente sobre el tema. Hay un grupo de leyes de la Biblia y del Talmud que J. Attalí selecciona. Constituyen un verdadero código civil y penal; son reglas directamente relacionadas con el comercio y con el préstamo. Normas relativas a la administración del patrimonio, al llamado “precio justo” (típico de las economías naturales), otras que limitan los beneficios, que establecen la inmoralidad de falsear los pesos de la balanza o que se refieren al préstamo. Este grupo evidencia, sin lugar a dudas, la estrecha vinculación del pueblo judío con el comercio (y si se quiere, a través del mismo, con el dinero). Hay otra situación histórica que Attalí describe magníficamente, pero sobre la cual tampoco da explicaciones. Se refiere a que, a fines del I Milenio d.C. los judíos “no son ricos, ni banqueros, ni consejeros; son casi todos pobres, campesinos y artesanos; algunos son prestamistas obligados y pocos son financieros”. A partir de cierto momento, “los mercaderes judíos ocupan una porción nada desdeñable entre Oriente y Occidente; con sus caravanas y sus naves que llegan hasta la pimienta de la India y la seda de China...son los maestros de la rutas de la lejana Asia y África; forman una red que va a abastecer las ferias de Nuremberg, Maguncia y Troya por los puertos de Venecia, Ravena y Amalfi." Sin embargo, “a partir del siglo XI, el mundo está cambiando y va a cambiar”. “El mundo que tolera a los judíos declina y se despierta el que los odia.” En el siglo XII, es “la avalancha”. Se crean “nuevas ciudades mercantiles en Inglaterra y Flandes”; “los mercaderes cristianos se agrupan, financian sus propias empresas e instalan a los suyos en cada puerto de paso". Los mercaderes judíos “pierden muchos de sus mercados en Europa” y se “quedan con los menos rentables". Paralelamente se va a producir otro fenómeno, que J. Attalí también describe pero que tampoco explica: “los judíos se harán prestamistas por fuerza”. Entre el 1000 y 1260, “se moldea la nueva imagen del judío; el usurero parásito”. La profusión de situaciones de judíos prestamistas a las que J. Attalí se refiere es impresionante. Esa actividad despierta la codicia en la imaginativa creatividad de los reyes y señores: la de participar de los ingresos de los prestamistas imponiéndoles tasas o impuestos de toda índole. Los reyes y señores devienen los “protectores” de los judíos. A partir de ahí, se establece el comercio más vil y despreciable: la compra, la posesión, el préstamo de judíos como bienes; la transferencia de “estos judíos”. Los derechos o reclamos de posesión por parte de reyes y señores de “sus” judíos (“mis judíos”). Este es el relato “tout court” de J. Attali. Un relato que evidentemente nos dejará insatisfechos en cuanto no da elementos para entender cómo se produjo ese fenómeno, ese cambio. ¿Cómo, de una Europa con judíos “casi todos pobres, campesinos y artesanos”, pasamos a los mercaderes intercontinentales proveedores de los mercados, mercaderes que a su vez terminaron en bancarrota y que finalmente se transformaron en prestamistas obligados, vendidos, maltratados y humillados? Sin necesidad de aferrarnos a un designio maldito trascendente, en nuestro trabajo arriba mencionado, apoyándonos en Abrahán León, (2), hemos proporcionado la respuesta. A fines del siglo X y a comienzos del XI, Europa entró en un proceso de modificación de las formas de producción y de cambio: la revolución mercantil. En las economías naturales de producción de bienes de uso, que de alguna manera habían regido el Mundo Antiguo, los judíos tenían actividades en un amplio abanico de la escala social (de la agricultura, la artesanía, al pequeño y gran comercio). La enumeración-descripción de que “eran casi todos pobres, campesinos y artesanos; algunos prestamistas obligados y pocos financieros”, es engañosa. Es posible que hubiera una mayoría de pobres, contra una minoría de comerciantes medianos y ricos. Pero estos últimos tuvieron una actividad que les confirió, en la Alta Edad Media, un rol importante y destacado: eran proveedores de los reyes y de los grandes señores: importadores de bienes suntuarios. El préstamo y la actividad financiera, eran actividades complementarias de la actividad comercial (y no “obligadas”), en ese tipo de sociedades donde la circulación monetaria era restringida(3). Con el mercantilismo se pasó a la generalización de la producción de bienes de cambio. Los productores empezaron a producir para el mercado. El gran desarrollo de las industrias manufactureras dio lugar al nacimiento de la burguesía. Se empezó a producir para vender; el comercio entró a formar parte del proceso de producción y la burguesía comercial se integró a la industrial. Los judíos habían sido agentes comerciales de las economías naturales; en tanto ajenos a la producción, eran al mismo tiempo extranjeros en la sociedad y en consecuencia aislados y encerrados en ellos mismos. Se habían desenvuelto en una economía donde fueron útiles y necesarios y, por lo tanto, tolerados. Con la generalización de la producción de bienes de cambio, la burguesía (cristiana) tomó el mercado en sus manos. Los judíos dejaron de ser útiles y necesarios; comenzaron a ser marginados del mercado y de la sociedad. Quedaron cada vez más acantonados en la institución del préstamo con todas sus implicancia (3). Comenzaron las persecuciones, las masacres, las expulsiones Esta explicación aporta una respuesta a la esquemática información que J. Attalí nos había proporcionado, que nos llevaba, por un sendero sin salida. Abrahán León, pensamos, nos ha despejado la ruta. NOTA. (1) El comienzo de la prohibición a los judíos de tener tierras data en Francia de aproximadamente el siglo XIV y en Europa Oriental, del siglo XV. Esa situación fue impuesta por la nobleza (precisamente, los deudores), para impedir que los judíos accedieran a la propiedad de la tierra a través de la ejecución de los préstamos hipotecarios. Pero la actividad de prestamistas (y de comerciantes) la ejercían desde tiempos muy anteriores. (2) A. León es el autor de la Teoría del pueblo-clase, que aplica al pueblo judío. Una teoría que no debe ser interpretada como que todos los judíos fueran comerciantes, sino que el comercio y actividades relacionadas tuvieron una participación importante y condicionante en el rol que los judíos jugaron a lo largo de la Historia. (3) La relación entre el comercio y el préstamo aparece en las sociedades de economía natural, cuando con el paso del préstamo de consumo (sin interés) al préstamo de inversión, dada la todavía relativa poca disponibilidad de moneda, para obtenerlo se recurrió a los comerciantes, que disponían de dinero con mayor fluidez. ABRAHAN LEÓN, una discusión abierta Por Enrique J. Dunayevich Rechazada por el pensamiento tradicionalista y casi ignorada por los marxistas, hubiera parecido que la Teoría pueblo-clase fuera un tema definitivamente olvidado. Nosotros la hemos retomado, creemos que por razones válidas. Hay dos aspectos de la Teoría y del pensamiento de A. León que queremos analizar. El primero, la interpretación extensiva de la Teoría del pueblo clase en cuanto pretendería que los judíos fueron exclusivamente un pueblo de comerciantes (eventualmente de prestamistas) o que lo fueron mayoritariamente. Sería en realidad impensable que A. León, a pesar de su corta vida y de su breve libro, haya elaborado una teoría sobre esa base. Dejaremos de lado la discusión de esa interpretación, que no nos parece conducente. De lo que se trata es de entender que la Teoría del pueblo-clase explica el rol que los judíos jugaron en las sociedades en que vivieron, por la existencia en esos escenarios de sectores, aun minoritarios, involucrados en actividades comerciales y conexas. Un esclarecimiento que en nuestra opinión, ninguna otra teoría ha podido lograr. El análisis de la validez del alcance de esta Teoría fue retomado por Eduardo Naveda en este Sitio. Frente a las conclusiones de V. Tcherikover en cuanto a que, en la época del Helenismo, no había oficios o actividades particulares que diferenciaran a los judíos del resto de la población, E. Naveda se refiere a la existencia en ese período de, precisamente sectores posiblemente minoritarios relacionados con actividades comerciales y colaterales; a las circunstancias y hechos en los que los judíos estuvieron conectados con las esferas del poder ptolemaico en Egipto, y al rol que jugaron. En nuestro trabajo (Los Judíos en la Trama de los Imperios Antiguos) hemos tratado el porqué de esa situación (el rol del comercio en las economías naturales), el cómo los judíos entraron en el comercio (por coyunturas geográficas e históricas), así como el rol que los judíos desempeñaron a lo largo de los dos milenios anteriores a nuestra era. Hay un aspecto del pensamiento de A. León que nosotros no compartimos: la no causalidad de la religión como una de las explicaciones de la persistencia del pueblo judío. Un punto de vista que, de todas maneras, no invalida la Teoría del pueblo-clase. En su dogmatismo marxista, A. León, después de citar a C. Marx en La Cuestión Judía (“No busquemos en la religión, el secreto del pueblo judío, sino, el secreto de la religión, en el judío real”), afirma que “sólo el estudio de la función económica de los judíos puede contribuir a esclarecer las causas del ‘milagro judío’ (su conservación)”. Esos planteos son una respuesta a concepciones tradicionalistas que pretenden explicar la conservación del pueblo judío únicamente como resultado de su fidelidad a la religión; o a las ideas de S.Dubnow, para quien, en un sentido más amplio, las causas “deben buscarse en la fuerza espiritual nacional, en su base ética y en el principio monoteísta”. Si con relación a la o las causas de la persistencia del pueblo judío, no compartimos la ortodoxia marxista, nuestra posición tampoco nos lleva a compartir la posición tradicionalista Las numerosas citas de Jacques Attali, parte de las cuales hemos trascrito en este Sitio, muestran muy claramente cómo el comercio aparece profusamente reflejado en versículos de la Biblia y en leyes o códigos del Talmud; una evidencia de la estrecha vinculación de los judíos con el comercio. ¿Todos?, no; ¿la mayoría?, probablemente tampoco; pero sí, sectores importantes, ricos e influyentes en el ámbito social y también, evidentemente, en el religioso. Así, si hemos afirmado que en la época del Imperio Romano y de la Alta Edad Media, los judíos no fueron eliminados porque su rol era útil y necesario en esas economías, trataremos de aclarar nuestra posición, nuestra equidistancia sobre el tema de la religión. No podemos pretender que la religión sea la base de la persistencia del pueblo judío, pero podemos afirmar que el particularismo étnico (término grato a Maxime Rodinson), en el sentido amplio (que incluye costumbres, ritos, tradiciones y principios éticos y religiosos), está relacionado con su persistencia. La no existencia del particularismo religioso puede explicar la “desaparición” del reducido grupo de israelitas que los asirios deportaron al extremo oriental de la Mesopotamia, cuando la caída de Samaria (las “tribus perdidas”), en una época en la que la etnia (religión incluída) estaba en etapa de formación. De la misma manera, la desaparición de los fenicios y, como grupos étnicos, la de los sirios en Europa, considerados también como sinónimo de comerciantes, tendría una explicación semejante: pueblos que, en las respectivas etapas históricas, no habían desarrollado suficientemente sus particularismos étnico-religiosos. Análogamente, cuando los judíos encontraron en la Diáspora la salida del encierro en el que los imperios vecinos los habían colocado, fue el comercio la herramienta que les permitió llevar la dispersión adelante, la que posibilitó el asentamiento y, de alguna manera, la cohesión en cuanto les proporcionaba una pertenencia corporativa. Pero sin el “cemento” (el aglomerante) de la etnia (que, no lo negamos, incluía a religión), es más que probable que hubieran tenido el mismo destino que sus hermanos fenicios y sirio-arameos. Contrario senso, ello no implica que los elementos de la etnia deben incluir la religión. Es un pensamiento que se hubiera podido defender en siglos pasados, pero que no es válido en la actualidad; en nuestros días son muchos los judíos, que siguen las costumbres, la tradición y aún los ritos, que no son religiosos y que hasta son ateos; equivalentes a muchos los galeses, irlandeses, tiroleses, griegos Para concluir, si nos preguntáramos cuál es la razón por la que la tan olvidada y negada Teoría del pueblo-clase, y la interpretación que proponemos, encuentran, a veces, un aparente rechazo o indiferencia, propondríamos la siguiente respuesta: porque, de alguna manera, enfrentan, chocan o molestan las ortodoxias, tanto marxistas, como tradicionalistas. EL ANTISEMITISMO ANTIGUO Los últimos siglos de la Antigüedad y los primeros de la Era Actual, presentan características que confieren al tema un particular interés. Es la época en la que tienen lugar: el nacimiento del Antisemitismo, el Conflicto de Alejandría, Primer Pogrom de la Historia y la aparición de situaciones que prefiguran período de la Alta Edad Media, un período de latencia del Antisemitismo. 1. LAS SIMIENTES DEL ANTISEMITISMO Un estudio sobre el nacimiento del Antisemitismo, requiere algunas reflexiones sobre las relaciones entre los judíos y el mundo gentil en la Época Antigua. Situaciones a veces ignoradas, pero fundamentales para entender el problema. El antisemitismo, ¿apareció después del advenimiento del cristianismo? Una pregunta planteada no pocas veces. O recíprocamente, el antisemitismo, ¿es acaso tan antiguo como el judaísmo? Una cuestión que contestada afirmativamente, podría abrir un camino que los judeófobos recorrerían con deleite. En nuestro trabajo Los Judíos, en la Trama de los Imperios Antiguos nos hemos referido a algunos de los aspectos del tema. Hemos retomado los trabajos de Theodor Reinach y Menahem Stern que recopilan los textos de numerosos autores griegos y latinos que, desde el siglo IV a.C en adelante, se refieren a los judíos. Esa síntesis ayuda a conocer cómo los judíos eran vistos por sus contemporáneos, y a acercarnos a los temas que nos ocupan Con anterioridad al siglo I a.C y aún después, los judíos eran prácticamente ignorados en el mundo. Son numerosos los autores griegos y latinos que evidenciaban sus escasos o casi nulos conocimientos referidos a ellos. A veces los identificaban con “filósofos sirios” o, como un pueblo “que vivía en Judea cerca de un lago de asfalto” o “de un lago de Jaffa en Siria, donde los cuerpos no se podían sumergir”. Podemos mencionar a Teofrasto, Megastenes, Hecateo de Abdera, Lucrecio, Virgilio, Ovidio o Tito Livio. Su desconocimiento lo lleva a Polyhistor, en su historia Sobre los Judíos, a narrar historias como la que presente a Abrahán como astrólogo del faraón y a José como organizador y administrador de Egipto. Otros autores, como el caso de Polibio, Nicolás de Damasco, Varro, o Dion Casius, los tratan con simpatía, admiración y respeto. La conquista macedónica y el desarrollo de la dispersión, trajo aparejadas situaciones que se van a traducir en modificaciones en las actitudes con respecto a los judíos. La expansión no significó sólo una ocupación territorial; el helenismo trajo consigo una cultura (no por nada Alejandro era discípulo de Aristóteles) convencido de que lo que no era griego, era “bárbaro”. Los judíos, por su parte tenían sus particularismos religiosos que los colocaban en situaciones diferentes frente al resto de las otras comunidades. Con su dios invisible y trascendente, no estaban dispuestos a compartir el panteón de los dioses de los otros pueblos del Imperio. Mantenían sus lazos espirituales con Jerusalén, reafirmados con el óbolo anual (la lytra) que aportaban al Templo, y se agrupaban en sectores barriales urbanos (en Alejandría ocupaban dos de los cinco barrios) como expresión natural de su vida comunitaria. Pero la expansión helenística significó también para los judíos una nueva situación comprendieron el desarrollo en marcha y decidieron acompañarla Ello significó la existencia situaciones diferenciales y de reclamos de privilegios para sus particularismos. Su obtención, resultaba, para los griegos, insufrible. Sobre todo en cuanto provenían de un pueblo que, dependiente, consideraban política y culturalmente inferior. Esto significó un cambio en las actitudes de la literatura de la época: los griegos, orgullosos de su civilización “superior”, acusaban “arrogancia” a los judíos con sus particularismos. Las discordancias no se redujeron a esas críticas, aparecieron, una serie de escritores, fundamentalmente helénicos con expresiones antijudías, hostiles y calumniosas. Ese grupo està encabezado por Manetòn, (siglo III a.C.) sacerdote-historiador egipcio helenizado. Lo siguen, en siglos II y I a.C., Lisímaco, Ceremonón, Manaseas, Apolonio, Posidonio, Diodoro. Estos autores validaban una serie de fábulas e historias calumniosas, de un contenido francamente antisemita. Acusaciones de que los judíos, durante el Éxodo, habían sido portadores y propagadores de las más horribles enfermedades, la lepra en particular; que adoraban al asno, o a la cabeza del mismo; que ejecutaban ritos holocáusticos anuales, como el asesinato de griegos. Esas acusaciones conformaron los tres pilares básicos que, van a sustentar al antisemitismo medieval a partir del siglo XI d.C., en la época de las matanzas y persecuciones. En efecto, las imputaciones relativas a la difusión de enfermedades, se tradujeron en la Baja Edad Media, en denuncias de propagación de plagas y de pestes, de contaminaciones y de envenenamientos; en otras donde la adoración de la cabeza de asno, se hizo extensiva a la de otros animales, como el cerdo o el becerro; o en delaciones de sacrificios humanos, transformados en rituales con muerte de niños. Esas falsedades, estrechamente vinculadas con la religión, van más allá de de enfrentamientos de culturas. El tema de la pureza y la contaminación está particularmente presente en la religión judía. La lepra era un flagelo que, por su incurabilidad y el deterioro físico que provocaba, resultaba temible. El Levítico le consagra dos detallados capítulos (el XIII y XIV) con sus síntomas, los procedimientos para reconocerla, el tratamiento de las ropas contaminadas. Pero la lepra no era el único motivo de preocupación de pureza. En la Biblia también se habla de otras impurezas, de flujos inmundos, de las impurezas del hombre y de la mujer (el semen derramado, el flujo menstrual), de las contaminaciones que producían, de la impureza de la mujer cuando pariera un varón o una mujer (las normas no eran iguales), de las leyes sobre los animales limpios o inmundos y otras abominaciones, sacrilegios, pecados y delitos, leyes y ordenanzas, expiaciones y penas. La cuestión no se reducía al campo de la salud y de la higiene; preocupaba también en el campo de la moral y de las costumbres. En la Cruzada por el Monoteísmo cuando Yahveh y lo Profetas luchaban por recuperar al pueblo judío de la corrupción en la que había caído por sus contactos con otros pueblos, luchaban por el retorno a la incontaminación de los tiempos pasados. También cuando F. Josefo proclamaba la pureza de la raza de los sacerdotes (“casta sin mezcla y pura”) o cuando los versículos del Deuteronomio (VII.3) proclamaban: “no contraeréis matrimonio con esos pueblos, no daréis vuestras hijas a sus hijos, ni tomaréis a sus hijas para vuestros hijos” o cuando Esdras, con sus planteos separatistas prohibía matrimonios con mujeres paganas. Todo ese conjunto de leyes, normas y preceptos que conformaron la rigidez de la religión, de las costumbres y de la moral del pueblo judío, configuraron en los otros pueblos la visión de que el pueblo judío hacía un sacerdocio de la pureza, que era exclusivista, que hacía culto de su separatismo y que odiaba al género humano. Cabe preguntarse ¿cuándo esos preceptos se transformaron en fábulas y calumnias? Durante el helenismo, los judíos acompañando la expansión, habían adquirido una situación especial de status y privilegios. Cuando el flujo de la marea comenzó a declinar en beneficio de los romanos, primero con las dinastías Antagónida en 168 a.C., la. Atálida en 133 a.C., y después con la Seléucida en 64 a.C. y la Ptolemaica en 31 a.C., las comunidades judías empezaron a dejar de tener la importancia y la función que habían tenido en el mundo helenístico. Las diferencias, las envidias, los rencores, empezaron a emerger; también se abrieron viejas heridas que el “Síndrome Asmoneo” (del cual hablaremos) había producido. Y “tenían muchos motivos para odiarnos” dice F.Josefo. ¿Y qué mejor respuesta, qué mejor reacción, qué mejor manera de lastimarlos, que adjudicarles la contaminación a la que ellos tanto temían y de la que ellos mismos se ufanaban de haber provocado, (en Egipto en forma de plagas)? ¿Si tanto pregonaban su monoteísmo (poco creíble entre los paganos, por lo abstracto) ¿Si tanto lo habían valorado el contraponer la inmaterialidad de su dios al culto de animales sagrados? ¿Por qué no atribuirles la adoración de dioses en forma de cerdos, becerros o asnos, cuando más ridículos y despreciables, mejor? En cuanto al asesinato ritual, una calumnia difundida por Apión, probablemente basada en los holocaustos de animales (comunes a muchos cultos de la antigüedad) ¿por qué no transformarlo en un holocausto humano (análogo a las referencias bíblicas: una transposición de la muerte de Caín o al sacrificio de Isaac, que Yahveh había pedido a Abrahán? Constatamos además, que esas manifestaciones, que podemos calificar de antisemitas, aparecen entre el siglo I a.C. y el siglo I d.C. en una coyuntura en la que nadie puede pensar que el cristianismo, en sus albores pudiera tener influencia alguna. A partir de estos elementos y del análisis de los cambios acaecidos en ese período, se puede entender la aparición del antisemitismo antiguo, el estallido del Conflicto de Alejandría y posteriormente, la situación contradictoria en la sociedad romana de esa época, y en la sociedad Medieval de los siglos inmediatamente posteriores 2. LOS JUDÍOS DURANTE EL HELENISMO Bajo los Lágidas en Egipto El triunfo del helenismo, implicó la expansión (urbanística y comercial) y la aceleración de la Diáspora (dispersión y afianzamiento en Asia Menor, Anatolia y Mesopotamia, Egipto y Cirenaica). Recordémoslo una vez más, que acaeció dos siglos después de la destrucción del Primer Templo y tres siglos antes de la Destrucción del Segundo Templo. En ese período se dieron también particulares situaciones de conjunción y de enfrentamiento; de dominación y dependencia; de colaboración y oposición. Un hito no menor fue la ocupación de Siria-Fenicia y Judea-Galilea, por los seléucidas en el 200 a.C., que aceleró la helenización judaica y el nacimiento de una oposición entre los que la aceptaban y los que la rechazaban. Este hecho abrió el camino de la Revuelta Macabea, encausada por la dinastía Asmonea, con su sorprendente y sangrienta explosión territorial; un quimérico intento de reconstruir, (con catastróficas secuelas de odios y de rencores), el Reino bíblico de David.. En el contexto de la expansión y de la ocupación helenística, los judíos, resultaron ser útiles y necesarios para la realización de esa política. Constituían, frente a la población nativa, un grupo minoritario valioso para los propósitos del ocupante. Participaron en forma masiva como pobladores de las nuevas ciudades (la de Alejandría en Egipto en particular) y como integrantes de las guarniciones para el control y la pacificación de los territorios (Egipto, Asia Menor y Mesopotamia). Convertidos en socios menores de los griegos, resultaron ser colaboradores diligentes y confiables, Esa colaboración, no fue una simple convivencia. Los griegos tuvieron que pagar un precio, tolerar los particularismos judíos y acordarles privilegios. Además de las colonias militares (kleroukías, en Egipto, y katoikías, en Asia), las autoridades helenas autorizaron los politeunas, instituciones autónomas de los judíos que les garantizaban que “pudieran vivir de acuerdo con sus leyes ancestrales”, que regulaban su vida interna: la vida comunitaria y la justicia. El politeuma de Alejandría -la interpretación en cuanto a si su existencia implicaba que los judíos tenían la ciudadanía helenística- fue uno de los elementos de choque en el Conflicto de Alejandría. El rol de colaboración, de intermediación entre los ocupantes y la población nativa; fue particularmente destacado y de trascendencia en Egipto y, en particular en Alejandría. Geográfica e históricamente los judíos estuvieron siempre atraídos por Egipto. Alejandría, capital del reino ptolemaico y centro de redistribución del comercio helenístico en el Mediterráneo, se convirtió, después de Jerusalén, en la ciudad más importante de la comunidad judía de ese período. En el ámbito de todo el Egipto, los judíos habrían constituido el quinto del millón y medio de helenos y en la propia Alejandría, habrían llegado a ser mayoría en relación con los griegos. ¿Cuáles eran las actividades de los judíos en Egipto, su participación económica y social? Según V. Tcherikover el abanico de las mismas alcanzaba a las más variadas. Su enumeración sería demasiado larga y siempre incompleta. Pero lo interesante es el lugar que los judíos llegaron a ocupar en la ciudad y en el país; no en cuanto a su número, sino por su posición social, política y económica, por su ubicación con respecto al conjunto de la sociedad, y por su relación con las cúpulas gobernantes. Dentro de esa perspectiva, dejamos de lado, por el momento, la parte de la población judía (probablemente mayoritaria) involucrada en las actividades agrícolas, artesanales y militares. También los sectores relacionados con la cultura, olvidándonos de Filón, el filósofo, que presidió la delegación judía a Roma, en las tratativas para la solución del Conflicto de Alejandría. El gran desarrollo económico en Egipto había producido un incremento de la población extranjera: los helenófonos extranjeros o de origen extranjero comparada con el total de la población. Dentro de ese sector, la gran mayoría era un conjunto heterogéneo con elementos de los más diferentes rincones de Cercano Oriente y del Este Europeo (frigios, armenios, bactrianos, sogdianos, sirios, idumeos, cretenses y por supuesto macedonios y griegos). Los lágidas necesitaban elementos suficientemente confiables para controlar el país y para gobernar. Los extranjeros eran más fiables que los nativos y con ellos constituyeron las guarniciones (que incluían a los judíos) para el control militar del territorio. Pero dentro del marco de la estructura cívico–legal necesitaban además un núcleo suficientemente homogéneo, numeroso y confiable que pudiera cumplir funciones administrativas y económicas. La estructura administrativa no era simplemente burocrática. El estado ptolemaico desarrolló una amplia organización altamente centralizada que iba de la actividad rural, a la producción manufacturera y al comercio exterior. Eran necesarios funcionarios encargados de controlar y de percibir contribuciones sobre labranzas, predios y cosechas, de cobrar tributos, de cuidar los almacenes del estado, donde se guardaban las especies tributadas. En ese cuadro hay que incluir la actividad bancaria, potenciada por el incremento del uso de la moneda, con todas sus complejidades de préstamos, de transacciones, de custodio de valores. La complejidad de esa estructura, hizo que para esas actividades administrativas y bancarias fuera necesario recurrir a individuos confiables, habituados a las prácticas del comercio y en el manejo de la moneda. Los griegos y los judíos tenían experiencia en el ejercicio de ese tipo de actividades. En relación con la confiabilidad, los griegos eran étnicamente afines a la clase gobernante. En cuanto a los judíos, fieles a sus creencias, a sus compromisos con Dios, traducían su fidelidad en una confiabilidad que la administración lágidas supo valorar. Son numerosos los documentos y cartas que lo expresan. En el aparato estatal, los judíos tuvieron pues una participación no despreciable. Ocupaban los más variados lugares, “desde las posiciones más elevadas e influyentes en la corte lágida y en la alta administración, hasta los escalones más bajos, como empleados de las aldeas” (V.Tcherikover). Era frecuente que figuraran como recaudadores de impuestos generales y específicos (pesca, manufacturas, transporte), como supervisores de la entrega de granos, como responsables de los depósitos reales. Muchos de estos cargos implicaban remuneraciones menores. En algunos casos les permitían tener negocios paralelos rentables, relacionados con actividades bancarias o financieras; esta situación ambivalente, en cuanto les otorgaba poder y un mejor status económico, habría provocado la desconfianza, la envidia y hasta el odio en el resto de la población. Tenían participación en los servicios de policía y de seguridad; en un abanico de cargos que iban desde simples policías (phylakites) al de jefe de policía. También en las actividades de la administración de los ríos (pothamophilacia) que implicaban el control de la navegación, de las mercaderías, y la custodia del Nilo (fluminis custodiam). Dentro de esa rama, figura la de alabarcas: funcionarios superiores, controladores de aduana, encargados de la percepción de derechos de desembarco de mercaderías. En relación con las actividades comerciales, a pesar de que en tiempo de los ptolomeos la economía estaba controlada en gran parte por la actividad real, ello no impedía que, en el comercio exterior, el rey concediera a empresarios privados favoritos, el manejo de ese tipo de negocios. En los comentarios de Filón aparecen tres grupos en los que los judíos tenían un rol preponderante: el de los “capitalistas” que participaban en los negocios y transacciones, propietarios navieros (naukheroi) y comerciantes mayoristas, que dada las características de la ciudad como puerto de exportación y de comercialización eran, sin lugar a dudas importantes; dentro de ese grupo debemos incluir los que controlaban el comercio de exportación, de trigo, dátiles, higos y papiros. El tercer grupo era el de comerciantes al por menor (emporoi), un sector menor, en una posición delicada ante el conjunto de la población, por el concepto generalizado en las economías naturales que consideraban que el intermediario, “falseaba el justo precio”; una fuente de fricciones que se potenció en el momento del Conflicto. La importancia de estos sectores, con seguridad minoritarios frente al conjunto de la población y al de la comunidad judía en su conjunto, es evidenciada por Filón cuando en relación con el Conflicto, se refiere a la paralización de las actividades y a las secuelas que el mismo dejó. En cuanto a los cargos importantes y posiciones influyentes en la corte y en la administración, hay casos paradigmáticos, como el de la familia de Filón, el filósofo, cuyo hermano, Gaius Julius Alexander, que además de alabarca, manejaba, al igual de uno de sus dos hijos Marcos Julios, grandes sumas de dinero (Marcos Julius se casó con la princesa Berenice, hija de Agripa I, posteriormente amante del emperador Tito). El otro hijo, Tiberius Julios, hizo una importante carrera en la administración del Imperio; fue en dos oportunidades procurador de Judea. Además de otras figuras importantes e influyentes, está el Clan de los Tobías, (tobiaditas) originarios de Amon Transjordania. Uno de sus integrantes Tobías (del mismo nombre del clan), José (hijo de Tobías) e Hircano (hijo del anterior), que tuvieron participación activa en eventos económicos y políticos de Egipto. Posteriormente, tenemos al Clan de los Onías que, a cambio del apoyo de Ptolomeo VI Filometor y su mujer Cleopatra II en la formación del pequeño Estado de Leontópolis, sostuvo a la pareja real en las guerras dinásticas contra Ptolomeo VIII Evergetes II y luego a éste y a Cleopatra III, en la guerra contra Ptolomeo IX Lathyron. Dentro de esa coyuntura político-militar, aparecen otros judíos como generales del ejército egipcio: Ananías y Helkías, otro Helkías (del mismo nombre e hijo del anterior) y otros como Dositeo y otro Onías. De acuerdo a la síntesis anterior, queda una vez más en evidencia la manera equivocada como se suele encarar el tema de la actividad de los judíos en genera y en Alejandría en particular, en cuanto a que se suele centrar la cuestión en que no todos los judíos, ni su mayoría, se dedicaban a la actividad comercial, que no todos eran ricos ( y hasta, como en el caso de Roma, que casi todos), o que no había una rama particular económica que fuera de su monopolio. Y también cuando se afirma que, en relación con sus actividades “no había diferencia entre los judíos y otros pueblos” (Tcherikover) Con estos elementos, que ponen de relieve las actividades que desempeñaban y la ubicación que tenían grupos como grupos minoritarios Alejandría, contrapuestos a posiciones simplistas, que no hacen sino soslayar las cuestiones, se puede entender el Conflicto de Alejandría, el primer estallido Antisemita de la Historia y comprender la situación de los judíos durante el Imperio Romano. 3. ALEJANDRÍA EN LA BISAGRA DE UN CONFLICTO La llegada del helenismo La llegada de los helenos a Egipto dio lugar a una serie de situaciones contradictorias. Después de siglos de ocupación persa, los helenos fueron recibidos por los egipcios con beneplácito, como libertadores. Además no les eran desconocidos, dado que además de Naucratis, tenían otras factorías en Egipto. Por otra parte, frente al trato hostil de los conquistadores persas, los griegos. tuvieron la preocupación de respetar la cultura egipcia y la habilidad de presentar a sus reyes como herederos de la teogonía egipcia. A esa situación se contrapuso el hecho de que la intromisión del helenismo fue masiva; nunca una dominación extranjera (ni asiria, ni persa) había acaparado de tal manera los recursos del país; los griegos, entre otros privilegios, recibían las mejores tierras. Los egipcios se sentían despojados; germinaron descontentos, aparecieron disturbios que continuaron aún hasta el reinado de Evergetes II. Con el tiempo, las turbulencias entre griegos y egipcios fueron reduciéndose. En la búsqueda continua de un mejor entendimiento con los nativos, los helenos hicieron proliferar los cultos populares y sincréticos. Ptolomeo I Soter llegó a organizar un culto sincrético: reunió a teólogos comunes a ambas religiones, como el egipcio Manetón y el exegeta del culto eleusiano Timodeo. El aumento de la prosperidad general del país y las mismas situaciones de convivencia contribuyeron compatibilizar las costumbres, a mejorar las relaciones En cuanto a los judíos, su relación con los griegos y egipcios no siguió por los mismos andariveles. Las posiciones de importancia que fueron conquistando, unidas a los privilegios logrados y a sus actitudes intransigentes, los colocaron en situaciones discordantes; se fue creando una atmósfera cada vez de mayor tensión. Los privilegios, escribe L. Poliakov, “constituían fuentes de celos y de conflictos posibles” Resultó una situación más que contradictoria: los griegos, conquistadores extranjeros, se encontraron con los judíos, que también extranjeros, habían devenido aliados y protegidos de los faraones y de la clase gobernante. Los judíos, llegaron a ser no solamente protegidos, sino también protectores de los reyes ptolemaicos. V. Tcherikover señala la existencia de dos períodos. El primero, desde Ptolomeo I Soter (305 a.C.) hasta Ptolomeo VI Filometer (181-145 a.C.), más de cien años de un largo proceso durante el cual se establecieron las bases de su asentamiento: las reglas de existencia de la comunidad (el politeuma), con sus privilegios y excepciones, y también las de su desarrollo. El segundo período tuvo lugar a partir de la gran corriente migratoria proveniente de Judea, a raíz del levantamiento macabeo y la represión de Antioco IV. En ese período, Ptolomeo VI favoreció una política que podríamos llamar “filo judía”. En “Contra Apión”, F. Josefo escribe: “Ptolomeo VI y Cleopatra II confiaron a los judíos todo su reino”. Aunque esta afirmación sea exagerada, no deja de ser cierto que fue durante el reinado de la pareja lágida, que se estableció el “estado” de Leontópolis, que se construyó el Templo de Onías, y que el Clan de los Onías intervino en las luchas dinásticas apoyando a unos y luego a otros. No hay dudas de que, en estas luchas, griegos y egipcios percibieron el poder que los Onías habían alcanzado. Más aún, si tenemos en cuenta que, independientemente de las luchas dinásticas, durante Evergetes II existieron todavía levantamientos nativos, en los que es más que probable que la represión haya estado a cargo de las legiones de Onías, en ese momento en excelentes relaciones .con Evergetes II Indudablemente, la situación no quedó reducida a una cuestión puntual con los Onías; los judíos, para los alejandrinos, habían aparecido como un factor de poder. Esas intervenciones los mostraban capaces de interferir en forma decisiva en el destino del país. ¿Factores o dueños del poder? Una situación que prefigura el antisemitismo. A ese cuadro de deterioro de las relaciones, debemos agregar otra situación conflictiva: los griegos tenían una participación comercial muy importante; y aunque en muchos casos aparecían asociados en sus empresas con los judíos, la competencia entre los supuestos “dominadores”, y estos judíos “extranjeros” tiene que haber sido fuente de diferencias y entredichos. A lo anterior podemos agregar, las relaciones con los emporoi en un rol conflictivo de intermediación, en contacto directo con los sectores populares considerados como falseadores del “justo precio”. Hay otros elementos que completan el cuadro de la atmósfera en el Conflicto de Alejandría; es el llamado Síndrome Asmoneo: las situaciones de odio, y rencor que la arrasadora expansión asmonea provocó. Estamos inmersos en el caldo de cultivo que prefigura el nacimiento del antisemitismo. El cambio de aire con los romanos En ese cuadro de prosperidad y de seudo tranquilidad, la llegada de los romanos va implicar un cambio para las comunidades de Egipto: la egipcia, la griega (helénica) y la judía, de su relación recíproca y en particular, para la comunidad judía una modificación sustancial. A comienzos de su entrada en acción en el Mundo Mediterráneo, los romanos habían buscado el apoyo de los sectores y pueblos que pudieran servir a sus propósitos de expansión y dominación. Su política con relación a los macabeos hasta deshacerse de los sirios constituye un ejemplo. Logrado ese objetivo, en las últimas décadas del I Milenio a.C., intentaron continuar con la política helenística. Pompeyo se había autoproclamado heredero de Alejandro y las comunidades judías eran su mejor garantía de éxito. Con esas premisas, las autoridades romanas se presentaron en Egipto, con la misma actitud de protección y de favoritismo que el helenismo había tenido hacia los judíos, reiterando el respeto de sus particularismos y de sus costumbres religiosas. Pero la política de Roma fue cambiando. Con la caída de los seléucidas y de los lágidas, el Mundo Helenístico había pasado a poder Roma (Macedonia, Antigónida, Pérgamo, Atálida) eran provincias romanas; la casi totalidad del Mundo Antiguo, había quedado bajo su dominio. Quedaba solamente fuera de su órbita, el Imperio Parto. A partir de ahí, Roma perdió el impulso de la búsqueda de nuevos territorios, de la expansión económica y del intercambio de materias primas y manufacturas. El comercio dejó de tener el rol activo y expansivo que la exportación y la búsqueda de mercados le conferían; quedó prácticamente reducido al de las importaciones; las de los faltantes de la economía y a los requerimientos de las clases altas, un papel menor y más pasivo. De ahora en más se trataba de mantener los territorios conquistados, de someter los intentos levantiscos y de sostener una política tributaria devenida más bien una política de exacciones y de saqueos. Para asegurar esos objetivos estratégicos y mantener la cohesión política, militar y económica del Imperio, Roma se convirtió en el punto de confluencia de una red de comunicaciones terrestres (vías y calzadas), marítimas (faros, puertos y muelles) y fluviales (ríos y canales). El abandono de la política comercial agresiva helenística, se tradujo en una modificación de la política general en relación con los judíos. La comunidad judía dejó de estar en la esfera de atención romana. Su rol no entraba dentro de lo que hoy llamaríamos su “política de estado” Ello implicaba una “falta de interés” o, si se quiere, un interés “oscilante”, una despreocupación por las comunidades judías, que quedaron libradas al juego de las situaciones coyunturales. Una actitud de indiferencia también por parte de la sociedad romana y, en algunos casos, hasta de desprecio. Una coyuntura que, va a abrir las puertas de dos formas de antisemitismo: el antisemitismo antiguo naciente y el antisemitismo latente de la Edad Antigua Tardía y de la Edad Media Temprana. Pero estos no fueron los únicos cambios que la expansión imperial romana va a provocar. La llegada de los romanos va a implicar también un cambio en la relación entre las tres comunidades de Alejandría: la egipcia, la griega (helénica) y la judía. Se dio una nueva situación cuando, Roma, comprendió que, sin el apoyo y la colaboración efectiva de las comunidades de los países conquistados, le resultaría imposible controlar las tierras respectivas. . Sintieron la necesidad de sustentarse en las comunidades locales. En las provincias del Oeste (Galia, Hispania), el control se pudo ejercer gracias a la “romanización” de los sectores nativos y al desarrollo de las comunidades autóctonas respectivas, hasta ese momento con una débil estructura administrativa y una tradición cultural relativamente permeable. En esas provincias nacieron los Trajanos, los Adrianos, y los Septimio Severos. En los territorios orientales, la situación era distinta. El favorecimiento de las elites nativas (sirios en Siria y egipcios en Egipto), demasiado ligadas a las masas autóctonas, tenía además otras complicaciones. Con una tradición histórica independiente (imperios, religiones y culturas) que remontaba a milenios –aunque sometidos durante muchos siglos- estas comunidades no les merecían suficiente confianza. Se necesitaba otro tipo de respuestas. Se hizo necesaria, en primer lugar, una cadena de mandos directa y fiel, asegurada por gobernadores, senadores-gobernadores o procuradores, más comprometidos con los intereses imperiales. A partir de esa base, se debía centrar la búsqueda en el apoyo de sectores locales. En Egipto aunque los romanos eran también, como los helenos, invasores y extranjeros venían a reemplazarlos después de tres siglos de dominación y de desgaste. Los egipcios vieron a los nuevos conquistadores como liberadores (repitiendo la percepción que tuvieron acerca de los griegos, cuando estos desplazaron a los persas).Esta situación neutralizaba a los egipcios, con quienes, por las razones apuntadas, los romanos no podían enteramente contar. Si se dejaba de lado a los egipcios, la comunidad helenística, en conjunto, tampoco encuadraba dentro de los objetivos romanos: era demasiado amplia y heterogénea. Pero dentro de la misma, el núcleo más reducido de los griegos, fuertemente arraigados y asimilados, en buenas relaciones con los nativos, con varios siglos de participación en las estructuras de dominación, suministraban los cuadros para el rol complementario que la administración local necesitaba. Se encaró, pues, un sistema de apoyos basado en la utilización de los elementos griegos. Así, los servicios públicos, los controles de aduana y la recaudación de impuestos (entre los que había numerosos judíos) pasaron a ser desempeñados por los griegos. Esta política ensamblaba con el desinterés por la comunidad judía, que no entraba en la nueva estrategia comercial imperial romana y que, por otra parte, estaba demasiado comprometida con la administración ptolemaica destituida. Resumamos el cuadro de la situación en Egipto, y en Alejandría, en vísperas del Conflicto: un deterioro de la situación de florecimiento en el que la comunidad judía había vivido durante la expansión del helenismo. Un subsistente estatus legal favorable, que los romanos, por el momento habían mantenido, que provocaba la irritación entre los gentiles (aunque más no fuera por situaciones como las que se producían durante las festividades judías, cuando mientras unos trabajaban, los judíos no lo hacían). Una población greco-egipcia, que les guardaba rencores y desconfianzas por la influencia e importancia que habían tenido durante el período ptolemaico, con las subyascencias del Síndrome Asmoneo. Las discusiones y diferencias que se generaban con los emporoi, la difusión de propagandas antisemitas que habían comenzado a aparecer con más de un siglo de anterioridad. Un cuadro en el que no tardarán en incorporarse los factores de poder movilizando la multitud enardecida. 4. EL CONFLICTO DE ALEJANDRÍA Nos referiremos aquí, sólo muy brevemente, a los aspectos fácticos del mismo. El establecimiento de la laografía fue la piedra de toque del conflicto. Era un impuesto que debía pagar todo residente de Alejandría que no fuera romano ni ciudadano de la ciudad. Los griegos, ciudadanos de Alejandría, estaban exentos. Los judíos consideraban que los privilegios que el politeuma acordaba, implicaban también el de la ciudadanía. Era una situación confusa que, en el clima favorable de los lágidas, los judíos no habían sentido necesidad de aclarar. Con la imposición de la laografía a los comienzos del Principado romano, los judíos apoyados por la imprecisión del concepto de ciudadanía y por las fluctuaciones de la nueva política, todavía no bien definida, se negaron a .solventarlo. Era un impuesto más, que los sectores pobres judíos tenían que soportar, que resultaba extremadamente oneroso para una familia, en cuanto a que al ser personal, debían pagarlo todos los miembros masculinos entre catorce y sesenta y dos años. Esto incrementó el malestar de la comunidad judía, castigada por la cantidad de desplazados por la política de despidos de la nueva administración (reemplazo de funcionarios judíos por griegos), por el licenciamiento de los cuerpos de mercenarios judíos y disolución del ejército de Onías (los romanos habían decidido utilizar fuerzas propias para las acciones de control y de represión). Además, los judíos quedaban socialmente al nivel de los egipcios nativos y para los sectores altos, era la confirmación de la no pertenencia al círculo privilegiado de las clases gobernantes. La nueva situación dio lugar también a un cambio importante en la relación entre judíos y griegos. Si durante la época ptolemaica las relaciones no eran buenas, la llegada de los romanos no hizo sino incrementar las tensiones. Primero, por que mientras los judíos recibían a los nuevos conquistadores con entusiasmo, los griegos suponían que les iba significar la pérdida de su estatus de ocupantes. En la segunda instancia, cuando la nueva política romana se tradujo en la búsqueda de sustentos locales, la situación fue doblemente valorada por los griegos, en cuanto mientras les implicó un retorno casi inesperado al estatus anterior, dejaba ahora a los judíos “a la deriva”, sin los apoyos ptolemaicos anteriores, ni el inicial de los romanos. El enojo contra el ocupante quedaba atrás; y además, ahora iba resultar más fácil enfrentar a la desprotegida comunidad judía. Se abrían nuevas vías para alimentar el antisemitismo: a los viejos enconos liberados, se agregaban las posibilidades de desquite; tanto más cuanto iban a poder contar con el apoyo de los egipcios con quienes estaban en buena relación . En ese contexto, en el malestar económico general provocado por la política de expoliación del coloso romano, se puede hasta pensar que la misma pudo haber sido aprovechada en una forma inesperada Estaban dadas las condiciones objetivas para poder contar, en el próximo enfrentamiento, con todas las energías destructivas, y poder desviar el descontento sobre el sector judío, ahora desprotegido Alejandría, estaba regida por el prefecto romano Avilium Flaccus, colocado en el cargo por Tiberio. A la muerte de éste, en el 37 d.C., cuando Gayo César Germánico (Calígula) asumió como emperador, Flaccus se sintió tambalear en su cargo. En su inseguridad, se rodeó de sectores “nacionalistas” griegos, encabezados por dos gymnasiarcas, Lampo e Isidoro, dos individuos ambiciosos, según Filón, venales, demagogos y sin escrúpulos. Ante la inseguridad de Flaccus y el poco apoyo que Roma prestaba a los judíos, los griegos comenzaron a organizar movimientos de protesta, tratando de menoscabar las posiciones de los judíos. Se produjeron una serie de incidentes, manifestaciones y contra manifestaciones. El paso siguiente fue dado por Flaccus que, para congraciarse con el emperador, intentó introducir la imagen de Calígula en las sinagogas (Calígula había proclamado su auto deificación). Una turba irrumpió en las sinagogas para colocar una estatua de Calígula. Los judíos resistieron y Flaccus proclamó a los judíos “extraños y extranjeros”, disponiendo que los que moraran fuera de la primitiva sección judía de la ciudad debían retornaran a ella. En agosto del 38 d.C., se desencadenaron masacres, incendios y saqueos en casas y negocios judíos; algunos judíos fueron azotados o muertos; treinta y ocho miembros de la gerusía arrestados y azotados públicamente. A fines de octubre, cuando los disturbios habían disminuido, Flaccus fue destituido y fue nombrado un nuevo prefecto, que se apresuró a requerir al poder central la solución del conflicto. Con ese fin fueron enviadas a Roma, dos delegaciones integradas cada una por cinco judíos y cinco griegos. A fines del 39 d.C., las delegaciones estaban en Roma: la judía, presidida por Filón, y la griega, por Apión (erudito egipcio helenizado). Dejamos de lado las alternativas, las discusiones, las anécdotas, que tuvieron lugar en el período de dos años durante el cual de dirimió, con interrupciones, el Conflicto. En Noviembre del 41 d.C., Claudio (devenido emperador a la muerte de Calígula) dictó su fallo, la llamada Carta a los alejandrinos. Era una acabada muestra de mesura, de equilibrio y sobriedad por parte un gobernante que marcaba, con respecto a los judíos, una la línea de acción que caracterizó a los emperadores romanos de los tres primeros siglos de la Era Cristiana. Una política que vamos a analizar. La Carta, una larga carta, en primer lugar, terminó de zanjar la controvertida la disputa el respeto de las costumbresº y las prácticas religiosas judías. Las mismas quedaban como un derecho adquirido, pero al tiempo se ordenaba formalmente a los judíos, que no intentaran aumentar sus antiguos privilegios.. Igualmente, se les indicaba que en lo sucesivo debían disfrutar de la ciudad, (como habitantes extranjeros) y se establecía que el intento de conseguir el reconocimiento de derechos cívicos quedaba definitivamente rechazado: esos derechos no los tenían y no debían intentar obtenerlos. La Carta no revocaba la ciudadanía a aquellos que ya la habían obtenido, pero denegaba la posibilidad de extenderla a aquellos que todavía no la tuvieran, los excluía del ingreso al gymnasium y, por extensión, al efebato. La controvertida interpretación de la ciudadanía que los judíos alejandrinos pretendían, quedaba zanjada. Los judíos eran clara y definitivamente considerados como “extranjeros. En síntesis, habían conseguido recuperar la libertad religiosa y la exención del culto al emperador –anulando las disposiciones de Flaccus- reinstalar el politeuma, pero no el reconocimiento del derecho a la ciudadanía alejandrina y la eliminación de la laografía. Al mismo tiempo, Claudio reiteraba: encarecía a los alejandrinos que se comportaran benigna y humanitariamente con los judíos que desde hacía tanto tiempo vivían en la ciudad, que no les impidieran ninguna de sus prácticas tradicionales con las que honraban a su divinidad y que les permitieran vivir según sus costumbres como lo habían realizado en tiempos del “divino” Augusto pero, por otra parte, ordenaba a los judíos: que no intentaran obtener más de lo que en ese momento poseían, que no intentaran inmiscuirse en los concursos organizados por los gimnasiarcas y que se limitaran a disfrutar de lo que les pertenecía, aprovechando la abundancia de sus bienes.” De las expresiones de Claudio se deducen también claramente otras conclusiones interesantes: la comunidad judía de Alejandría era una comunidad arraigada, importante y próspera: “que los judíos...no intenten obtener más de lo que actualmente poseen...que se limiten a disfrutar de lo que les pertenece aprovechando la abundancia de sus bienes”. Evidentemente, para Claudio la comunidad judía no estaba constituida por un conjunto de náufragos o de restos diseminados de un naufragio, como lo había afirmado Apión en la disputa; ni tampoco por una comunidad de buhoneros y mendicantes merodeando en Alejandría o en el puerto de Ostia y en la margen derecha del Tiber, según la versión de algunos estudiosos judíos. ¿Cuál es la interpretación y la caracterización del conflicto de Alejandría? El Conflicto de Alejandría del 38 d.C., en el que participaron y al que trataron personajes destacados de la época, del nivel de Filón de Alejandría (Contra Flacco y Legación a Cayo Calígula) y Flavio Josefo (Contra Apión), fue de importancia no sólo por su magnitud; fue un antecedente de otros conflictos que acontecieron en la cuenca del Mediterráneo y en Cercano Oriente: el de la Gran Rebelión del 66-73 d.C. y posteriores. Fue también paradigmático en cuanto puede ser considerado el primer estallido popular antisemita, el primer pogrom de la historia. Antes y después del Conflicto de Alejandría, hubo otros movimientos y situaciones antijudías. Decimos antijudías, para referirnos a choques o diferencias en las que los judíos estuvieron involucrados, enfrentados como pueblo o etnia con otros pueblos y/o con sus gobernantes, cada uno con sus “banderas”, donde las diferencias étnicas, religiosas, políticas, y/o económicas eran específicas de cada situación. El antisemitismo, en cambio (independientemente de la connotación semántica equivocada del término), incorporó estas diferencias en los enfrentamientos de una manera coyuntural, inventando, exagerando, desvirtuando, tergiversando situaciones en las que los judíos aparecen como responsables de los males e injusticias de la sociedad. Situaciones antijudías serían las actitudes y acciones que desencadenaron los seléucidas en la Rebelión Macabea. Se ha pretendido que las medidas de prohibición de observancia de la religión judía por Antioco IV Epifanes corresponderían a manifestaciones de antisemitismo. La realidad era otra: a los propósitos de saqueo del Templo, a la corrupción sacerdotal y al intento de sometimiento religioso, el pueblo respondió con valentía en defensa de sus creencias y en lucha por obtener su independencia. Cuando Antioco Epifanes proyectó, con la colaboración del sumo sacerdote helenizado Jasón, convertir a Jerusalén en una “polis” que llamaría Antioquia, su política fue antijudía y no antisemita. La actitud seléucida sería tan antijudía como fue anticartaginesa la de Catón, con su frase: Cartago delenda est. La Gran Rebelión del 66-73 d.C. fue similar. Había enfrentamientos entre judíos y griegos, que devinieron enfrentamientos entre judíos y romanos, con dramáticas consecuencias para los judíos, que resultaron vencidos. La Rebelión del 66-73 d.C. fue fundamentalmente el enfrentamiento de un pueblo que quería liberarse de un opresor; una rebelión étnico-religiosa, donde los sectores populares arrastraron a las clases altas. En ese sentido, se pareció mucho más a la Rebelión Macabea (antes contra los seléucidas, ahora contra los romanos). Con características semejantes, aunque de menor envergadura, fue la insurrección de Bar Kohba, al final de la cual, emblemáticamente, Adriano, imitando a Antioco quiso reconstruir Jerusalén con un nombre distinto. . En el Conflicto de Alejandría aparecen además, del lado de los sectores del poder, elementos que se mueven, con fines políticos, por intereses personales, mezquinos, fabuladores y agitadores que aprovechan situaciones de descontento y malestar popular. Con una distancia en el espacio, de varios miles de kilómetros y en el tiempo, de casi dos mil años, no estamos lejos de los pogroms de la Rusia zarista, ni de la “noche de los cristales rotos” de la Alemania nazi, con los factores de poder (cosacos y tropas de asalto) movilizando las multitudes 5.EL ANTISEMITISMO LATENTE Nos hemos referido al nacimiento del antisemitismo en los últimos siglos anteriores a la Era Cristiana, a las bases “ideológicas” y a las raíces económicas en correspondencia con la decadencia del helenismo y el despliegue del poder imperial romano en el ámbito mediterráneo. El antisemitismo, cuyas semillas quedaron sembradas, entró en una etapa de oscilaciones, de latencia que se va a prolongar a lo largo de la Edad Antigua Tardía (siglos III, IV y V) y de la Alta Edad Media, hasta los comienzos del Segundo Milenio. ¿Cómo se dio esa situación? El expansionismo romano había abierto su camino con la conquista territorial y había heredado del helenismo, el desarrollo mercantil. En el siglo II d.C. con Trajano, y a comienzos del siglo III con Septimio Severo, el Imperio se extendía en el Norte desde el mar del Norte, el Rhin, y el Danubio, hasta el Éufrates y en el Sur hasta el desierto africano y el Golfo Pérsico. El imperio había alcanzado el máximo de sus posibilidades geográficas y económicas. Las guerras de expansión y de sometimiento resultaban logísticamente demasiado onerosas y políticamente demasiado desgastantes. El sofocamiento de las revueltas y el saqueo de los pueblos sometidos devinieron los objetivos prioritarios. En ese contexto se registraron una serie modificaciones (tanto en el plano interior como en el exterior), que van a incidir en la relación de los judíos con el resto de la sociedad romana A partir de los primeros siglos del Principado, la agricultura en el ámbito de la península itálica, entró en una franca declinación. Entre los pocos avances tecnológicos y el poco rendimiento de la explotación esclavista (menos renovable a medida que las guerras de conquista eran más limitadas),la agricultura terminó por ser definitivamente improductiva. Las industrias minerales extractivas, en la mayor parte provenientes de yacimientos extrapeninsulares, constituyeron por algún tiempo la base principal de ingresos genuinos imperiales. En el plano de la industria manufacturera, el desarrollo de los talleres provinciales implicó el comienzo una producción regional cada vez más competitiva por lo que las posibilidades de comercialización romana hacia la periferia se hicieron aún más restringidas. Las guerras, las matanzas políticas, la reducción demográfica dado el poco interés en la procreación, terminaron de completar el cuadro de declinación. Ante esa coyuntura de crisis y de deterioro, para asegurar el propio abastecimiento, la satisfacción del lujo y las apetencias de las clases dominantes, el Imperio tuvo que recurrir a las exacciones tributarias (a veces en especies) de los países conquistados, con el recurso complementario de las importaciones para cubrir las necesidades no satisfechas. De esa manera, el comercio dejó de ser la actividad expansiva y creadora de la época helenística, y adoptó un rol pasivo de satisfacción de los requerimientos, exigencias y necesidades de la sociedad romana. En cuanto flujo de mercaderías, devino prácticamente unidireccional, por lo que dada su procedencia, por el hecho de tratarse de productos relativamente exóticos, los extranjeros, más conocedores y mejor relacionados con los lugares de origen, tuvieron cada vez mayor participación. La afluencia de mercaderías vino a la par con la afluencia de individuos de todas partes del mundo. Roma se convirtió en un conglomerado cosmopolita helenizado. Las comunidades extranjeras provenían del Mundo Helenístico: Grecia, Islas del Egeo, Cirenaica, Egipto, Siria, Palestina y Asia Menor; las más importantes eran las de los griegos, sirios, egipcios y las de los judíos. En ese panorama, las clases dirigentes romanas, funcionales a la tradicional economía agraria, cimentadas con un espíritu aristocrático, dejaron aflorar un profundo desprecio por el comercio y por los extranjeros. Son múltiples las manifestaciones en ese sentido. Juvenal llamaba Orontes, cloaca del Tiber, a la margen derecha del Tiber, plagada de orientales (el Orontes era el río principal de Siria). En esa coyuntura de animadversión y de desprecio hacia los extranjeros, se va a desarrollar la actividad de los judíos en Italia y en Roma, en particular. ¿Cuáles eran las características y la importancia de la comunidad judía en Roma, en los últimos siglos anteriores a la Era Cristiana y en los primeros siglos posteriores? Con respecto a su composición y nivel económico, la mayoría de los escritores tradicionalistas (Juster, entre otros) ubican a los judíos socialmente en los más bajos niveles, mayormente en sectores marginales o casi marginales. Una conformación heterogénea prácticamente de mendicantes, buhoneros, artistas, actores, magos, trabajadores del puerto, y artesanos. La actividad comercial, si existía sería muy limitada. El hecho de que fueran reiteradamente blanco de las sátiras y burlas de los autores latinos, sería una prueba de ello. Las expresiones no solamente burlonas, sino también críticas y despectivas aparecen efectivamente en parte de la literatura latina de la época. Se pasó de las expresiones criticas de Plinio el Viejo y Erociamus, a las despectivas de Martial y Plutarco, y a las burlonas de Horacio, Agatárquides de Cnido, Petronio y Juvenal. Si nos limitáramos a esas enumeraciones y de expresiones anteriores, el cuadro sería aparentemente completo pero, sobre todo, engañoso. Estaría lejos de proporcionarnos elementos que nos permitieran entender las actitudes de la clase gobernante en los tres primeros siglos del Imperio y las de la sociedad romana en ese período y aún el porqué de las actitudes burlonas y despectivas. Más aun, el hecho de que fueran blanco de las sátiras de los autores, podría hacer suponer que ni siquiera alcanzaban a niveles como el de comerciantes Sobre la existencia de comerciante medianos o mayores, sobre la de sectores ricos e influyentes, se tiene, efectivamente poca información directa. En primer lugar, es de suponer que, dada su cercanía con el puerto, principal vía de entrada de productos y mercaderías en Roma, es muy probable la participación de los judíos en el comercio, ya sea al por mayor (magnarii) o como minoristas. Algunos historiadores atribuyen a los judíos un nivel económico superior y una actividad comercial de escala; es el caso de W. Durant, para quien “es posible que hubiera algunos hombres ricos pero sólo unos pocos grandes mercaderes”; por su parte, en opinión de Rostovtzeff, en la época del Imperio “los semitas (judíos, sirios y arameos), en la clase de los comerciantes, eran los miembros más prominentes”. ¿De qué elementos disponemos para evaluar si en Italia, y en Roma en particular, la comunidad judía era importante o por lo menos que un sector de ella tuviera características que le confirieran cierto relieve e influencia? Existen testimonios arqueológicos sobre la existencia de numerosas catacumbas y sinagogas (once sinagogas) de las que siete estaban ubicadas en la margen derecha (pobre) del Tiber (en el Trastévere), mientras que las otras cuatro, en la margen izquierda, estaba distribuidas entre las colinas, la parte de la ciudad donde se desarrollaba la gran actividad civil y social. Esto hace suponer que a la par de una mayoría de sectores de menores recursos, existía una minoría “más selecta”. El análisis de otros documentos y testimonios nos permitirá acercarnos de otra manera a esa realidad. . Vamos a completar la enumeración con otras manifestaciones (a veces provienen de los mismos autores), que expresan preocupación por la influencia que los judíos habían adquirido, por la penetración de sus costumbres, manifestaciones que, en algunas ocasiones, van unidas a posturas xenofóbicas. En Marco Tulio Cicerón, son numerosas las expresiones denigratorias y sarcásticas contra grupos étnicos específicos: los galos, los sardos y los judíos. En relación con los judíos, hace referencia, en unos de sus discursos a “la muchedumbre que forman, a su espíritu de cuerpo, y a su influencia”. El caso de Marcelino Amianus (siglo IV d.C.) no es muy diferente: pone en boca de Marco Aurelio, por ejemplo, que los judíos eran “malolientes y rebeldes”. A destacar que su actitud, hacia otros pueblos como los persas y los egipcios, no era muy distinta. Séneca (fin de siglo I a.C. siglo I d.C.) es característico por su animosidad hacia los judíos y por su preocupación por el impacto que su religión producía en la sociedad romana; de sus acusaciones de indolencia y holganza por sus prácticas sabáticas, pasa a su inquietud por su influencia en la “inserción de sus costumbres en la sociedad romana”. Suetonio (69-140 d.C.), análogamente, formula reproches al culto y a las leyes particulares judías y expresa su oposición a la difusión alcanzada en Roma por los cultos extranjeros. Tácito (66-120 d.C.), condena su monoteísmo, su solidaridad obstinada y se refiere a su influencia en los círculos de la sociedad romana. A los anteriores podríamos agregar a Juvenal, que alterna sus sátiras con el enojo por su influencia. Con los autores enumerados hemos pasado de la tolerancia o simpatía, de las posiciones hostiles y discriminatorias de épocas anteriores, a las expresiones críticas despreciativas y burlonas relacionadas con sus particularidades de ritos y costumbres, yuxtapuestas con las de enojo y preocupación por la importancia e influencia alcanzadas. Podemos decir que, las actitudes críticas, despreciativas y burlonas corresponden, efectivamente, por un lado, a la existencia de la comunidad marginal a la que hemos hecho referencia. Esas posiciones encuadran con la xenofobia de un sector de la sociedad romana, el de los “optimates”, elitistas orgullosos (ligados a la agricultura y a la “tierra”), con los que Cicerón, estaba alineado, que eran también, las de la aristocracia romana, que despreciaba y el comercio y el extranjero. Una actitud de la que los escritores latinos eran expresión. Esas actitudes, que no podemos calificar de antisemitas (reiteramos, mas bien xenofóbicas) alternaban a veces con otras hasta admirativas y de respeto, eran, podríamos decir, oscilantes, acordes el espíritu y los intereses socio-económicos de la política imperial Pero, evidentemente también correspondía a la existencia de una comunidad importante (por lo menos por su peso), que había llegado a influir en las costumbres y hasta en la religión (el caso de Popea, esposa de Nerón sindicada como “judaizante”). Una importancia que se puso de manifiesto en diferentes circunstancias, como en la procesión al Templo de Júpiter en el Capitolio; en la proclamación de Herodes como rey de Judea; en el proceso que tuvo como protagonista a Cicerón, en defensa de Valerio Flacco o como factores de poder, cuando Julio Cesar la favoreció buscando su apoyo en pro de sus ambiciones personales. Todos estos elementos son lo suficientemente coherentes como para poder ubicar con realismo a la comunidad judía en el escenario de Roma, conformada por un sector importante y relativamente poderoso, al lado de otro, probablemente mayoritario, con bajos recursos, entre los que se contaban elementos marginales. La posición maniquea en cuanto a que los judíos pertenecían exclusivamente o casi, a un bajo nivel social es tan insostenible como la de pretender que la comunidad estaba formada exclusivamente por individuos poderosos e importantes que dominaban el comercio y los negocios romanos. Nos hemos referido anteriormente a los elementos que nos han permitido ubicar con realismo a la comunidad judía en Roma; una comunidad conformada por un sector importante y relativamente poderoso, al lado de otro, probablemente mayoritario, con bajos recursos, entre los que se contaban elementos marginales. Dentro de esta configuración, podemos entender la actitud general de los emperadores romanos hacia los judíos, sus vaivenes y oscilaciones. Los judíos habían dejado de tener el rol motor que en la época de la expansión helenística, habían tenido. Recordemos que en la época de Pompeyo y de Julio Cesar, todavía se pensaba en el Imperio Romano como continuador de la política de expansión del helenismo (y los judíos entraban dentro de esa línea de acción). Pero en la nueva situación, el rol de los judíos dejó de ser fundamental, lo que no implica que no fueran necesarios, en cuanto a su participación como comerciantes mayores, navieros o conectados con el comercio exterior. Ese rol les confería una relativa importancia, respeto y posibilitaba su influencia. La postura de las clases gobernantes y de la sociedad hacia los judíos se modificó de acuerdo a las nuevas circunstancias. La actitud general de los emperadores fue la de aceptar que los judíos conservaran su culto, sus costumbres y sus ritos; fue una actitud de “tolerancia”, con posiciones oscilantes o cambiantes a lo largo de los primeros 300 años del Imperio hasta el advenimiento de Constantino. Dentro de ese marco, Augusto ratificó las leyes de privilegio, pero al mismo tiempo estableció la laografía, un impuesto que no comenzó a ser exigido sino en tiempo de Tiberio. Tiberio es también una expresión de esa política oscilante: deportó a Cerdeña a 4.000 judíos y decretó la expulsión del resto de los judíos de Roma (aunque es poco probable que la haya llevado a cabo). Tuvo actitudes destinadas a detener el avance de la actividad proselitista de los judíos, (hay un episodio, en ese sentido, protagonizado por una noble romana Fulvia, acusada de judaizante) y en otra ocasión dispuso que los judíos no sufrieran molestias en la práctica de su religión y de sus costumbres. Durante Calígula, los judíos fueron confirmados en sus derechos. El Conflicto de Alejandría no parece haber afectado directamente las relaciones entre el emperador y la comunidad judía romana. Los comentarios burlones y la displicencia descalificadora e indiferente del emperador ante la delegación judía de Alejandría, correspondían a la actitud general de la sociedad. Claudio desterró a algunos judíos por causa de tumultos y puso punto final al conflicto de Alejandría, sin hacer lugar a sus reclamos pero confirmando sus derechos anteriores. El reinado de Nerón parece haber sido igualmente tranquilo para los judíos de Roma. A pesar de la Gran Rebelión del 66 y de las brutales persecuciones contra los cristianos, mantuvo las leyes que eximían a los judíos del culto al emperador. El desfile triunfal de Tito, bajo Vespasiano, de los 700 esbeltos prisioneros judíos seleccionados, junto a los líderes de la revuelta, pareciera no haber afectado las buenas relaciones de la comunidad judía con el emperador. En ese sentido, tampoco la imposición del fiscus judaicus debe ser interpretada como una penalidad especial contra los judíos; sería similar a otros impuestos destinados a solventar las finanzas maltrechas fruto de las extravagancias de Nerón. Las actitudes de Domiciano hacia los judíos, se inscriben en las intolerancias (expulsiones, destierros) de los últimos años de su vida. Nerva devolvió a los judíos sus derechos cívicos y anuló las prácticas vejatorias de su antecesor. Durante su administración y las de sus sucesores mantuvo una política liberal hacia los judíos. Durante Trajano, tuvo lugar la rebelión general de los judíos en Mesopotamia, Egipto y Cirenaica. La violencia con la que sus generales llevaron a cabo la represión encuadra dentro de las políticas de represión de la época. Esa situación no se tradujo en una actitud antijudía o discriminatoria en Roma. Adriano (Publio Aelio Adriano) que en el 130 d.C. ordenó la reconstrucción de Jerusalén, con intención de transformarla en una ciudadela romana (Aelia Capitolina), enfrentó con éxito la última Rebelión Judía (la de Bar Kohba en 135d.C) y castigó la circuncisión con penas severísimas. Antonino Pío modificó las disposiciones de su antecesor sobre la circuncisión, manteniendo las penas impuestas por Adriano con respecto a la circuncisión de los no judíos; la autorizó solamente cuando los judíos la practicaran sobre sus propios hijos. Elagábalo o Heliogábalo que formó parte de la dinastía siria protegió el judaísmo y hasta se habría hecho circuncidar. Estaba dispuesto a reconocer a todas las religiones y propuso legalizar el cristianismo.- Alejandro Severo que lo sucedió, consideraba a todas las religiones como diversos modos de rezar a un Ser Supremo y se sentía particularmente atraído por los pensamientos judeo-cristianos. Recomendó al pueblo romano seguir la moral de los judíos y cristianos. En el medio siglo que siguió, tanto los judíos como los cristianos sufrieron persecuciones y matanzas, pero no hay evidencias de que las persecuciones en las últimas décadas del siglo III y las primeras del IV que los cristianos sufrieron hayan involucrado también a los judíos. A partir de Constantino todos los emperadores romanos (con la excepción de Juliano, el Apóstata) fueron cristianos. Se promulgaron leyes restrictivas al proselitismo judío, se prohibió el matrimonio entre judíos y cristianos y la posesión, por parte de los judíos de esclavos cristianos. El fiscus judaicus, que aparentemente se había seguido recaudando durante todo esti En definitiva, en los tres primeros siglos de la Era Cristiana, articulados a partir de Augusto, desde Tiberio hasta Constantino, la política y las actitudes de los romanos para con los judíos fueron a veces favorables, a veces desfavorables. Estaban, eran útiles y se los toleraba. Era una situación de coexistencia entre los prejuicios de la tradición agrícola de las economías naturales y el antisemitismo que había hecho su aparición con la declinación del helenismo y estallado en el 38d.C en el Conflicto de Alejandría . Tengamos presente que en la bisagra de ese Conflicto, con sus características antisemitas, tuvieron lugar, la Gran Rebelión del 66-73 d.C., el Levantamiento del 115-117 d. C. y la Rebelión de Bar-Kohba en 132-135 d.C. que. dejaron su impronta en la sociedad romana, para nada complaciente con los extranjeros. Una situación reforzada por las posturas a veces arrogantes y cerradas de los judíos. La comunidad judía en Roma, importante y heterogénea, se encontró pues frente a la actitud contradictoria de la sociedad romana: admirativa y despreciativa, imitativa y crítica, discriminatoria y burlona. Una sociedad que ponderaba la agricultura y estaba subyugada por el comercio de bienes suntuarios; que admiraba y criticaba los principios rigurosos de los judíos, su tesón y empeño; el descanso sabático y el ocio (como Agatárquides y Suetonio); que elogiaba con reticencias algunas de sus costumbres y ponía en guardia sobre el peligro de su influencia (como Séneca); que consideraba a los judíos como “una nación llevada a la suspicacia y a la calumnia”, y daba un trato análogo a otros extranjeros greco-asiáticos, frigios, micenios, carios y lidios (como Cicerón). Actitudes de la aristocracia romana que -precisamente durante Augusto, en la Edad de Oro de la Poesía Romana- son coincidentes con las de los escritores latinos, que eran su medio de expresión “En Roma, bajo la República y el Imperio no existió ningún conflicto entre literatura y política: el poder y la cultura estaban concentrados en una aristocracia muy sólida” (Perry Anderson). De un antisemitismo nacido al comienzo del período del Imperio, se pasó, durante la situación de inestabilidad social y política del mundo romano, a un estado de latencia, sin manifestaciones exteriores de violencia: que con más o menos las mismas características va a estar presente en Europa, en el transcurso de la Alta Edad Media, hasta fines del Ier. Milenio. El desarrollo del cristianismo, incidirá, en la modificación de algunos aspectos de esa situación Es en el siglo X, con el desarrollo del mercantilismo y el quiebre de las economías naturales, los judíos dejaron de cumplir el rol útil, socialmente necesario, que habían desempeñado en dichas economías. El cambio fue entonces absoluto: los comerciantes judíos fueron reemplazados radicalmente por la burguesía mercantil naciente. La explosión del antisemitismo va a ser total y con ella las violentas manifestaciones antisemitas: las persecuciones y expulsiones. Evaluación Vamos a hacer una breve síntesis de nuestras conclusiones. De acuerdo a Edward H. Flannery (Twenty three centuries of antisemitism), el antisemitismo griego y romano semejan lo suficientemente como para ser considerados como un unidad histórica. La fase romana, puede ser vista en una larga medida como una continuación del antisemitismo griego en circunstancias políticas distintas (el subrayado es nuestro) En ambas fases nos encontramos ante las mismas situaciones básicas: una orgullosa civilización conquistadora frente a una nación desprovista de cultura –de acuerdo a los parámetros del paganismo- políticamente incapaz de mayores logros, oponiendo una “pretendida” superioridad de la Torah a las leyes y normas del conquistador”. Las circunstancias políticas que hemos subrayado son, a nuestro entender, las referidas a cambios políticos y económicos, a comienzos del Principado, de abandono de la estrategia de expansión política y económica del helenismo, que colocaron a las comunidades judías en situaciones de desprotección, en un rol secundario en el contexto de los intereses generales del Imperio. En esas situaciones el antisemitismo “cultural” que había empezado a tomar forma durante el helenismo, dejó su lugar al antisemitismo violento del Conflicto de Alejandría. Ese antisemitismo “cultural” tenía, por otra parte, otros componentes: las actitudes xenofóbicas y la expresión literaria del fenómeno, en la pluma de la ‘intelligentsia’ nativa. . Con respecto a las primeras, las actitudes eran efectivamente xenofóbicas y no antisemitas; eran manifestaciones de sociedades de base fundamentalmente rural, que despreciaban a los extranjeros, siros, arameos, godos o judíos (los “metecos”) y a sus vinculaciones con el comercio. El antijudaísmo literario (fundamentalmente latino), a veces burlón, era la expresión de los sectores intelectuales ligados a esa sociedad (particularmente la alta sociedad), preocupados además por los avances “judaizantes” de una comunidad heterogénea (de comerciantes y de buhoneros). Cabe también preguntarse si el antisemitismo naciente tenía un componente religioso. El hecho es que las religiones extranjeras eran generalmente toleradas en Roma, con tal que sus adherentes se abstuvieran de actos hostiles a la religión oficial, y se inclinaran ante Júpiter. Los judíos estaba exentos de estos requerimientos por lo que el judaísmo puede ser considerado como la única religión lícita (religio licita) del Imperio Esa licitud, el ejercicio de los derechos que la misma implicaba - el descanso sabático, las normativas alimentarias, amen de la dispensa de pleitesía al emperador- implicaban privilegios y situaciones de conflicto. Las autoridades romanas se encontraron en el serio dilema de renunciar a su preciado principio de tolerancia, o garantizar a esa intransigente y orgullosa minoría -un sector importante, útil y necesario- los privilegios otorgados. Lo mismo en cuanto al éxito del proselitismo judío que dejó entre los romanos más improntas que las de las guerras judeo-romanas. Así las políticas de los emperadores estuvieron plagadas de ambivalencias, que hemos llamado oscilantes de tolerancias y de rechazos. La complejidad del fenómeno, lleva al propio E. Flannery a reconocer las “dificultades para no sobreestimar la importancia de estas primeras manifestaciones de antisemitismo, aunque más no sean porque podrían inducir a la idea de que el antisemitismo está ‘eternamente’ ligado al judaísmo”. Un antisemitismo, que, en estado de latencia, diríamos nosotros, va a aparecer cuando se unan la expansión del mercantilismo con la contaminación judeofóbica del Cristianismo. I. FINKELSTEIN, el Éxodo y la Biblia Por Enrique J. Dunayevich Las reflexiones de I. Finkelstein, recientemente publicadas en La NACIÓN, merecen algunos comentarios. I. Finkelstein pertenece a la generación de arqueólogos e historiadores que en la segunda mitad del siglo transcurrido han revolucionado la historia judía. I. Finkelstein, junto con Neil Silberman, en La Biblia Desenterrada, contribuyeron a demistificar, entre otras cosas, las afirmaciones tradicionalistas sobre la grandiosidad del poderoso Imperio del rey David, que su sabio y codiciado hijo Salomón, continuó. Dentro de la misma línea, I. Finkelstein y la arqueología actual han puesto en evidencia, algunas situaciones que pensamos vale la pena destacar. Después de la separación del Reino Unido, el Reino de Israel, que la Biblia minimiza, tuvo un fulgurante desarrolló económico. Un desarrollo que fue beneficiado por la alianza del rey Omri de Israel, con Etbaal, rey de Tiro (la “conexión fenicia”) y que en el siglo IX a.C., llevó a la expansión y probablemente al comienzo de la Diáspora. El Reino de Judá, en cambio, más pobre y menos poblado, recién alcanzó la prosperidad después de la caída del Reino del Norte. A fines del siglo VII a.C., con Judá en la cumbre de su ascenso, el Rey Josías, creyó ver la posibilidad de imponerse a los grandes imperios regionales: Egipto, Asiria y Babilonia. Para ello concibió la necesidad de unificar los dos pueblos (judaítas e israelitas), cimentando esa unión a través de la promoción de una mística espiritual y religiosa, materializada por la reformulación de los textos bíblicos y la Reforma Deuteronómica. Esos planteos de I. Finkelstein y de los arqueólogos e historiadores modernos, trastocaton el pensamiento de los tradicionalistas. Para ellos los libros del Pentateuco respondían a una inspiración divina, mientras que los posteriores, fueron escritos, también bajo los dictados de Dios de acuerdo a archivos sagrados o por la pluma de profetas o de los propios reyes. Para los arqueólogos e historiadores modernos, en cambio, los libros bíblicos comenzaron a ser escritos sobre la base de la tradición oral, probablemente a partir de las últimas décadas del siglo X. Tradicionalistas o no, todos están prácticamente de acuerdo en que durante la primera mitad del I Milenio a.C. los textos bíblicos fueron reescritos (o simplemente escritos), ampliado y modificados. La Biblia, con su “colección de relatos, recuerdos, leyendas, cuentos populares, anécdotas, predicciones y poemas antiguos”; con sus episodios “muchos de los cuales nunca existieron”; con sus “adaptaciones” sucesivas, entre ellas las de los “funcionarios de la corte de Josías”, sería- afirma I. Finkelstein- una “saga histórica”, un “producto de la imaginación humana” ; “una compilación iniciada durante la monarquía de Josías, en el siglo VII a.C para servir en su conjunto, los propósitos y proyectos políticos del rey. Independientemente de su valor como “fundamento espiritual” para los judíos, cristianos y musulmanes, por “su genialidad literaria”, los libros bíblicos son documentos que pueden ayudar a reconstruir la historia del pueblo judío; que pueden permitir cotejar circunstancias y situaciones que colaboren en explicar su devenir (el del pueblo judío) y aún el de la región y época que involucran. La Biblia está plagada de inexactitudes, de contradicciones y de anacronismos, estamos de acuerdo; responde a la etiología misma de los documentos. Pretender utilizar esas circunstancias, para invalidar las situaciones, es un criterio engañoso, que distorsiona la posibilidad de alcanzar los objetivos de mayor claridad. De lo que se trata es de analizar en cada caso el contexto en relación con otros documentos y circunstancias históricas, y de ahí, extraer conclusiones. Hay otro aspecto del pensamiento de I. Finkelstein que queremos señalar. De una manera muy frecuente, se ha dado en la historia, que se sobre dimensionaran episodios o acontecimientos, ya sea por parte de los propios actores, narradores o cronistas y hasta por los mismos historiadores: la “invasión” de los hiksos; la migración hacia el Oeste de las tribus semitas de la Mesopotamia; el éxodo de los hebreos de Egipto. Resulta así que, también muy frecuentemente, que, a partir del encuadre de los acontecimientos en dimensiones más reales, se haya intentado negarlos .Las investigaciones históricas, han probado que a fines del Tercer Milenio o a comienzos del Segundo “no se produjo ningún movimiento masivo poblacional, proveniente de la Mesopotamia con destino a Canaán” (la época en la que, según la Biblia, habría tenido lugar la llegada de los hebreos a Canaán). Las excavaciones arqueológicas, tampoco han dado resultados positivos en cuanto a la existencia de los patriarcas. De ahí se podría deducir que lo de los patriarcas, su deambular por diferentes lugares de Canaán, fue un invento de la estrategia política josiánica, para justificar el nexo que históricamente tenían las Tribus del Norte y las del Sur. Los hebreos, no venían del Este, habrían sido un desprendimiento de los cananeos: es la teoría de Finkelstein-Silberman, en la Biblia Desenterrada. No pretendemos afirmar que los patriarcas,-dejando de lado el tema de los anacronismos- hayan existido en realidad; lo que podemos decir es que su existencia - la de los hebreos en Canaán en las postrimerías del Período Intermedio (2.200-2.000 a.C) o en los comienzos del Bronce Medio (2.000)- es compatible con la llegada de los amorreos en la misma época, provenientes también de la Mesopotamia, tribus de las que los hebreos ( los futuros hebreos), pueden haber formado parte. El tema del éxodo de Egipto se puede analizar con parámetros similares. Los textos bíblicos afirman que fueron 600.000 los hebreos que cruzaron el Mar Rojo (que contando, las familias, con las mujeres e hijos, ascenderían a 2.000.000). Con esas cifras la posibilidad del éxodo no resiste ningún análisis: por la ausencia de rastros en los documentos egipcios de la época, por el riguroso control militar egipcio en las fronteras, por la inexistencia de los más mínimos rastros de desplazamientos (durante 40 años) que los adelantos tecnológicos de la arqueología de hoy deberían haber detectado. Hasta “minúsculos caseríos de 40 a 50 casas” (¿caseríos?) podrían haber sido detectados, dice Finkelstein. Y no hablemos, nuevamente, de los anacronismos: “el éxodo no existió; los judíos no estuvieron en Egipto”. No está entre nuestros propósitos, el extendernos en la polémica. Hay numerosísimos documentos- papiros (de Amarna), epigráficos, relieves- que testimonian la presencia desde el siglo XVIII a.C., de innumerables sectores de origen semita, no hebreo (cananeos, amorreos, sin hablar de los hiksos) como trabajadores, prisioneros, esclavos, comerciantes, sobre, en particular, la margen oriental del Delta del Nilo. Es muy posible que después de la expulsión de los hiksos, perseguidos por los egipcios o en situación de mayor dependencia (eran étnicamente afines), algunos sectores semitas hayan buscado el camino del éxodo. Es también posible que estos sectores hayan estado involucrados en la reforma akhenatónica, cuyos elementos monoteísta habrían incorporado y que a partir de la muerte de Amenophis IV, las persecuciones los hayan motivado aún más. La huída, no habría sido masiva, sino por grupos pequeños (que la arqueología no debería poder detectar) y además bien pudo haberse realizado en momentos diferentes. El camino del éxodo, pudo ser por el sur, más alejado de la región de la costa mediterránea, fuertemente custodiada por los puestos de frontera egipcios. El éxodo de los hebreos de Egipto “no existió”. Los “prófugos”, no eran hebreos. El éxodo era de semitas, con un monoteísmo, probablemente muy elemental, que emprendieron la travesía hacia el país de Canaán. Ese grupo, luego se va a unir a otros grupos, como los habiru (hbr:hebreo~habiru) merodeadores producto de la crisis del Bronce Tardío, rebeldes y excluidos del orden social que acompañaron a David (I,Sam XXII.2), también con los intermitentes nómadas cananeos de I. Finkelstein, y/o con otros sectores provenientes del desierto árabe (los madianitas). Fueron los que, en la “Tierra Prometida”, van a constituir la etnia judeo-israelita. Esa sería la explicación, la justificación histórica de la conmemoración de la Liberación, que Peisah instituye. HABIRU/abiru, respuesta La participante Xochiquetzal Guevara, nos solicita información sobre los Habiru y su relación con los hebreos.Le sugerimos el trabajo: HEBREOS versus HABIRU, del capítulo "Una Etnia en Formación" en nuestro libro, LOS JUDÍOS en la Trama de los Imperios Antiguos, Ediciones Catálogos, Buenos Aires. En el mismo capítulo, hay un apartado que se refiere a los SHOSU, con quienes los habiru han sido frecuentemente relacionados y/o confundidos. Hay otros libros que se refieren a los Habiru, en general, como el de Raphael GIVEON, o el de Giorgio BRUCELATTI, pero no tan específicamente relacionados con los hebreos. El libro lo puedes encontrar en: -amazon.com www.tematika.com.ar ( de Librerías El Ateneo) Enrique J. Dunayevich
Las dos sectas principales correspondían a dos categorías sociales bien definidas: los saduceos pertenecían a las grandes familias aristocráticas sacerdotales, mientras que los fariseos formaban parte de un sector intermedio, a una suerte de clase media. Los saduceos se aferraban a la letra del texto escrito de la Torah y eran enemigos de toda innovación ritual o doctrinal. Los fariseos, tenían en cambio una actitud más amplia, menos conservadora; para ellos no toda la vida individual y colectiva y las situaciones posibles habían sido previstas; dejaban en manos de los rabinos y de los doctores, las interpretaciones y la elaboración de nuevas normas; un enriquecimiento que dio lugar a que se plasmara una nueva tradición oral que acabaría por ser consignada por escrito en la Mishná y en el Talmud. En una medida bastante amplia, las funciones sacerdotales y rabínicas se desenvolvían en las dos instituciones religiosas, el Templo y la sinagoga. Y no porque unos u otros los rechazaran, sino porque cada lugar constituía el ámbito más natural, mas acorde con la liturgia, la plegaria y el estudio. Fue así como, la sinagoga se difundió cada vez más ampliamente en Palestina y en la Diáspora y como el fariseísmo incrementó su influencia.
F. Josefo da la cifra de seis mil para los fariseos; de cuatro mil para los esenios y no indica la de los saduceos, pero declara que eran poco numerosos.