TEXTOS
 

Los Textos de esta página corresponden parcialmente a los enumerados en el TEMARIO

DEL PRÓLOGO
EL CORREDOR Cananeo
LOS HEBREOS en la Historia
EL CAMINO de la Diáspora
LAS CRUZADAS y las primeras masacres




LOS JUDÍOS EN EL II Y I MILENIO a.C






DEL PRÓLOGO

del Profesor José Emilio Burucúa en
Los Judíos en la Trama de los Imperios Antiguos


Digámoslo de entrada. Creo que el libro de Enrique J. Dunayevich merece ser leído por un público de personas curiosas y atraídas por las cuestiones históricas. Pero no sólo eso, también el historiador profesional (haría una sola salvedad y es la de los especialistas en temas del Cercano Oriente Antiguo, a quienes podría bastarles una lectura de las hipótesis centrales del texto), insisto entonces, el historiador profesional, dedicado a otros períodos y a otras cuestiones que los tratados en este relato lúcido y crítico de la historia de los judíos en la Antigüedad, puede servirse de estas páginas para recordar con intensidad e interés asuntos arrumbados en su memoria, para preguntarse acerca de la situación de los judíos y del judaísmo en la época que a él más le interesa y, al mismo tiempo descubrir un ejemplo de lo mejor que el interés por la historia produce en el espíritu de un lego inteligente, un lego que, por otra parte, deja de serlo cuando acomete el esfuerzo de investigar como Dunayevich lo ha hecho.

Nuestro colega autodidacta vuelve a tejer el relato de las vicisitudes de hebreos y judíos entre el comienzo de los tiempos bíblicos y la disgregación del imperio romano occidental. Lo hace con elegancia, amenidad y precisión, merced a una familiaridad envidiable con las fuentes y los clásicos de la historiografía específica. Es además interesante, por cierto, la contundencia y pasión que Dunayevich pone en juego a la hora de pronunciarse en favor de la hipótesis de Abraham León sobre el carácter de pueblo-clase del pueblo judío, antes y después de sus diásporas. Haber recuperado el valor científico y emocional de la teoría de León, así como ampliar, mediante argumentos y nuevos clusters de hechos, su base de sustentación racional, empírica y argumental, son acciones cognitivas que han de computarse entre las virtudes de este libro. El infortunado Abraham León se merecía este homenaje y la vuelta a la vida histórica de sus ideas, de su valentía intelectual y de la originalidad de su abordaje del materialismo histórico.

De modo que el libro de Enrique J. Dunayevich cumple un propósito ético que vuela alto y que se completa con la reivindicación de la centralidad del comercio en la economía y en la experiencia vital de hebreos y judíos desde la época de su instalación en Canaán. Pues, si bien es probable que haya habido siempre algo pecaminoso en lo que Gerard Winstanley llamaba el buy and sell a la hora de señalar los escalones que habían conducido a la humanidad hacia la perdición histórica, también es verdad que el comercio con su prójimo, en una actitud fundada, claro está, sobre el deseo de comprar, vender y ganar, pero que entraña al mismo tiempo obligaciones (el conocimiento refinado del otro, de sus gustos, sus apetencias, sus costumbres, ilusiones y sueños, el aprendizaje de lenguas ajenas y la adquisición, por esa misma vía, de mundos culturales diferentes), vale decir, necesidades que transforman al comerciante en un eslabón, un puente y un intermediario vivaz entre civilizaciones. Y para enfrentar las hipertrofias o las miserias que el comercio engendra, Dunayevich nos recuerda que allí está disponible el mensaje de los profetas de Israel, prefiguradores en tantos aspectos del Winstanley que citamos.

Buenos Aires, 9 de diciembre de 2004.
José Emilio Burucúa

NOTA:
José Emilio Burucúa ex Vicedecano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Profesor de Historia Moderna de la misma; Profesor en la Escuela Humanidades de la Universidad Nacional de Gral San Martín y director de Sociología de la Cultura y Analisis Cultural del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de dicha Universidad.





EL CORREDOR Cananeo

Ubicación geográfica-histórica

La Media Luna o Creciente Fértil es la región del Cercano Oriente que se extiende desde la cuenca mesopotámica de los ríos Tigris y Éufrates pasando por las estribaciones del sur de Anatolia en Asia Menor, hasta la franja costera sobre el Mediterráneo Oriental. En la actualidad, una región que corresponde parcialmente a Irak, Siria, Líbano, Jordania, Palestina e Israel. El Cuerno Occidental de la Media Luna Fértil fue llamado antiguamente País de Canaán y posteriormente Palestina y Fenicia.

Canaán era una región fundamentalmente montañosa. Su parte norte tenía por eje las montañas del Líbano, cubiertas de bosques de cedros y cipreses, cuyas estribaciones se extendíam hasta el Mediterráneo formando puertos naturales, base del desarrollo marítimo de los fenicios. Al sur de las montañas del Líbano se encontraba, al Norte, la región de Galilea, más fértil que la extremidad Sur, la región de Judea. Los dos cuernos de la Media Luna encerraban una zona particularmente árida: al Norte, el desierto de Siria y, al Sur, el desierto de Nefud, en el norte de la península arábiga.

Desde el fin del IV Milenio a.C., la Mesopotamia fue el asiento de grandes civilizaciones de la Antigüedad: las de los sumerios, acadios, babilonios, asirios y caldeos o neobabilonios. Los hebreos iniciaron la ocupación parcial del país de los cananeos en un impreciso período que va del siglo XIV/XIII al XI a.C. La Ocupación y el Asentamiento no incluyeron la región costera del Norte. Las ciudades cananeas de esa región -Biblos, Sidón y Tiro- sólidas y prósperas por su actividad marítima, no fueron conquistadas, sino que siguieron habitadas por los cananeos que históricamente tomaron el nombre de fenicios; los hebreos-israelitas no sólo no los enfrentaron, sino que posteriormente concertaron alianzas con ellos.

En la parte central de la Media Luna, en distintos tramos de la historia, se asentaron otras poblaciones que jugaron, en un momento, un rol importante: los hurritas–mitanios, los hititas y luego los sirio-arameos.

El Cuerno Occidental de la Media Luna apuntaba hacia el Sur, a la otra gran civilización que floreció en la era precristiana: Egipto.

La ubicación geográfica del Cuerno Occidental de la Media Luna fue fundamental para sellar el destino de los judeo-israelitas. La disposición de la Media Luna entre los valles del Nilo y de la Mesopotamia, abrazando una zona desértica, determinó que su Cuerno Occidental, la estrecha banda (de alrededor de 130 km. constituida por las tierras de Canaán, deviniera el camino de rodeo obligado entre las dos grandes civilizaciones de la Antigüedad: camino de tránsito, punto de contacto y lugar de enfrentamientos.

El rol del intercambio en las Economías Naturales

Los Pueblos de la Antigüedad desarrollaron su actividad económica dentro del marco de lo que se ha llamado las economías naturales, es decir, la producción de bienes de uso donde se consumía lo que se producía y se producía lo que se consumía. Por supuesto que ese equilibrio no era perfecto y era natural que resultaran excedentes y se generaran necesidades insatisfechas. Los excedentes salían del circuito interno de la economía, se vendían afuera, “se exportaban”. Los productos faltantes, que se necesitaban o apetecían, se compraban afuera, “se importaban”. Dadas las limitaciones y la falta de volumen de la actividad, el mercado no existía. En los comienzos, el trueque era la forma más general de intercambio. A medida que ese intercambio se generalizó, apareció el comercio. El rol de intermediación estuvo reservado a los mercaderes o comerciantes.

Karl Polanyi, en su magnífico trabajo sobre el comercio en la Antigüedad, analiza las distintas formas del intercambio: el comercio de presentes o regalos, el comercio administrado y el mercantil. Nos referiremos por el momento al comercio administrado, que aparece con el advenimiento de la revolución urbana y de las ciudades-estado. Durante ese período, el intercambio adquirió un desarrollo en el que el palacio o el templo ejercían un rol hegemónico y administrador. Los precios eran fijados a veces por los gobernantes o los sacerdotes del Templo, o eran acordados por convenios previos. En algunas oportunidades, las autoridades debían intervenir cuando se estimaba que una operación no era conforme a las reglas. Las formas de intercambio no se sucedieron obligatoriamente, sino que en algunos casos coexistieron. Con el desarrollo del intercambio y la declinación de las ciudades-estado a partir del Primer Milenio a.C., se inició un gran incremento del comercio mercantil –es decir, del mercader o comerciante privado- que, poco a poco, aun coexistiendo con el comercio administrado, se fue afirmando.

Por la propia naturaleza de los grupos sociales-regionales, distintos y cerrados, era natural que el rol de comerciantes fuera desempeñado fundamentalmente por extranjeros. Ajenos al proceso de producción-consumo, eran elementos extraños a la sociedad; ocupaban un rol intermedio fuera del circuito productivo. Sin estar completamente fuera de la economía, estaban dentro de una sociedad en la que, al mismo tiempo, no podían entrar; su actividad, podríamos decir, era equivalente a la de los viajantes de comercio en la sociedad actual. Su no pertenencia al sistema social con el que se relacionaban era tal que las caravanas que formaban se detenían en los límites de las ciudades (no existían las plazas-mercado) y el intercambio se efectuaba en sus puertas. En virtud de estas características, sus actividades eran limitadas e intermitentes, y operaban en una economía donde no existía el mercado físico (la plaza) ni el mercado virtual (formador de precios). Es decir, no existía la ley de la oferta y la demanda, como formadoras de precios, aunque sí, la oferta y la demanda en cuanto a la generación de necesidades y de oportunidades. Sin autoridad administradora, ni convenios que fijaran precios, estos se definían de acuerdo a las oportunidades, a las necesidades y en definitiva a la arbitrariedad de las situaciones. El comerciante, siendo fundamentalmente un extranjero, lo era doblemente en su condición de tal y en tanto ajeno al circuito productivo. Su actividad era considerada arbitraria y especulativa; estaba en la mira de todos y no es de sorprenderse que fuera mal visto y despreciado.

Esta situación está largamente registrada en abundantes documentos que nos legaron las civilizaciones occidentales. En Grecia, con una economía fundamentalmente rural, se despreciaba el comercio y la industria: actividades que estaban reservadas a los metecos, es decir, a los extranjeros. En la época de prosperidad, en la gran democracia ateniense, trabajaban 400.000 esclavos para 20.000 ciudadanos, mientras 30.000 metecos se dedicaban al comercio. El desprecio por el comercio era tal que, tanto Platón como Aristóteles, se oponían a que los comerciantes fueran aceptados en la ciudad. En Delos, gran centro comercial, las inscripciones revelan que la mayor parte de los comerciantes eran extranjeros. Asimismo, en Roma, por el carácter especialmente rural de su economía, las clases dirigentes despreciaban profundamente toda clase de comercio y todas las actividades que no estuvieran directamente relacionadas con la actividad rural.

¿Cual era la actividad fundamental del país de Canaán?

Cuando los hebreo-israelitas se instalaron en Canaán, ocuparon la región fundamentalmente montañosa de poca fertilidad, con escasos valles fértiles mientras los llanos más fértiles, lugar de paso de las caravanas estaban habitados por los cananeos. El hecho es que, dejando de lado Galilea y algunos valles y la región de bosques del norte explotada por los fenicios, la fertilidad del país era, en general, limitada. Los escritores e historiadores tradicionalistas se han esmerado en destacar las imágenes de la Biblia en cuanto a la riqueza del país y a la abundancia de su producción: “tierra deliciosa, heredad más preciosa entre las naciones” (Deu. III. 19) o “ País de la leche y de la miel” o “País de las Siete variedades”: cebada, trigo, uvas, higos, granadas, aceitunas, miel (Deu. VIII. 8). Sin embargo, la realidad era bien distinta: su producción pudo llegar a ser considerada como la de un país rico y fértil, frente a la aridez de los desiertos que lo limitaban al Este ( el de Siria) y al Sud (el Neguev), pero de ninguna manera tuvo la abundancia de los grandes vecinos del Valle del Nilo y de la Mesopotamia.

La situación contraria parece haber sido mucho más corriente. Existen documentos extrabíblicos, como el papiro de Leningrado, donde se menciona a nobles de lugares como Megiddo, Taanah y Ashkalón, que se presentaban ante el faraón solicitándole raciones de trigo y de cerveza; o como el Papiro Anastasi VI, que registra la existencia de tribus beduinas (shosu) a las que se les proporcionó sustento para ellos y para sus ganados. Las situaciones concretas de hambre fueron realidades de las que la propia Biblia no pudo sustraerse al relatar episodios como los de Abraham cuando, a poco de llegar a Canaán, “bajó a Egipto para morar allí, pues era grande el hambre en el país” y, más adelante, en tiempos de Jacob, cuando éste, “viendo que había carestía en Canaán y grano en Egipto mandó allí a sus hijos para comprar granos”.

Canaán tuvo una producción agrícola no lo suficientemente abundante y variada, con épocas de grandes carencias, que no podía asegurar por sí sola riqueza y prosperidad y era incapaz de proporcionar a sus habitantes una existencia cómoda.

Esas condiciones, con suelos no aptos para garantizar a sus habitantes una subsistencia soportable, eran propicias para favorecer inclinaciones guerreras (como los asirios, los macedonios, o los propios judíos en la época de la Conquista, en el período de los macabeos y de los asmoneos), para dar lugar a situaciones de pillaje (como los acadios en la Antigüedad, los suizos en la Edad Media) o para auspiciar el desarrollo de actividades comerciales,




LOS HEBREOS en la Historia

La estadía en Egipto

No hay ningún documento histórico extra-bíblico que se refiera específicamente a la estadía de los hebreos en Egipto. Historiadores tradicionalistas como A. Malamat confirman igualmente el “completo silencio que guardan las fuentes extrabíblicas sobre el traslado a Egipto de los hebreos, su residencia en el país de Gozen, la esclavitud que sufrieron y el éxodo ulterior a Canaán”.

Algunos historiadores no tradicionalistas están de acuerdo en negar la estadía de los hebreos en Egipto. Dada la importancia que la tradición y la religión le atribuyen a ese tramo de la Historia de Pueblo Judío, la estadía en Egipto (el Cautiverio), la huída ( la Liberación) y el deambular en el desierto (el Éxodo), que son hechos reiteradamente mencionados en la Biblia y evocados anualmente ( en la festividad de Pesah) como expresión del compromiso permanente del Pueblo Judío de su amor por la libertad, nos pareció de significativo interés analizarlos más detenidamente.

Por su parte, el Éxodo habría correspondido a un movimiento masivo, en el que el Pueblo Hebreo habría retomado el camino del regreso a la Tierra de sus Antepasados –la Tierra Prometida– reafirmando con la Conquista sus derechos permanentes e inalienables a la misma.

En el transcurso de la huída, bajo la conducción de Moisés, su profeta y líder, Yahveh habría dictado los principios fundadores de la Religión, que orientó y configuró la vida y la historia judía a través de los siglos.

Un hecho histórico y geográficamente innegable es la estrecha relación que existió, desde tiempos muy antiguos, entre Canaán y la región del Bajo Egipto, entre el Nilo y el Mar Rojo. Muy particularmente, la atracción que ejerció para los cananeos el sector oriental del Delta, la desembocadura del Nilo en el Mediterráneo por medio de siete brazos que conformaba una amplia zona de tierras fértiles.
Mientras Canaán era un país de clima mediterráneo que dependía rigurosamente del régimen de lluvias estacionales (cuando las había). Egipto, en cambio, era tributario de las crecidas del Nilo, alimentadas por las lluvias de fuentes muy lejanas (el África Central y las montañas etíopes), que raramente podía llegar a encontrarse en situaciones de sequía alarmantes. Además, Egipto contó en general con un régimen político poderoso y estable, donde un sistema redistributivo podía paliar las situaciones de hambre de los años difíciles.

Por su parte, desde los tiempos predinásticos, Egipto tuvo siempre sus miras puestas en sus fronteras orientales asiáticas (además de su preocupación por los nubios del Sur). Ello significó la organización de incursiones a Canaán en búsqueda de riquezas y, en épocas posteriores, de expediciones militares en procura de prisioneros-esclavos y el control de la planicie costera lugar de paso de las caravanas. Numerosos documentos no bíblicos registran a partir de fines del Tercer Milenio a.C., en particular, la existencia de elementos semitas: mercaderes, prisioneros, esclavos o simples trabajadores. En los relieves del sepulcro de Knumhotep, nomarca de la dinastía XI del Imperio Medio (siglo XIX a.C. en Beni Hassan), aparece una familia de mercaderes de aspectos semíticos identificados como “amu” (amorreos). En el papiro de Brooklyn, figura una lista de esclavos, con nombres de clara procedencia semita, pertenecientes a una finca de un noble egipcio del siglo XVIII a.C. No es pues de extrañarse que la Biblia esté plagada de situaciones “de hambre en Canaán” que llevaron a la “búsqueda de grano en Egipto”. Pero la existencia de semitas en Egipto (cananeos o amorreos) no significa que se tratara de hebreos.

Hacia 1700 a.C. la región del Delta del Nilo va a ser escenario de la llegada de los hiksos. Según los arqueólogos modernos, la pretendida diversidad étnica de los hiksos no fue tal: se habría tratado casi fundamentalmente de elementos semitas (cananeos o amorreos occidentales), con sectores hititas y hurritas en proporción menor. La mayoría de los reyes hiksos llevaban nombres semitas; al igual que algunos señores dominantes, llamados Anat-har, Jiyan y Jamud. Resulta igualmente significativo, que la existencia del carro de guerra, característico de los hititas, no haya sido registrada en Egipto ni en grabado ni en documentos del período hikso, sino más de dos siglos después de su expulsión, en la época de Amenofis III.

En relación con los semitas, su presencia en Egipto está registrada aun después de la expulsión de los hiksos en numerosas inscripciones en muros o tumbas, y también en registros en papiros. Si la estadía de los semitas en Egipto no deja pues lugar a duda, el hecho es que no existe ninguna documentación que mencione, aunque sea de manera indirecta, que los hebreos estuvieran presentes en Egipto durante o después la expulsión de los hiksos. Es también significativo que . las Cartas de El Amarna (posteriores a la expulsión de los hiksos del siglo XIV ignoran de manera absoluta no los la existencia de los hebreos en Egipto, sino también en Canaán.

A pesar de ese vacío documental, las afirmaciones de los historiadores tradicionalistas tratan de ubicar el período del Éxodo (evidentemente, su fuente sustancial es la Biblia). El abanico temporal en el que lo sitúan es amplio: aproximadamente desde la expulsión de los hiksos hasta Ramsés II. Esta búsqueda puede corresponder a una situación parcialmente cierta. Nos explicaremos.

La ocupación hiksa, con una dominación efectiva de aproximadamente 150 años, cubría la región que abarcaba el Bajo Egipto. La Biblia ubica a los hebreos en la Planicie de Gozen, en el Delta del Nilo, en las proximidades de Avaris, la capital de los hiksos.

Es posible que, en algún momento, alguno o algunos de los numerosos sectores semitas (ya sea de la Planicie de Gozen o de algún lugar a lo largo del Valle en donde estaban dispersos) pudieron haber logrado la protección de algún faraón de la dinastía hiksa; una protección lograda ya sea por afinidades étnicas, por proximidad geográfica o por una circunstancia aleatoria cualquiera. Esta situación podría ser la base de la aseveración de la Biblia en cuanto a que José fue protegido de algún faraón. Podemos continuar la saga más allá. Que la ocupación de los hiksos fuera relativamente pacífica no significaba que los ocupantes no hayan sido odiados por los egipcios autóctonos. Después de la expulsión de los hiksos, la reacción egipcia fue firme y hasta violenta. Durante el Imperio Nuevo, nuevos cananeos traídos como prisioneros, fueron a engrosar los sectores de semitas preexistentes, reducidos a la esclavitud y sometidos a trabajos forzados Esto concordaría también con la versión, que la Biblia evoca, de la esclavitud en Egipto. Esas circunstancias, habrían inducido a esos sectores semitas a buscar una salida de la penosa situación en la que se encontraban.

De manera que, si como lo hemos afirmado y reiterado, resulta más que improbable que los hebreos hayan llegado como tales a Egipto, con los hiksos (o antes o después) lo que resulta posible es que, un sector de la población semita, por las razones enunciadas o por circunstancias diferentes, pudo haberse encontrado en una situación en donde la huida, el exilio hubiera sido una salida a su dolorosa existencia. Y aun pudo haber habido un líder carismático que les haya señalado el camino. Ese sector semita, que llamaremos pre-hebreos o hebreo-egipcios, sería el que habría emprendido el Éxodo.

Así habría empezado lo que se ha llamado la Estadía y la posterior Huída de los hebreos de Egipto.




EL CAMINO de la Diáspora

Los judíos en el Mundo Antiguo

La existencia de la Diáspora era un hecho reconocido a comienzos de la Era Cristiana. Tanto Estrabón (3 a.C a 25d.C) historiador helenístico de Capadocia, como Flavio Josefo (segunda mitad del siglo I d.C) judío romanizado, igualmente historiador, se refieren a ello. Para el primero: era “difícil encontrar un lugar de la tierra habitable que no haya recibido esta tribu de hombres y no sea poseído por ellos”. Para Flavio Josefo: “no hay una sola ciudad griega o bárbara, ni una sola nación donde no se observe la costumbre del séptimo día...” La Diáspora era pues un hecho antes de la destrucción del Segundo Templo.

El Imperio Romano, en la época de Trajano, en 117 d.C., en su mayor expansión tenía una superficie de 4.532.000 km2 y una población de 50 a 60 millones. En esa época, la población judía, en el ámbito de todo el Imperio, habría alcanzado a una cifra entre 4 millones y 4,5 millones; algunos historiadores dan la cifra de 6 millones. Si agregamos un millón, un millón y medio, correspondientes a los judíos en el Imperio Parto, (que incluía Armenia, parte de Siria, Mesopotamia, Media y Elam), alcanzaríamos a un total de judíos en el Mundo Antiguo de entre 5 a 7,5 millones. En relación con la población total del Imperio Romano, los judíos constituirían entre un 7% y un 10%.

En cuanto a la población judía en Palestina, una cifra de un millón a un millón doscientos mil, corresponde a un valor frecuentemente aceptado, lo que significa que los judíos que residían en Palestina constituían el cuarto del total de la población judía del Imperio Romano.

La distribución de la población judía en el ámbito del Mundo Antiguo no fue, de lejos, uniforme. Aunque se hayan registrado muchos casos de asentamientos en zonas rurales, los judíos se localizaron fundamentalmente en zonas urbanas, en las ciudades más propicias para las actividades comerciales. En Alejandría -el gran puerto de comercio del Mediterráneo- cuya población estaba inicialmente repartida por tercios entre judíos, egipcios y griegos, los judíos llegaron a ocupar casi tres de los cinco barrios en los que la ciudad estaba dividida. Según Filón, constituían, el 40% de la población. Resulta razonable pensar que, con un porcentaje del 7/10% del total del Mundo Antiguo, en algunas ciudades la población judía hubiera representado el 20 o 25% del total.

Los enfoques tradicionalistas

De acuerdo con los enfoques tradicionalistas, el fenómeno de la dispersión se debió fundamentalmente a hechos puntuales o coyunturales. Según estos pensadores, la Diáspora habría comenzado con la caída de Samaria y la desaparición del Reino de Israel, habría seguido con la caída de Jerusalén, la destrucción del Primer Templo y el Exilio en Babilonia y continuado con la Destrucción del Segundo Templo.

Comencemos con la caída de Samaria en 722 a.C. y la destrucción del Reino de Israel. Estos hechos no tendrían en realidad ninguna relación directa con la Diáspora. Estuvieron sí en el origen del mito de las Tribus Perdidas, que aunque relacionadas con la dispersión, no dieron lugar a la existencia de comunidades judías de reconocida importancia. Sin referirnos a algunas comunidades que se pretende que pueden descender de las Diez Tribus pero que no se reconocen como judíos (algunos grupos africanos, los indígenas norteamericanos, los mayas-aztecas, centroamericanos, los mormones o la secta anglo-americana de cristianos ingleses y daneses) existen, es cierto algunos pequeños grupos que se reconocen como judíos y pretenden o se pretende que tienen tal origen: los falashim de Abisinia, los masai yemenitas, los judíos de Afganistán, los shindai de Japón. Numéricamente no son importantes.

En realidad los deportados por Sargón habrían sido apenas unos 40.000, cantidad bastante exigua para la probable población de Israel del siglo VIII a.C., estimada en 250.000 habitantes. Dada la exigüidad de ese contingente y su probablemente no muy definida identidad étnico-religiosa ( la época del comienzo del afianzamiento de la religión y del profetismo corresponde precisamente al último período del Reino de Israel), ese grupo se habría diseminado parcialmente y finalmente habría desaparecido en las zonas de deportación (Gozan y la región de Media), o se habría unido parcialmente a los sectores cuya dispersión había comenzado en la época del florecimiento de Israel, durante los Ómridas y Jeroboam II.

Del sector mayoritario no deportado, una minoría dio origen a los samaritanos (la secta judía disidente) y la mayoría restante se fue incorporando étnicamente al conjunto de la población de Judá, atraída por el magnetismo de su desarrollo en los 150 años que siguieron. La “desaparición”, de la Tribus de Israel, formó pues parte de la dispersión general del pueblo judío iniciada y afianzada en el I Milenio a.C.

En cuanto al Exilio a Babilonia, los deportados estimativamente habrían sido unos 60.000 sobre un total de la población de Judá de 200.000 personas. Lo que por de pronto podemos concluir, en relación con las afirmaciones de Jeremías (quedaron sólo los “pobres para viñadores y labradores”) es que quedó in situ una parte importante de la población. Estas consideraciones son compatibles con la política de deportaciones que los asirios seguían (en Damasco y Samaria por ejemplo) y que aparentemente Nabucodonosor adoptó Se perseguía el desmantelamiento de la clase dirigente (cortesanos, administradores) pero en ningún momento el vaciamiento de la región y el arrasamiento del país, anulando la producción y toda posibilidad de obtención de algún tributo.

Cuando el retorno a Jerusalén, según Esdras, la cantidad total de judíos que lo hicieron fue de aproximadamente 50.000 personas. Habían transcurrido 60 años desde el Exlio (598 a.C.) hasta el Edicto de Ciro (538 a.C.). Un período que se estima corresponde a dos generaciones, que serían todavía más si lo extendemos a los llegados con Nehemías en 440 a.C., o sea un siglo y medio de crecimiento demográfico. De acuerdo a lo anterior y teniendo en cuenta que los judíos eran muy prolíficos y que muy probablemente hubo matrimonios exógamos, la cifra de 240.000 para la población judía en Babilonia en el momento del retorno podría ser todavía conservadora. Es decir que la población que regresó representaba aproximadamente el 25% de la población judía probable en Babilonia (sin contar la población judía preexistente, anterior al exilio). Para Hajim Tadmor: “Sin duda, una gran cantidad de exiliados decidió quedarse en Babilonia, a pesar de las entusiastas exhortaciones del Deutero-Isaías Es muy probable, continúa H.Tadmor, que los exiliados hubieran echado raíces y gozaran de buena posición económica; además eran en su gran mayoría nativos de Babilonia y no los conmovía las promesas de un lejano hogar que nunca habían visto”. Por otra parte, las prédicas de Jeremías a los cautivos de Babilonia, “construid casas e instalaos, etc.” estaban más bien orientadas a reforzar esa tendencia. Si las condiciones de vida del Exilio hubieran sido poco aceptables, no hubiera sido extraño que la mayoría hubiera elegido el camino del retorno.

Hay otro hecho que marca que Babilonia no fue un simple lugar de paso, de ida y de retorno: los judeo-israelitas que decidieron quedarse llegaron a constituir la base de la poderosa comunidad babilónica, una semilla de las tantas semillas de la dispersión; un centro de irradiación cultural y religiosa -que dio origen al Talmud de Babilonia- y que mantuvo su prestigio aun durante la Edad Media.

Podemos afirmar entonces que el hecho del Exilio fue un episodio más, ligado a situaciones económicas, en el fenómeno de la Diáspora, pero no fue determinante y que el proceso de la dispersión de las comunidades judeo-israelitas no deportadas por Sargón y no exiliadas por Nabucodonosor tiene raíces que no están relacionadas con esos hechos puntuales sino con situaciones que analizaremos más adelante.

En cuanto a la destrucción del Segundo Templo, existe la situación significativa que hemos señalado: en el período correspondiente los judíos que vivían fuera del ámbito de Palestina estaban en relación 3:1 con respecto a los que allí moraban. Dado que no se tiene conocimiento de la existencia en ese período específico de movimientos emigratorios que justifiquen esa relación, pensamos, que es de interés analizar ahora la importancia relativa de las deportaciones de prisioneros que tuvieron lugar en esa época, dado que para algunos tradicionalistas tuvieron un peso significativo en formación de la Diáspora.

Durante la rebelión que terminó con la destrucción del Segundo Templo en el del 66-70 d.C., los vencedores tomaron prisioneros y los enviaron a Roma como esclavos (algunos elegidos como trofeos para el desfile triunfal de Tito). Esas deportaciones no fueron las únicas: las hubo en el 62 a.C, durante Pompeyo, más tarde en el 53 a.C. cuando el cuestor C. Casio Largino aplastó una revuelta en Jerusalén e hizo 30.000 esclavos y años después, en el 37 a.C. cuando el general romano Sosio, con el apoyo de Herodes, tomó nuevamente Jerusalén.

Los judíos prisioneros llevados fuera de Palestina que la enumeración anterior nos proporciona no da lugar para sostener que fueran tan numerosos como para explicar, por lo menos parcialmente, la Diáspora. Por apreciable que sea la cifra, de ninguna manera se puede acercar a los 3.000.000 de judíos fuera de Palestina, establecidos en esa época en el ámbito del Imperio Romano, sumados al millón y medio en el Imperio Parto.

Hay algunas consideraciones cuyo análisis pueden acercarnos a otra realidad. Pareciera que por sus características religiosas, prácticas de descanso sabático y costumbres alimenticias, aunque sometidos, las exigencias y la presión que los judíos esclavos ejercían era tal, que al cabo de cierto tiempo eran manumitidos y liberados. No es pensable que por su número hayan generado un movimiento de protesta, una especie de movimiento de liberación “judeo-espartaquista” y que los propietarios esclavistas se hayan visto obligados a liberarlos. De ser así la Historia habría registrado esos hechos. Lo que sí podemos pensar es que es probable que el malestar que provocaron los no tan numerosos esclavos habría podido tener eco entre otros integrantes de las comunidades judías y que estos, por su número y/o importancia, hubieran podido presionar y conseguir la liberación de algunos de sus hermanos de religión. Sería lógico pensar entonces que, los propietarios esclavistas, si procedieron a la manumisión de sus esclavos, lo hicieran mediante el pago de una indemnización. Tendríamos entonces derecho a suponer la existencia, en la Diáspora, de comunidades judías influyentes y poderosas, con medios suficientes para hacerse cargo de la liberación de los esclavos.

A través de estas consideraciones indirectas hemos entrado en uno de los puntos relacionados con una de las situaciones de la Diáspora: una parte importante de las comunidades judías que se dispersaron, lo hicieron en un contexto que les confirió un afianzamiento y una situación económica importante.

La destrucción del Segundo Templo fue indudablemente un hecho trascendente en la historia del Pueblo Judío, pero no fueron, los cautivos llevados a Roma o a otros sitios los que definieron el cuadro de la dispersión.

Otra de las explicaciones de la existencia de la Diáspora estaría ligada con la gran difusión de la religión. Se pretende que la cantidad de conversos en relación con el total de judíos, habría sido importante. Aunque para muchos, la religión judía no era particularmente proselitista o misionera (cerrada y aun más excluyente por la exigencia de la circuncisión), no se puede descartar, sin embargo, la existencia de conversiones entre los gentiles. La preocupación de los cristianos por el “peligro” del proselitismo judío es recurrente; las disposiciones y leyes anti-judías del Bajo Imperio, después de la conversión de Constantino, o en la España visigoda católica, tienen esa explicación.

No vamos a extendernos en supuestas consideraciones sobre la superioridad moral o ética del monoteísmo y de la religión judía. Según M Stern, el recurso al intelecto y a sistemas filosóficos (o éticos) no pueden haber sido argumentos que alcanzaran a grandes sectores.

En relación con el proselitismo, Juvenal y otros autores latinos denunciaban la existencia en Roma de una influencia judaizante, motivo de su preocupación. Por otra parte, resulta poco creíble que la difusión de la religión a partir de pequeños grupos aislados en un mundo tan heterogéneo y extenso se haya producido sin fracturas ni desmembramientos religiosos. Lo que podemos afirmar es que, si hubo conversiones en el exterior, sólo pudieron haber tenido lugar a partir de la existencia previa de comunidades homogéneas sólidamente asentadas (independientemente de algunas heterodoxias parciales). Sólo una comunidad unida, que practicaba la ayuda mutua entre sus integrantes, reforzada por la prosperidad de una parte importante e influyente de sus miembros, con estrechas relaciones económicas con otras comunidades y/o regiones del Imperio, puede haber creado un polo de atracción que lograra la expansión. Una comunidad económicamente de poco peso y aun “neutra”, solamente por sus cualidades morales o éticas, difícilmente podría haber constituido un atractivo importante.

Por su significado, la desaparición del Templo, consagrado por la Reforma Deuteronómica como lugar Único de Culto, fue simbólicamente más importante que su propia Destrucción. El vacío dejado por la misma constituyó para los judíos de las comunidades periféricas un centro de atracción espiritual y de esperanza de un retorno trascendente.

La Dispersión

¿Cómo fue el mecanismo de la Diáspora?

Los diez siglos de la Historia del Pueblo Judío, que van desde el comienzo de la Monarquía hasta la Destrucción del Segundo Templo, fueron un largo período en el cual el desarrollo de la actividad comercial fue el sustrato material sobre el que se apoyó la dispersión. La Cruzada de los Profetas, en el epicentro de ese período, proporcionó la estructuración ideológico-religiosa sin la cual la dispersión, en el flujo de las actividades comerciales, hubiera llevado probablemente a la asimilación y a la desaparición.

Los asentamientos israelitas-judaítas comenzaron a lo largo y ancho del Cercano Oriente. Empezaron a afirmarse, en Persia (Susiana, Ecbatana, Hircania), en Mesopotamia (Pumbedita, Nippur, Susa, Mahosa, Babilonia, Sippar, Nehardea, Nísibe, Nínive, Asur), en Siria (Hala, Haran, Palmira, Alepo), en Asia Menor (Tarso, Aspendos), en Egipto (Dafne, Leontópolis, Alejandría, Elefantina).

Cabe recordar que desde tiempos primitivos, los desplazamientos de Canaán y luego de Israel-Judá hacia Egipto fueron importantes; durante la época de Ezequías, Manasés y sus sucesores, la corriente se mantuvo; durante el Exilio en Babilonia se acentuó (los asentamientos de Dafne y Elefantina); continuó bajo los persas, para culminar durante la Era Helenística, particularmente en Alejandría que concentró una importante comunidad judía.

Tanto durante la dominación persa como durante el Imperio Romano, Judea, junto con Egipto y la Mesopotamia, formaron parte (como satrapías, provincias o gobernaciones) de un solo gran imperio; en ambos casos existieron corrientes de dispersión tanto hacia la Mesopotamia como hacia Egipto. Durante el período helenístico, en cambio, Judea estuvo bajo la dominación Lágida hasta el año 200 a.C. y, a partir de entonces, formó parte del Imperio Seléucida. La pertenencia alternada a uno y a otro dominio no solo no anuló las corrientes de dispersión, sino que se mantuvieron y hasta se acentuaron en ambos sentidos -probablemente por la unicidad ideológica-estructural helenística. Fue innegable la correspondencia entre la expansión de la dispersión y el florecimiento de ciudades como Antioquia en Siria, Seleucia sobre el Tigris, y Alejandría en Egipto. El renacimiento político y la afirmación económica de la expansión asmonea durante la segunda mitad del siglo II a.C. y la primera del siglo I a.C. constituyeron una plataforma que ayudó al afianzamiento de las comunidades judías en la Diáspora. Con la llegada de los romanos, a partir de la segunda mitad del siglo I a.C., la dispersión continuará en el ámbito de la cuenca del Mediterráneo (Italia, África del Norte, Hispania y Galia).

Buscando otros caminos

Si la Diáspora no fue consecuencia de hechos puntuales como las Destrucciones del Templo, si las guerras y tomas de prisioneros no fueran determinantes ni tampoco el proselitismo, ¿cuál fue el mecanismo fundamental de la dispersión?

En la Antigüedad, los imperios y reinos del Cercano Oriente estuvieron regidos por regímenes que hicieron de las invasiones, de los saqueo, de las anexiones y del pago de tributos una herramienta casi permanente de su política exterior. Los reinos de Israel y Judá y, después de la desaparición del primero, sólo Judá, estuvieron sistemáticamente sometidos a esas situaciones.

En nuestro trabajo, “Los Judíos en la Trama de los Imperios Antiguos”, hemos resumido la larga serie de hechos, invasiones, saqueos, exacciones, tributos que Jerusalén y el Templo sufrieron a lo largo nueve siglos, desde Sheshonk, faraón de Egipto 926 a.C. hasta las últimas décadas del I Milenio a.C. bajo la dominación romana. En esa larga lista aparecen, reyes arameos, los propios reyes de Israel, emperadores asirios, de Babilonia, faraones de Egipto, reyes helenísticos lágidas y seléucidas y finalmente, generales o senadores romanos.

El monto, los tributos o exacciones eran de una magnitud no despreciable. Fue el caso de los tributos que en 698 a.C. Ezequías entregó a Senaquerib, enumerados detalladamente en el Cilindro de Senaquerib y confirmados por la crónica bíblica (II. Rey. XVIII, 14, 15 y 16):

Cabría preguntarse sobre el origen de los recursos que hicieron posible el reiterado drenaje de los Tesoros del Templo en el transcurso de esos años.

No vamos a referirnos aquí al significado del Templo desde el punto de vista religioso, pero sí al significado de su existencia como símbolo, como factor aglutinante, dinamizador y movilizador del Pueblo Judío en Judea y en la Diáspora.

Nos repreguntamos: ¿cómo los judíos pudieron hacer frente a las exigencias económicas que les imponían sus vencedores, invasores y ocupantes? ¿Cuáles fueron los recursos económicos con que contaron?

Cuando los pueblos superan el período de recolección, caza y pesca y entran en la etapa de sedentarismo, se dedican fundamentalmente, a las actividades rurales (agricultura y/o ganadería). Salvo los fenicios, que por su ubicación geográfica y las condiciones topográficas y ecológicas, se dedicaron casi exclusivamente al comercio marítimo u otros que emprendieron actividades guerreras, los judeo-israelitas como la mayoría de los pueblos, se dedicaron principalmente a la agricultura.

La mayoría de los estudiosos tradicionalistas han puesto especial empeño en destacarlo. Que se trate de Flavio Josefo o de Menajem Stern, el cuadro que se presenta es siempre el mismo: la agricultura fue siempre la base principal de la economía judía . A “lo largo de la existencia de Israel y de Judá, llovía desde un viernes a la noche hasta el siguiente para que los granos de trigo llegaran al tamaño de un riñón”. Esa situación habría existido antes y después del Retorno, durante las dominaciones persa, helenística y romana. El empeño es reiterado también en relación con las actividades de los judíos de la Diáspora en los primeros siglos de la Era Cristiana.

El clima habría sido siempre favorable para la agricultura, mientras que la actividad comercial en Judea si existió, habría sido siempre subsidiaria.

Ahora bien, con respecto al pretendido clima ubérrimo que habría caracterizado a la región en la época, haciendo la comparación entre las zonas de precipitación anual actual de 250/200 mm -que es la que se estima como pluviometría mínima necesaria para los cultivos de secano- y la distribución poblacionales neolíticas en el Cercano Oriente, se constata su marcada correspondencia. Ello confirma que, en los últimos ocho mil años, el clima de la región se habría mantenido sin mayores modificaciones. En ese contexto ecológico, resulta evidente que con el cultivo de secano, que provee una producción relativamente limitada, en un país densamente poblado, la agricultura no pudo ser la base de prosperidad y fuente de riqueza.

Menahem Stern entre otros, amen de numerosas menciones bíblicas, nos confirma la precariedad del clima cuando escribe: “poseemos informes que hubo años de parcos rendimientos y de sequías”.

Veamos lo que podemos decir en cuanto a otra posible fuente de riqueza. El propio M. Stern nos ayuda a reorientar nuestra búsqueda y a encaminarnos hacia nuevos enfoques, cuando agrega: “No solamente florecía la producción agrícola y la industria correspondiente; también se desarrollaba la artesanía y prosperó el comercio... el país desempeñó un importante papel como estación de tránsito para el comercio internacional. Con la conquista de la llanura costera la participación de Judea en el comercio aumentó y ciertas clases de la sociedad judía hicieron fortuna con él”. A pesar de las guerras, “el comercio nunca dejó de prosperar; a medida que los seléucidas perdían todas sus riquezas, los estados y ciudades que surgieron en su lugar fueron desarrollando vigorosas actividades económicas”. La Carta de Aristeas proporciona un enfoque semejante: “El país es no solo muy apto para la agricultura, sino también para el comercio; las ciudades son ricas en objetos de arte y no les falta ninguna de las mercaderías que se traen de ultramar”.

En cuanto a la producción específicamente agrícola, además del trigo y de la cebada, en cantidades apenas suficientes para las necesidades internas, Israel y Judá desarrollaron el cultivo de la vid y del olivo -más acordes con la ecología de la región- lo que dio lugar a la producción del vino y del aceite. La importante comercialización de estos productos, fue potenciada por la actividad mercantil que le cupo a Israel, en tiempos de la alianza Etbaal-Omri, como eslabón en tierra de la actividad marítima de los fenicios. La actividad continuó bajo el reino heredero de Judá, (como “vasallo” de los asirios), y se mantuvo vigente durante el helenismo e incluso durante el período asmoneo.

En ese contexto económico y político, a pesar de los desgarramientos, de las luchas y de las exigencias de altos tributos impuestos por los implacables vecinos, el comercio fue la fuente principal de riqueza del país y fue gracias a esa circunstancia que los judíos desempeñaron el rol que les cupo en el ámbito de los Imperios de la Antigüedad. En Judea, los “judíos de la tierra”, no fue un pueblo de indigentes, mendicantes, ni buhoneros (como lo pretende Apión, uno de los primeros “brillantes” antisemitas, y aun algunos escritores judíos, refiriéndose al período romano). Tampoco fue un país exclusivamente de comerciantes; pero sí, albergó un pueblo donde el comercio tuvo un rol fundamental, que lo caracterizó a lo largo de una parte importante de su historia.

¿Esa actividad comercial, fuente de las riquezas que alimentaban los Tesoros de Templo, se reducía exclusivamente al ámbito de Judea?

También en la Diáspora los judíos estuvieron relacionados de una manera importante con el comercio. El camino iniciado durante el reino de Israel y continuado por el reino de Judá, “hizo su andar”: el desarrollo comercial fue el elemento motor de la Diáspora: llevó la expansión comercial a Egipto y a la Mesopotamia y más allá, a la cuenca del Mediterráneo y al Cercano Oriente. La masa de judíos que continuó dispersándose en lo que luego fue el Imperio Romano y allende, mantuvo una fuerte relación con la Madre Patria, la Tierra de Judea.

Si la irradiación espiritual y religiosa que Jerusalén y el Templo ejercieron sobre los judíos de Judea y de la Diáspora pueden sorprender por su magnitud, la atracción se tradujo también en una importante y permanente vinculación económica.

Los judíos de la Diáspora estuvieron fuertemente afianzados y dada la proliferación de la población judía y la importancia económica alcanzada, no es de extrañar que contribuyeran con su aporte generoso al mantenimiento del Templo e hicieran frente a las “obligaciones” de los tributos que le imponían los saqueadores. Filón de Alejandría relata: “cada año son enviados delegados sagrados que llevan al Templo en cantidad oro, plata y productos de las primicias. Han de seguir incómodos itinerarios, poco frecuentados e interminables, pero que ellos consideran necesarios porque piensan que conducen a la piedad”. Y en otro texto agrega: “Se ordena... a cada uno desde los veinte años, ofrecer sus aportes anuales. Esta ofrenda se denomina ‘rescate’ (lytra) y la gente se apresura a llevarla, llena de gozo y alegría, pensando que gracias a esa contribución, podría obtener la liberación de su esclavitud, la curación de sus enfermedades, disfrutar de perfecta salud y de libertad segura”.

Para Josefo en Antigüedades, “no hay que extrañarse que haya tanta riqueza en nuestro templo, puesto que todos los judíos, hombres temerosos de Dios, tanto de Asia como de Europa, envían allí su contribución desde tiempos inmemoriales”. En la época de Nehemías existía el gravamen del tercio de siclo impuesto a toda Judea, destinado a cubrir los gastos del Templo. En la época de los asmoneos, en el siglo I a.C., se registra el impuesto de medio siclo que puso en marcha un importante movimiento de fondos, que excitó en más de una ocasión la codicia de los gobernadores romanos locales.

Resumiendo: la existencia de comunidades judías en Judea y en la Diáspora, económicamente poderosas, con fuertes bases y relaciones comerciales en el ámbito del Mundo Antiguo, hicieron posible con sus recursos la tributación al Templo. Templo y religión tuvieron para la comunidad judía de Judea y de la Diáspora un valor congregacional fundamental.

El proceso de la dispersión

A la existencia de una comunidad judía económicamente importante en Palestina y en la Diáspora, debemos agregar otro elemento mencionado al comienzo del texto que no hemos analizado hasta ahora, que nos va a ayudar a comprender el proceso de la Dispersión. Entre el 7 % y el 10% de la población del Imperio Romano eran judíos. Procedentes de un país tan pequeño, es lógico pensar que los judíos tenían una alta tasa de natalidad y que el gran incremento demográfico se habría producido por reproducción natural. La Carta de Aristeas se refiere a “los campos densamente poblados”. Flavio Josefo, con relación a, Samaria y a Judea escribe: “el mejor testimonio de la virtudes y la capacidad productiva de ambos países es que ambos tienen una densa población”. Pero la alta natalidad no explica, de por sí, que la mayoría de la población judía llegara a residir en una relación tan alta (de tres sobre uno) fuera del ámbito de Palestina, en el Imperio Romano y en el Parto. Y no hay razones para suponer que los judíos se hayan reproducido más fuera de Palestina que en la Madre Patria.

Podemos ahora integrar nuestro análisis sobre el proceso de la Dispersión.

Cuando los judeo-israelitas ocuparon Canaán, retomaron la actividad comercial de los cananeos. La irrupción del reino de Israel en el escenario del Cercano Oriente correspondió al nacimiento de nuevas estructuras políticas en la región y a la declinación de los Grandes Imperios (Egipto y Asiria). Esa situación de desarrollo y de expansión comercial tuvo lugar fundamentalmente durante Omri y Ahab, especialmente con Tiro, con las alianzas con Aram-Damasco y continuaron y se afirmaron durante Joás y Jeroboam II.

Egipto en el Valle del Nilo y Babilonia en la cuenca de la Mesopotamia, con una producción agrícola y parcialmente ganadera, fueron capaces de satisfacer las necesidades de consumo de su población (las guerras, los saqueos, los tributos y el comercio eran complementarios a su desarrollo). Por su parte tanto Israel, como luego Judá, fueron países pequeños con una producción limitada de cereales y ganadería, apenas suficientes para alimentar una población demográficamente en desarrollo, donde conjugaron una distintiva producción de aceite y de vino y un gran desarrollo comercial. Estas circunstancias confluyeron con su posición particular en el nudo geográfico y comercial de Cercano Oriente, donde al mismo tiempo sus posibilidades de expansión geográfica estaban restringidas. Efectivamente, durante los dos siglos de existencia de Israel y el siglo y medio posterior de Judá, ambos reinos se desarrollaron en un territorio acotado por la presencia al Norte de los reinos arameos y del Imperio Neo Asirio y al Sur por Egipto. Y aquí aparece otro elemento fundamental en la mecánica de la Dispersión.

Recordemos las características geográficas en la situación histórica de la confluencia la etnia judeo-israelita en formación, con los distintos grupos del Corredor de Canaán.

A partir de la Ocupación de las Zonas Altas, seguida por el asentamiento y la convivencia con los cananeos en las zonas de los valles interiores, hay una constante fundamental que caracteriza la Historia de Israel y de Judá hasta la Destrucción del Segundo Templo: la situación de encierro geográfico en la que se encontraron en relación con los reinos vecinos.

Veamos cómo se dio esa situación en un recorrido perimetral de sus entornos.

En primer lugar, la situación de los judeo-israelitas con relación a la costa del Mediterráneo.

Después de la expulsión de los hiksos, el Imperio Nuevo de Egipto inició una política de expansión hacia el noreste asiático, que se caracterizó por un estricto control de la costa del corredor cananeo (y una falta de interés por la región montañosa interior); un control que varió de acuerdo a las relaciones de fuerza con los reinos del Norte, los mitanios y los hititas. La presencia por parte de los egipcios en el corredor asiático se mantuvo hasta la llegada de los Pueblos del Mar (los filisteos) que, en el siglo XII a.C., los obligaron al repliegue. Los filisteos se instalaron en la costa sur del corredor sobre la que mantuvieron prácticamente el control.

Vemos pues que desde su surgimiento, la etnia judeo-israelita se encontró con una barrera que prácticamente le vedaba el acceso al Mediterráneo. Durante el florecimiento del reino de Israel, la franjas costera estuvo controlada por la Pentápolis filistea al Sur y por los puertos fenicios al Norte. A partir de 722 a.C., convertida Israel en provincia asiria de Samaria y con la posterior caída de Ashdod, devenida provincia asiria de Azdudi, el reino de Judá se encontró prácticamente con la total imposibilidad de acceder a la costa. La situación se mantuvo durante la dominación Ptolemaica y Seléucida y sólo fue quebrada durante los ochenta años de vida del reino asmoneo (con la toma de Jaffa) hasta la llegada de Pompeyo en el 63 a.C.

¿Cuáles fueron las posibilidades de expansión de los reinos de Israel y de Judá más allá de las fronteras, en el Norte, Este y Sur? Por el Norte, el nacimiento de la Monarquía de Israel fue prácticamente coetáneo con el de los reinos arameos de Hamat y de Damasco, una coexistencia de luchas, triunfos y sometimiento, con posibilidades mínimas de expansión. Una situación que terminó con la caída de Damasco en 735 a.C. en manos de Tiglatpileser III, que cerró todas las salidas por el Norte y que culminó con la caída de Samaria en 722 a.C.

Hacia el Este, los reinos de Moab y de Amón, intermitentemente sometidos a Israel o a Judá, en 582 a.C entraron en la esfera de dominación de Imperio Neo Asirio; eran por otra parte, zona de transición hacia el desierto de Siria.

En cuanto a la expansión hacia el Sur, nos encontramos con una situación distinta pero equivalente. Tanto el reino de Edom, como las tribus caravaneras árabes, que los textos asirios designan como nabayates, (posteriormente nabateos) ejercían y controlaban el comercio con Yemen y con Egipto. Políticamente respaldados por Egipto, la salida por el Sur estaba igualmente acotada.

El relevo que Judá tomó con la destrucción del reino de Israel fue sintomático. Durante el siglo y medio que siguió a la caída de Samaria, el reino de Judá pudo mantener su relativa independencia y desarrollar su actividad económico-comercial en su calidad de “vasallo”, a través de la aceptación del pago de tributos al Imperio Neo Asirio. Recordemos el pasaje de los Anales de Sargón II: “Abrí la frontera de Egipto, mezclé a asirios y egipcios y los hice comerciar”; el comercio de asiria con Egipto se hacía a través de Judá, bajo el monitoreo de los asirios. Resultan igualmente gráficas las expresiones de Senaquerib en sus Anales durante el sitio de Jerusalén refiriéndose a Ezequías “atrapado como un pájaro en la jaula”. Aunque la expresión estuviera relacionada con el hecho puntual del asedio a Judá, la realidad era que Ezequías y los judaítas estaban como atrapados en el cerco en el que los asirios los habían confinado, sin posibilidades de expandirse físicamente.

Una situación análoga continuó en tiempos de Manasés y sus sucesores: Judá pudo mantener su desarrollo comercial a costa de seguir aceptando el sometimiento a Asiria, tanto político como religioso.

A pesar de esa permanente subordinación, Judá no dejó de tener puestas sus miras en la eventual expansión militar hacia Egipto. Cuando creyó que el momento había llegado, lo intentó y los resultados fueron catastróficos: el enfrentamiento con Nekao terminó con la muerte de Josías y la entronización de Elayquim, su hijo pro-egipcio.

En esa situación intermedia de actividad comercial limitada y de expansión acotada, no es de extrañarse que, con el epicentro de Israel-Judá, los israelitas y judaítas hayan buscado y encontrado el camino de la dispersión, una salida para la expansión demográfica y el desarrollo económico-comercial.

En resumen: en el contexto de la situación histórico-geográfica, en el marco de contención de los Imperios Antiguos, los reinos de Israel y de Judá sucesivamente y luego el reino de Judea, el País de las Siete Variedades, el País de la Agricultura, no tuvieron una producción propia que produjera riquezas suficientes para contener una población con un crecimiento demográfico como el de la judía. Las circunstancias ecológico-demográficas fueron tales que, en la encrucijada de Oriente y Occidente, de Asia, África y Europa, el desborde fue inevitable. En el intenso trajinar al que estuvieron sometidos Israel y Judá y luego Judea en el Primer Milenio antes de Cristo y en los primeros siglos de Nuestra Era, en el nudo de tránsito de las actividades comerciales interregionales e intercontinentales, la población judía, en búsqueda de un “espacio vital”, tomó el camino de la dispersión, atraída o empujada por o hacia el mundo que le circundaba.

En un país en pleno florecimiento no se crean situaciones que inviten a la emigración generalizada. En un país en desintegración se generan tendencias al exilio, pero estas aparecen como “descontroladas”, sin ningún tipo de perspectivas y proyectos (los típicos “refugiados” en situaciones de catástrofe o de desastre). Este no fue el caso ni de Israel ni de Judá. La dispersión, la Diáspora, no fue una huída, fue una emigración sistemática y continua a través de los siglos, relacionada con la situación señalada, en el marco del encierro físico en el que Israel y Judá se encontraron. Una dispersión iniciada probablemente en la tradición de las caravanas de los tiempos primeros (el de José y sus hermanos de la Biblia) y más tarde a través de conexiones individuales o de emprendimientos comerciales que derivaron en el establecimiento de comunidades en los países periféricos. Los judeo-israelitas se dispersaron en Egipto, en Asia Menor, en la Mesopotamia y en los países de la cuenca del Mediterráneo, se fueron estableciendo poco a poco, constituyendo comunidades arraigadas y prósperas En esa dispersión, los judeo-israelitas mantuvieron las conexiones, tanto afectivas como religiosas, con su país de origen; inicialmente con Israel y luego fundamentalmente con Judá-Jerusalén, la Madre-Patria.

Un camino continuo y divergente

hacia el Sur y Oeste, por el Neguev y el Sinaí, rumbo a Egipto y a la costa norte de África;

hacia el Sur y Este, por la Península Arábiga, rumbo a la India;

hacia el Norte y Este, por la Mesopotamia, el Asia Central o la meseta iraniana, rumbo a Extremo Oriente;

hacia el Norte y Oeste, por Asia Menor y los Dardanelos, rumbo a Europa;

hacia el Oeste, por los Puertos fenicios de Tiro y Sidón, hacia las islas del Egeo, Grecia, la Península Itálica, la Península Ibérica y las costas africanas y europeas del Mediterráneo Occidental.

La referencia a emplazamientos de judíos en el exterior dedicados a actividades comerciales, que aparece en la Biblia (la existencia de una calle de comerciantes en Damasco) durante el reinado de Ahab no tiene valor histórico, es sólo sintomática. De todas maneras, las actividades de los judíos en la dispersión no fueron exclusivamente comerciales. A comienzos del siglo VI a.C., e incluso a fines del siglo VII a.C., tropas auxiliares judías en Egipto combatieron al lado de los faraones de la dinastía saíta, durante Psamético I o II. También durante el dominio persa, la Carta de Aristeas registra que “muchos judíos habían venido siguiendo al Persa”. Esas guarniciones continuaron en la época de los Lágidas y Seléucidas: transformadas en verdaderas colonias militares. Las colonias militares judías desaparecieron después de la llegada de los romanos, al igual que la gran masa de la población judía del Bajo Egipto. Cuando la función específica militar dejó de ser necesaria en el mecanismo social, los judíos que las integraban van a desaparecer como tales.

En cuanto a la actividad de los judíos en el ámbito del helenismo y posteriormente durante el período romano, la pretensión de que la actividad de los judíos en la Diáspora era muy variada, al punto de que no se podría establecer la preeminencia de una o varias ocupaciones sobre el resto de las mismas, es una afirmación tan equivocada como la de afirmar que la comunidad judía estuviera compuesta exclusivamente por comerciantes. Ejerciendo toda clase de actividades, entre ellas, las de comerciantes y otras relacionadas, esas actividades fueron significantes y tuvieron implicancia en cuanto al rol que los judíos tuvieron en la trama de esas sociedades.




LOS JUDÍOS EN EL I Y II MILENIO d.C




LAS CRUZADAS y las primeras masacres

Antecedentes

Las Masacres de 1096, las primeras masacres de judíos de la Era Cristiana – las del Conflicto de Alejandría en 38-40 d.C, conceptualmente corresponde incluirlas por su proximidad con el comienzo del Cristianismo- no pueden ser mencionadas sin hacer referencia al fenómeno de las Cruzadas, con las que están estrechamente vinculados.

La Cruzadas fueron ampliamente estudiadas desde los más diversos y encontrados puntos de vista: espiritual-religioso, social y económico. Acontecimientos estos cuya magnitud y trascendencia involucraron prácticamente a todo el Mundo Occidental, en el que incluimos la pequeña porción asiática bizantina y la Tierra Santa levantina (paradójicamente, al mismo tiempo en el extremo y en el centro del conflicto).

Al lado de estos hechos históricos que sin exagerar podríamos calificar de “gigantescos”, ¿qué importancia podría tener la muerte (las masacres) de unos pocos miles de judíos en Europa?

Se trata, lo reiteramos de “las primeras masacres de judíos en la era Cristiana”, después de mil años de relativa tranquilidad y tolerancia, anticipando otros mil años de expulsiones, intolerancia y masacres. Si se tiene en cuenta que la relación entre ambos fenómenos ha sido presentada muy frecuentemente con el mismo enfoque fatalista con el que se han visualizado tantas situaciones por las que los judíos han atravesado en la historia, estos hechos – las Cruzadas y las Masacres- merecerían un examen más profundo que buscara llegar mas a las raíces.

Empecemos pues por la Cruzadas. La Reconquista de la Península Española fue el caldo de cultivo del impresionante conflicto que se inició en los comienzos del II Milenio. Fueron cinco siglos de lucha contra los “infieles”, a partir de finales del Primer Milenio ,desde la montañas del noroeste de la península ibérica, en las que los cristianos detentaban apenas un 1/4 a 1/5 del país, pasando por mediados del siglo XIII, cuando ya habían recuperado gran parte de la Península hasta la expulsión final en 1492. Un período de una interminable guerra donde todas las energías estuvieron organizadas y concentradas alrededor de ese objetivo; durante el cual las clases gobernantes españolas no hicieron otra cosa que guerrear, sin preocupaciones aparentes en cuanto a la organización institucional y económica de los territorios que reconquistaban. Esas características, el fanatismo religioso, el valor militar y el vacío de visión política serán la herencia que van a trasmitir a los cruzados. La bandera de la “Guerra Santa” del Islam (la jihad) va a ser retomada, ahora con el signo de la cruz, para emprender en tierras lejanas, la lucha contra los “profanadores” del Santo Sepulcro. Observada con particular atención por Gregorio VII, la guerra de la Reconquista devino la expresión de la supremacía pontificia en el mundo occidental, que desde mediados del siglo XI, estaba tratando de imponer.

La reconquista del Santo Sepulcro no era el único objetivo con connotaciones religiosas en las miras de Occidente. El cisma de 1054 había consagrado la ruptura del conflicto largamente sostenido entre la Iglesia Latina de Occidente y la Iglesia Griega de Oriente. El pedido de auxilio del emperador bizantino Alexis Comeno podría haber servido de pretexto para terminar con ese conflicto doloroso. En realidad la situación no se dio en la forma que hubiera sido deseada por el papado. El avance de los turcos musulmanes selyúsidas (la última de la ola de invasiones que en ese período, iba a sufrir el mundo mediterráneo) había terminado con la toma de Antioquia y la derrota de las tropas bizantinas (batalla de Manzikert en 1071). El Papa Gregorio VII atrapado por el conflicto de las investiduras con el emperador Enrique IV de Alemania no estaba en condiciones de enviar un ejército que hubiera terminado con los turcos resolviendo al mismo tiempo el conflicto en beneficio de la causa latina.

Detrás de esta trama político-religiosa, entre la segunda mitad del siglo X y la primera del XII en un trasfondo general del mundo occidental tnían lugar fenómenos económico-político-religiosos y culturales cuya importancia y trascendencia marcarán este nuevo período. Nos referimos en primer lugar, las modificaciones políticas en los reinos surgidos del desmembramiento del Imperio romano de Occidente, en segundo lugar al desarrollo del mercantilismo que se registra a partir del siglo IX, y en tercer lugar a la reforma ideológica, política y religiosa de la Iglesia Romana.

El período de 1050 a 1130 corresponde a una enorme expansión comercial de comunidades urbanas y a las primeras manifestaciones de expresión política de la nueva clase, la burguesía. Todo ello, consecuencia del desarrollo del mercantilismo registrado a partir del siglo IX. Una época en la que se va a poner fin al aislamiento de los reinos europeo occidentales surgidos del desmembramiento del Imperio romano de Occidente: la España Visigoda, la Francia carolingia, luego capeciana, la Inglaterra anglo-normanda y la Alemania otoniana, luego sálica. Un aislamiento reemplazado por una política de penetración en el Mediterráneo en detrimento de los musulmanes y de los bizantinos, en cuyas manos estaba, hasta ese momento, el control casi indiscutido de las rutas comerciales de Oriente (los barcos venecianos y genoveses eran los únicos elementos occidentales europeos que rompían el monopolio)

Es en ese período que tiene lugar la reforma religiosa de la iglesia gregoriana que bajo la iniciativa del papa Gregorio (1073-1085) va a modificar las relaciones de la Iglesia con los poderes reales con una significativa apertura hacia el pueblo, buscando incorporarlo masivamente a la iglesia y a su política. Una situación que, nos preguntamos, si no pude ser un antecedente del fenómeno arquitectónico gótico, que eclosiona un siglo más tarde, expresado en las grandes catedrales, con sus formas “rayonantes”: expansivas (con ábsides, absidiolos y arbotantes), ascendentes (con torres, flecha y pináculos) abiertas y luminosas (con grandes ventanales y vitrales multicolores).